24.12.07

A modo de aperitivo

Porque hoy ya es tarde. Ya no estoy en paro. De hecho, mañana me incorporo al segundo trabajo desde que me quedé en paro. Bueno, mañana no. Hoy mismo. Nochebuena no es el mejor día para incorporarse a un trabajo nuevo. O quizá sí, porque es probable que todos estén más a la cena con su familia que a ver a la nueva.

Mi anterior trabajo ha sido satisfactorio a todos los niveles. Me ha gustado el trabajo, el lugar de trabajo, lo que he hecho y con quien lo he hecho. Repetiré encantada.

El nuevo, pues ya veremos. Tengo ganas de marchita, así que un diario me viene de perlas. Luego estaré llorando por las esquinas porque me agobio, pero es igual, porque si no ya me buscaré otra excusa para llorar por las esquinas, que es lo que a mí me gusta.

Hoy en cambio ha sido un día de alegrías. Lo he empezado viendo a Astrud en un concierto dirigido a los niños (dato del que nadie me había informado, pero del que he tomado nota para el futuro) y he acabado viendo a los niños de Beckham en el concierto de su madre. Sí, he ido al concierto de las Spice girls. Sí, muchos se llevarán las manos a la cabeza. Comentarios del tipo “pero si son ricas” o “si no tienen voz”, pueden ahorrárselos. Muchos de ustedes van a conciertos de Miguel Bosé o de Joaquín Sabina y yo no digo nada. Todo lo más pongo mala cara. Vale, pueden poner mala cara. Ojos que no ven…




Ah, claro. Feliz Navidad a todos. Pónganse guapos, que es un día. Coman hasta vomitar, beban hasta… un poco menos. No conduzcan si beben, no riñan con la familia. Si la Navidad les da por culo, jódanse, otras cosas nos dan por culo a los demás y no vamos con cara de avinagraos. Ah, y gracias a los que dicen que me echan de menos. No me ha pasado nada. Es sólo que soy vaga.



De regalo, un villancico pop. Es de Ron Sexsmith, pero como sólo me aparecía con trozos de "The O.C", he metido esta versión en directo de un señor que no conozco que canta un poco más aflautado, pero que no desmerece la canción, que me pone blandita, blandita, como con ganas de abrazar. Será por el frío.

20.11.07

El día de la marmota

Otra vez estoy en paro. Otra vez de la noche a la mañana. Otra vez a recoger las cosas. Otra vez a firmar el finiquito. Otra vez a llorar y otra vez a lamentarse.

Mi vida laboral empieza a ser un “otra vez” demasiado continuo. Y como todo lo que se repite mucho, acaba cansando. Así que empiezo a estar cansada y como con agujetas. Agujetas en los nervios y agujetas en los ánimos. Porque duele volver a mirar al vacío, porque me da vergüenza volver a las llamadas y a los mensajes, mendigando un puesto de trabajo, porque miro mi casa, en la que me refugio, donde tomo el sol, la que es más la casa de Salsa y tengo miedo de no poder pagarla. Porque odio ir a la cola del paro y sentirme una fracasada que tiene que recurrir al estado (ya, ya lo sé. Es mi derecho, bla,bla,bla, pero uno se siente como le da gana). Porque se me acumulan los problemas del primer mundo.

Eso antes de que alguien vuelva a decirme que podría ser peor. Eso antes de que alguien vuelva a decirme que aproveche para irme de vacaciones, eso antes de que alguien me diga que en quince días estaré trabajando de nuevo. Porque igual es así como sucede, pero nadie te lo da por escrito, así que ayer por la noche, entre lágrimas, me paré frente al ventanal de mi casa y pedí que, por lo menos estos días, dé mucho el sol.


De momento, el primer día del “parada otra vez” (voy a hacer una canción que se llame "Unemployed again, naturally"), llueve. Supongo que ya sólo puedo ir a mejor.

14.11.07

Hoy cumplo 35...



… y como se puede observar, estoy más estupenda que nunca. Se aceptan felicitaciones, agasajos, ramos de rosas (mándenlos a Antena 3, será donde pase el día), masajes verbales... Vamos, que me quieran un poco, que cuesta hacerse mayor.

13.11.07

Porque él lo vale (Because he´s worth it!)

Esta tarde alguien me ha preguntado si el concierto de Rufus Wainwright que iba a ver esta noche merecía un post. ¡Por favor, eso es como cuando mis amigos me preguntan a qué hora voy a salir del trabajo. Algo que cualquiera me conoce sabe muy bien.

Por supuesto que merece un post. Y dos. Y tres. Todos los que hagan falta para describir la brillantez de un artista que me arrebata cada vez que le veo. De hecho, yo creo que si no había vuelto a escribir desde el famoso día del acoso sexual británico es porque pensaba que en todo este tiempo no había habido nada que mereciera la pena contar. Total… ¿qué he hecho en este mes y medio largo? He acabado una… hmmm, llamémosle un “algo”. He empezado un nuevo trabajo en un nuevo programa, he estado en tres conciertos (cuatro con el de R.W), un Festival de cine y me he comprado una Nintendo DS. El Rey de España se ha puesto farruco con Chávez y con Esperancita Aguirre, y ha salido la sentencia del 11-M.

Sin embargo, ¿Hay algo más destacable en mi vida que un concierto de Rufus Wainwright? No, no lo creo.

Bueno sí, hace poco viví un momento de felicidad extrema. Estaba un domingo por la tarde en un probador del H&M. Unos pitillo negros imitando al raso se deslizaban por mis piernas y rodeaban mi cintura para abrazarla totalmente con la unión limpia de un botón y un ojal y la subida suave de una cremallera. Vamos, que el pantalón me cerraba. Mientras me colocaba la pernera y levantaba la vista para ver como me quedaban, comenzó a sonar “Rules and regulations”. Sí, como dice Montes, “La vida puede ser maravillosa”.

Rufus Wainwright es siempre un acontecimiento. Cada vez que tengo previsto verle, me excito. No es una excitación como la que viviría si fuera a ver a Ashton Kutcher (aunque algunos opinen que no tiene de hombre ni el nombre (¿hay nombres más viriles que otros? ¿”Jorge” es más viril que “Rubén”? ¿”Ramón” que “Adrián”?)), pero los días antes me sonrío cuando lo pienso. Ayer miraba las fotos del primer concierto al que asistí. Fue hace justo dos años (ya es día 13), en Barcelona. Aquel día llovía. También al día siguiente en Madrid, donde le vi por segunda vez. Hoy ha lucido un sol espectacular. Otro de estos días extraños de este extraño mes de noviembre.

El día de mi primer concierto estuve con Dani, el poppie que me recomendó al de Rhinebeck (broma privada), y que está jodido porque voy arrasando con un claro 7-5 en el tanteo asistencial de conciertos rufusianos. También Sonia y Oskía, con las que he compartido otra vez canciones, emoción, y hasta un momento fan que me avergüenza mucho, pero que me ha permitido coger luego un taxi con más tranquilidad.

Para abreviar, que es (muy) tarde:

- El grado de mamarrachismo de Wainwright sólo es comparable a su talento. O sea, enorme. Para ello, vean el traje (que ya lució en el FIB), sin nada debajo, asomando pelo (algo a destacar en un homosexual declarado, con lo activistas que se han vuelto los gays contra el pelo en el pecho), adornado con mil broches y rematado por esa gargantilla bisutera que muy bien podría haber robado de la caja fuerte de Saritísima (bueno, las de saritísima son buenas, como el “babero” que le regaló Anthony Mann)



Como buena diva, ha tenido unos cuantos cambios de vestuario. Vaya, no es la Pantoja, pero deja que pasen los años. El segundo modelo ha sido su ya famoso traje de tirolés (sí, tiene un nombre, pero nunca lo recuerdo)



Unas cuantas canciones en albornoz, incluido el “Over de rainbow"…



… Y por fin el momento Garland.



No se ha olvidado los pantalones, es tal cual iba la mamá de Liza cuando cantaba “Get happy” (algunos la recordarán porque esa canción la cantaba el padre de Laura Palmer cuando estaba a punto de perder el juicio).

- La duración del concierto es de agradecer. Tres horas en estos tiempos de la horita y media justa (fuck you, Interpol! Mega fuck you, Mando Diao!) vuelven fan a cualquiera.

- El repertorio ha sido ejemplar. TODO el último disco, “Release the Stars” (destacando ese “Nobody´s off the hook”, que me hace un nudo en la garganta cada vez que lo oigo). Dos temas del primero, “Danny boy” y “Barcelona”. “Poses”, “Cigarrettes and chocolate milk”, con la que, al igual que Goio en el concierto de Donosti, solté una lágrima y “The consort”, del segundo. “I don´t know what it is”, “14th street”, y “Beautiful child” del Want one, y “the art teacher” y “Gay messiah” del Want two. Cuatro temas de sus conciertos Judy Garland y una canción tradicional irlandesa cantada a pleno pulmón y sin micrófono (el “a capella” de toda la vida”

- El concierto ha tenido un momento de frikismo impagable. Cada vez que canta “Beautiful child”, Rufus dice que es una canción ideal para el público español, y nos pide acompañarla con palmas de tango. Hoy, además, lo ha complementado con dos señoras que han hecho su interpretación, más o menos flamenca, del temazo en cuestión.



- Wainwright está en forma. Sigue siendo MUY gracioso en sus comentarios, es rápido contestando los piropos del público y está al día de lo que pasa en cada sitio. Si en el País Vasco el tema independencia acabó siendo motivo de broma, en Madrid ha hablado del affair Borbón / Chavez y de la visita que había hecho durante el día a Toledo.

En fin, que no vuelvan a hacerme preguntas estúpidas. Aunque pensándolo bien, por qué no. Hoy tenía respuesta para las dos. Sí, el concierto de Rufus merecía un post, éste, y cuando por la mañana pasé la tarjeta en los tornos de Antena 3, podría haberle dicho a cualquiera de mis amigos. “Hoy salgo a las ocho”.

28.9.07

Acoso sexual en la Gran Bretaña

Hace mucho que no escribo nada, y tenía varias cosas que contar antes de llegar a donde estoy ahora mismo, en Newbury, Inglaterra. Lo contaré cuando vuelva, pero no me resisto a contar lo que me ha pasado esta tarde en un parquecito tranquilo de por allí. Transcribo la crónica que les he hecho a mis amigos. Les dejo con el relato y con una bonita vista del parque en cuestión, que para más inri se llama Victoria Park y tiene una estatua de la Reina Victoria. Algunos no respetan ni a sus mojigatas reinas.



Amiguitos, la pérfida Albión sigue siendo un lugar de pillastres y malhechores. Hoy he iniciado mi jornada turística en Newbury. Un paseito por el pueblo, un paseito por las tiendas, primeros gastos...

Decidida a descansar un rato, y al divisar uno de esos estupendísimos parques ingleses en tonos verde que te quiero verde, me he dirigido allí a jamarme un sandwich de tuna and cucumber. Me lo he comido, he apuntado unas cosillas en el bloc que me he comprado en una de las mil papelerías que hay por aquí, y como me estaba congelando me he dado otra vueltita por el parque. Mientras hacía unas fotos a los patos y cisnes de un laguito, ha venido un señor de mediana edad y me ha preguntado algo, pero no le he entendido bien. Le he dicho que no hablaba muy bien inglés, se ha sentado y ha empezado a preguntarme lo típico: de dónde eres, cuánto tiempo llevas aquí, estás de vacaciones...

Le he explicado que había venido a pasar unos días con un amigo, que había llegado hoy, que era española. Me ha preguntado si mi amigo era mi novio y le he dicho que no, que era un buen amigo. Para la próxima diré que sí, que es mi marido y que es campeón del mundo de wrestling. Después me ha dicho que si quería dar un paseo con él, pero le contesté que esperaba una llamada de mi amigo para quedar y que no quería moverme mucho. Hemos hablado un poco del tiempo y entonces me dice: "Do you want to fuck with me?" Obviamente, mi cerebro ha pensado que no había dicho eso, de tal modo que yo le he dicho: "pardon?". Pues no, había dicho lo que yo había entendido: "fuck, (otra palabra que no he entendido), sex..." Y yo, que a "polite" no me gana nadie, le he dicho: "No, thank you". Entonces le he explicado que ese no era mi novio, pero que tenía uno en España.

El tipo no ha movido una ceja, me ha dicho "Because I think you are very nice", y yo: "Thank you", pero toda pancha, que ni me he planteado levantarme del banco. Me ha preguntado un pare de vaguedades más (entre ellas si en España habís cisnes, a lo que le he respondido: "Sí, y patos también") y ha vuelto a la carga diciéndome: "Are you sure you don´t want to suck my cock?", y yo he vuelto a responderle con un "No, thank you". Creo que entonces ha dicho algo así como que la tenía muy grande, pero yo ya estaba recogiendo todo, porque:

1. la conversación me estaba aburriendo.
2. Me moría de ganas por contárselo a alguien.

Le he dicho good bye y me he pirado. Y entonces he pensado que hay cosas que sólo me pasan a mí.

13.8.07

Inesperado

La gente te dice siempre que en la vida uno nunca sabe con qué se va a encontrar. Claro, es verdad, casi todo en la vida es inesperado.

Tanto como despertarte con una voz que anhelas, tanto como levantarte pronto un domingo de agosto. Tanto como que, de pronto, todo se mueva. Una mesa llena de cosas, los libros, la silla, y yo misma.

No creo que nadie esté predestinado, pero más o menos todos sabemos qué cosas no vamos a vivir. Porque todo es inesperado, pero yo siempre he sabido que nunca seré astronauta, y desde pequeña comprendí que no estaba en mi sino ganar en ningún tipo de competición deportiva. Con suerte creo que no viviré en mi carnes una guerra, y tampoco espero vivir un naufragio. No creo que me atreva a hacer puenting, y es difícil que me decida a vivir fuera de España, porque ya me veo mayor. La verdad, hasta hoy tampoco creí que viviría un terremoto, pero resulta que sí lo he vivido. Corto y no demasiado violento, pero terremoto al fin.

Dicen que los animales son especialmente sensibles a estos fenómenos. Salsa estuvo juguetona y especialmente activa todo el día, pero eso es porque le he comprado un cordón con el que de vez en cuando la engaño y hago que corra un poco para que no le engorde más ese culo que tiene. Por la noche me despertó, también con unas carreras locas. Yo estaba alucinada, porque suele ser tranquila por la noche, pero el correteo era imparable. Empecé a sospechar que perseguía algo, y el cordón sólo se mueve si yo lo tengo agarrado. Sí, Salsa perseguía una hermosa cucaracha que, sin embargo, no falleció por el acoso gatuno, sino víctima de un doble aplastamiento. El que le produjo la caída de una lámina de “El pabellón del malecón” de Michael Andrews encima,



y el segundo, cuando, tras levantar con miedo el cuadro caído, y ver una cosa negra (estaba a oscuras y aunque lo sospechaba, no sabía qué había causado tanta actividad en la gata) planté mi pie sobre la madera de la lámina en plan pisamiento de uva hasta que sonó un “Croc" que me dio un asco tremendo, pero que tranquilizó, si no mi asco infinito, si mi miedo. Quizá fuera triple aplastamiento, ahora que lo pienso.

Igual mi gata no es especialmente sensible a los terremotos, pero igual yo sí lo soy. Porque el sábado estuve rara. Nerviosa, perezosa, tanto como para llegar tarde a la peluquería y no poderme tapar las canas, en un día recuperé dos aficiones que adoro y que en los últimos meses había perdido: pasar una tarde viendo películas y llorar.

Horas después de que la tierra se haya movido bajo mis pies, de haber pasado un domingo de total vegetación, viendo a Jonathan Rhys Meyers haciendo de Enrique VIII y a Kate Winslet enamorarse de un compositor de bandas sonoras, de teñirme el pelo en casa después de más de diez años haciéndolo cómodamente en la peluquería (donde no te manchas de tinte hasta los muslos), de pronto pienso que mi vida puede cambiar.

Que quizá un día me dé por irme a vivir fuera, que a lo mejor voy y hago puenting, y que es posible que todo lo que he soñado últimamente pueda ser algo más que un sueño. Porque como muchas cosas buenas en la vida, ha sido inesperado, y a veces cuando pienso en ello, tiemblo, y sin ayuda de los terremotos.



Este es un regalo que me ha hecho esta mañana el Roedor, pero que viene al pelo para la ocasión, claro.

20.7.07

Musiquitas y certezas

Mi visita al Summercase de este año me ha proporcionado varias cosas:

1.- Satisfacción, porque me lo he pasado muy bien.

2.- Cansancio, porque me lo he pasado muy bien y una ya no está para estos trotes cochineros sin coger previamente un poco de forma. Pero pasarse la vida delante del ordenador, llegando incluso a comer delante de él (como me ha pasado los últimos cinco días en el trabajo)no es el mejor camino, obviamente.

3.- Y varias certezas, que son:

a.- Que volveré el próximo año.

b.- Que las compañías de teléfonos móviles ganan mucha pasta con estos eventos. Creo que mandé unos 30 mensajes y recibí otros tantos.

c. Que a veces salgo muy guapa en las fotos.

d.- Que da gusto ir con amigos, pero que da gusto mandarlos a la mierda cuando no quieren meterse entre el mogollón.

e.- Que quiero a mis amigos, pero que desde aquí, desde aquí os digo que el año que viene si queréis ver fotos, os lleváis la cámara, hijos de puta! Por cierto, ahí están las fotos para quien quiera cotillearlas.

http://www.flickr.com/photos/70531848@N00/

f.- Que dos tetas tiran más que dos carretas. Los refranes siguen teniendo vigencia. A Risingson, a Carlitos, a Churchill, mi Churchill, ese que me recomienda La Casa azul, el que me llama y me dice piropos, el que me manda mensajes de móvil con cosas como ésta: "Y otra vez estoy andando solo por las Canteras y de lo primero que me acuerdo es de ti." A Churchill se le ocurrió colgar ésta foto que me hizo el viernes en el Summercase y el resultado se ve al lado de la foto, mirando el número de visitas y luego comparando con las que tienen las demás fotos. ¡Con la de porno que hay en internet y todavía hay gente mirando escotes!

En unas horas me voy a Benicàssim, al F.I.B. Voy a botar, a cantar, a chillar y a dejarme allí muchos malos rollos que he alimentado esta semana que no quiero vivir nunca más. Volveré con más cansancio, con nuevas fotos que subir, con una muesca más en mi contador de conciertos de Rufus Wainwright (y van seis), con satisfacción y puede que más certezas. Pero esta vez me tapo el escote. ¿Qué van a pensar de mi?

13.7.07

Cuesta abajo

Así es como voy a ir a partir de hoy mismo. Cuesta abajo en mi rodada, como dice el tango.

Cuando era pequeña y tenía que estudiar, me escaqueaba y lo dejaba todo para el final. Cuando tenía que recoger mi habitación esperaba a que mi madre me aullara en la oreja buscando un poco de orden en ese caos de papelotes, libros y rotuladores. Cuando había que fregar, comía un poco más lento de lo que ya hacía habitualmente (y hago), esperando a que llegara ese ataque de impaciencia que tienen mi madre y mi hermana, verdaderas paladines del MAS (no Artur, aunque me ponga), el Movimiento Anti Sobremesa.

Huelga decir que me avergonzaba, claro. Me sentía culpable, porque además en el caso de la habitación, sabía que esperar sólo me conducía a la bronca final, a la desesperación de mi madre, que miraba la habitación y me decía, fuera de sí: “¡Si es que eres una cerda de once tetas!” Ignoro por qué las cerdas de once tetas (yo sólo tengo dos, aunque hermosas, no voy en plan puta de “Desafío total”) son más guarras que las que tienen menos tetas, a ver si se lo pregunto a mi madre.

Cuando llegaba el chaparrón, y mientras trataba de poner orden en la habitación, me sentía fatal. Frustrada, con sentimiento de culpa y pensando que no valía para nada. Pero entonces veía a mi hermana, que es dispuesta, que se levantaba y fregaba, que barría, que estudiaba cuando le tocaba, que no salía por ahí… Y veía a mi hermano y a mi cuñada, que igual ya estaban casados, que habían ascendido en su trabajo gracias a su esfuerzo y que eran gente responsable. Entonces sonreía y pensaba que la clave de todo era la edad. Me decía: “Cuando seas mayor serás así, porque toda la gente mayor friega, y trabaja y recoge, y come verdura y pescado”

Lo he pensado hasta hace muy poco, cuando el DNI me decía muy seriamente que ya era mayor. Y entonces me he dado cuenta de que eso no va a llegar por sí solo. Tengo casi 35 años y sigo sin ser ordenada, sigo sin estudiar, sigo sin querer fregar, sigo comiendo poca verdura y pescado, tardo meses en ordenar y cuando me decido hago lo mismo que hacía con 14 años, mover las cosas de sitio. Por el contrario, mis hermanos y mi cuñada siguen siendo igual. Son dispuestos, responsables y hacen lo que deben hacer.

Por eso voy cuesta abajo. Porque no soy responsable y tengo entradas para el Summercase y el F.I.B, que suponen dos semanas de ajetreo continuo agotadoras para un veinteañero, pero más para una mid-treintañera que no está en forma. Voy cuesta abajo porque llevo semanas con el sueño bajo mínimos. Voy cuesta abajo porque no tengo alojamiento en Benicàssim y tendré que dormir en tienda de campaña. Voy cuesta abajo porque no tengo vacaciones y me dedico a cansarme en vez de a descansar. Y voy cuesta abajo porque debería llevar horas durmiendo y estoy aquí escribiendo.

Pero aunque parezca mentira, hay alguna cosa buena en ir cuesta abajo: que te va dando el viento fresco, que se llega rápido al final y que del suelo no se pasa.

25.6.07

De colores

Hoy me he puesto una camiseta de color claro. Un gris muy suavito con topitos negros y amarillos. Con mucho escote, claro, aunque era más del que yo pensaba y no me he puesto las preceptivas chapitas de The Kooks o de Rufus Wainwright, así que he estado enseñando pechamen todo el día, lo cual me ha valido para que Nuria me echara un piropazo diciéndome que no tenía ni una estría, para que las jefas alabaran mi sujetador de H&M y para que Mariano siga llamándome “pechos”.

Pero ese gris clarito ha causado furor, no tanto por el escote, sino por la diferencia de tonalidad respecto a mi indumentaria normal. Cuando estás gorda, y yo estoy gorda, empiezas a crear tu propio código del vestir, que acabas sabiéndote más trucos que la estilista del “Vogue”. Cualquier prenda, cualquier estilo no se mueve en torno a tus gustos o preferencias, se mueve siempre en torno a tu físico. Da igual que me muriera de envidia (no tanto por el gusto, sino por la actitud) cuando caminaba por la calle Triana en Las Palmas y veía a esas muchachotas embutidas como chorizos en un top y un pantalón caderero, yo siempre lo he tenido claro. Nunca cosas demasiado apretadas (aunque es imposible porque casi siempre se llevan las cosas ceñidas), nunca mucho estampado, nunca enseñar demasiado (el escote es otra cosa), y tirar de negro, porque el negro siempre te hace más delgada.

Así que mi vestuario se compone casi en su totalidad de prendas negras, excepto algún vaquero, los zapatos, contadas camisetas y un vestido que no me pongo porque mi madre dice que me hace muy gorda, y si los demás me han dicho que me favorece “hazme caso, es porque te mienten.” Verdad inmutable, me guste o no.

Pero ahora no está mi madre para echarme jarros de agua fría, así que hoy me han dicho que esa camiseta me sentaba bien y yo les he creído. Me han dicho que soy guapa, y me lo he creído. Me han dicho que puedo gustar, y que seguramente guste, aunque no quiera darme cuenta, y me lo he creído. Y me he dado cuenta de que, en el fondo, en la iglesia tenían razón. Es bueno creer. En los piropos de los amigos, en las voces que te susurran al teléfono, y en uno mismo. Aunque todo sea mentira. Ya habrá tiempo para el descreimiento, y para ser un ángel caído que regrese a los infiernos y vuelva a verlo todo negro, el vestuario y la vida.


Hoy he dado un golpe de estado en mi fondo de armario. He ido al H&M y me he comprado una camiseta verde, un top palabra de honor estampado y un bañador tirando a trikini con lágrima en el frontal para que se me vea el ombligo. ¡Que le den por culo al color negro!

18.6.07

Celebraciones

Esta noche, mi ciudad está de fiesta. No todos, claro, que esto del fútbol no es más que una forma de separar a la gente: ricos y pobres, rojos o fachas, del Madrid o del Atleti… Pero alguno hoy se ha ido contento a la cama. Alguno incluso es probable que haya echado un polvo. ¡Qué suerte la de algunos!

El viernes por la noche ya estaba todo listo para la celebración. Un mirador para colocar las cámaras de televisión en lugares estratégicos, juegos de luces que iluminaban el edificio de Correos, próxima sede del amenazadoramente eterno ayuntamiento de Gallardón, una jugosa portada del Marca
(siempre he querido hacer las portadas del Marca y las de La Razón. ¡Cómo se les ocurrirán esas cosas!) y la Cibeles casi blindada, no con sacos, para evitar el peligro de los bombardeos en la guerra civil, sino con vallas, para evitar el peligro de los vándalos, que no son aquellos pueblos de la Europa del Norte que llegaron a España en el 409 (según wikipedia), sino una panda muy numerosa de gente que no sienten ningún respeto por los monumentos y que, quién saben por qué, no pueden celebrar nada si no rompen algo. En eso sí que no hay fisuras. Los hay ricos y pobres, rojos o fachas, del Madrid y del Atleti.

No soy demasiado aficionada a las celebraciones masivas. Y sin embargo, mientras el sonido de los petardos rompía las noches tradicionalmente silenciosas de mi barrio de viejecitos, como la lluvia ha roto las nubes durante todo el día, una sonrisa se me dibujaba en la cara.

Estoy cansada, como Beckham, Van Nistelrooy o Casillas, pero contenta como Reyes. Mi triunfo no tiene un trofeo, y nadie va a ir a celebrarlo en la Cibeles, aunque yo iría si hiciera calor y no me viera nadie.

Yo he conseguido retener durante casi 24 horas a tres fieras incansables de diez, cinco y tres años, que corren por las bandas, por el centro y por donde les echen. Que se tiran a las espinillas o a los tobillos y que, como las mujeres, no saben lo que es estar fuera de juego porque para ellos todo es juego. Cada uno ha aprendido una cosa del otro: Yo, que los niños no siempre salen a su familia. Con los problemas que tenemos mi hermana y yo con los gases y los pedos que se han podido tirar en apenas un día. Ellos (los dos niños), que hay que limpiarse la “cola” después de mear.

Afortunadamente, todo ha salido bien. Mi casa sigue en buen estado sin necesidad de sacos de arena o vallas, y tanto mi integridad física como la de ellos ha estado asegurada en todo momento. No tanto la integridad mental de mi gata, que ha sufrido un terrible ataque, mezcla de pánico y celos, y les ha bufado con bufidos que nunca había oído y que parece haber incorporado para la ocasión. Me duele la cabeza, y tengo unas punzadas en el estómago como cuando he puesto una reclamación en los almacenes del triángulo verde, lo cual quiere decir que he estado muy nerviosa. Pero siento lo mismo que sentí cuando vi las escrituras de mi casa: que había logrado algo que pensé que no podría hacer nunca sola. La verdad, no tengo pensado repetir en el caso de la casa. En el otro, es probable que lo haga, ahora que he salido victoriosa. Oe, oe, oe oeeeeeeeee.

6.6.07

De 9 a 5



Como Dolly Parton. Bueno, no exactamente así, aunque compartamos perímetro torácico y la sensación de que el trabajo es un engañabobos, pero casi. Mi primera semana en el nuevo trabajo ha sido como regresar a una vida que sabías que existía, pero que parecía que sólo existía para otros. Seguro que también hay cosas malas, claro, como perder esas horas de silencio que van desde la medianoche hasta entrada la madrugada, o el privilegio de ir sentada en el metro.

Lo del metro es otra historia, pero dejaré que pasen los días a ver si me voy acostumbrando a esa hora y media que tardo en ir de mi casa al trabajo. O a ver si empiezo a tardar un poco menos, porque es increíble lo lento que puede llegar a ir un convoy de metro. De alguna manera, no sé cómo, he hecho para convencerme a mí misma de que no es tan malo darme estos madrugones, de que voy a leer más y de que así dormiré más horas. De momento, llevo los madrugones más o menos bien, leo lo mismo que antes porque no sé leer de pie y además hoy me he quedado tan profundamente dormida apoyada en el extintor del vagón, que hasta creo que me ha dado tiempo a soñar. Eso sí, ahora pillo otra vez los periódicos gratuitos (único privilegio de los madrugadores) y me da tiempo a escuchar mucha música.

Gracias a eso he podido meterme de lleno en el disco de Rufus Wainwright, que ya me sé al dedillo, y que este fin de semana pienso disfrutar en esa De luxe edition que llegó a mi casa cortesía de Play.com, a unos admisibles 23 euros no comparables a los 41 con que me amenazó la FNAC. Claro que cuando los de la FNAC me avisen para decirme que ya ha llegado me encantará darles la respuesta: “Bueno, verás, es que desde el 16 de mayo que lo encargué, resulta que me ha llegado uno casi a la mitad del precio que me disteis.” Clic. El clic es cuando les cuelgo, y obviamente lo pongo aquí como recurso dramático (como la pobre redactora de los informativos de Antena 3, que a cualquier cosa llamamos manipulación, por favor!), porque yo soy una señora educada que no cuelga el teléfono a la gente. También he machacado el “Time being” de Ron Sexsmith, un tipo que me recomendó Javi, un brevísimo ex compañero de trabajo que era muy majo y con buen gusto musical, porque es el segundo CD de Sexsmith que me hechiza. El disco tiene canciones estupendas, pero sólo ha hecho vídeo de All in good time. No es mi favorita (Snow angel, I think we´re lost o Ship of fools tienen el privilegio), pero no está mal. Es ésta:



¿Qué más me queda? Ah sí, lo de dormir. No, no estoy durmiendo más, pero por alguna razón me levanto de mejor humor y al fin estoy consiguiendo tardar menos de una hora en salir de casa desde que suena el despertador. Igual es porque es casi verano, igual porque cuesta madrugar pero da mucho gusto salir pronto. Es una de las cosas que siempre he odiado de trabajar en televisión, esos horarios absurdos que te hacen entrar a las 10 o las 11 de la mañana y que lo único que hacen es que pierdas todo el día en el trabajo y se pasen los días con la sensación de que tu vida no te pertenece. ¿En ocasiones tienen una razón de ser? Sí, pero no siempre, y menos en determinados puestos.

He agradecido volver a la tensión del programa diario en directo. Para alguien como yo, que se distrae con facilidad y que es tendente a pensarlo todo demasiado, la presión de tener una hora de entrega hace que todas las dudas se disipen, porque no hay tiempo para dudar. Tampoco hay tiempo para pensar en hacer cosas más elaboradas, pero claro, todo no se puede tener. Bueno sí, pero en este país las cosas no funcionan así. Así que ahí estoy, pasando las mañanas con el culo pegado en la silla y tecleando sin parar. Y me gusta, porque me siento más viva, y porque veo cómo van cayendo páginas y no hay esperas. Porque yo soy así, y necesito la obligación para ponerme en marcha, y de paso siento que no me pagan por esperar, y no me siento culpable por no hacer cosas que podría haber hecho pero que no sé cómo hacer y por decepcionar a quien no quiero que se decepcione conmigo.

Las mañanas pasan volando cuando apenas puedes moverte para ir a mear porque no te contienes y al levantarte tienes que apoyarte porque estás mareada de ir con la cabeza del teclado a la pantalla y de la pantalla a las fichas de los redactores. Cuando los ojos sólo ven dedos golpeando teclas y por mis orejas van pasando canciones para aislarme del jaleo de la redacción, porque no sé si lo he dicho, pero me distraigo con nada. Y llega la tarde, y entregas el guión, y el programa empieza y la maquinaria se ha puesto en marcha un día más.

Entonces son sólo las seis de la tarde y te vas, y luce el sol, y hay airecito, y sabes que tienes la tarde por delante. No me dí cuenta hasta el viernes, porque los primeros días son de observación, pero cuando ocurrió sentí la necesidad de contarle a todo el mundo lo feliz que me sentía de volver a ser “normal” y acabar pronto un viernes. Llamé a compañeros, llamé a mi hermana (que tenía incluso mejor plan que yo, tenía los pies metidos en el mar mediterráneo), llamé a amigos, y llamé al Paseante, que como es un señor catalán adscrito a los tópicos, es muy rata y no se compra un teléfono nuevo, a pesar de que el que tiene no le funcione con propiedad. Les conté que iba al metro, camino del centro, para ir a un concierto o al cine. Al final pudo más la idea del cine, porque últimamente voy muy poco y porque de vez en cuando me acuerdo de la felicidad inmensa que me han proporcionado esas tardes de cine en solitario. Zodiac fue la elegida. ¡Qué gran elección! Hace tiempo que dejé de tratar de escribir algo parecido a críticas de cine, porque no se me da bien, pero si digo que no me dormí en las más de dos horas y media que dura la película, los que me conozcan sabrán que eso es muy bueno para una película.
El fin de semana fue provechoso. Comí con mis padres, visité la feria del libro, participé en una flash mob (usen google, que ya es muy tarde) haciendo pompas de jabón,

ví una exposición de fotos y estuve de cañitas con Juan y otros amigos, que me tratan bien y me dejan coger a sus hijas. También ví “perdidos”, jugué con Salsa, vagueé y entré en algunos blogs, de amigos y de políticos. Me quedé en casa para evitar compras innecesarias de primer domingo de mes, y pensé una vez más que tengo que adelgazar, que a veces me asusta quedarme sola, y que tengo que hacer un montón de cosas que se me olvida siempre hacer.

Y además me sentí normal.

3.6.07

Tontuna

Estaba yo poniéndome al día de los blogs amigos, cuando veo que Dani al fin ha actualizado. En su última entrada habla de ese primer curro que ya quisiéramos algunos como décimo primer curro, que yo en la vida he tenido una jornada intensiva, y de paso hace algunos enlaces a blogs de sus compañeros. Gracias al de uno de ellos he hecho la tontuna del día, que es ésta:

http://www.paloozahead.com/movies/paloozahead_embed.swf?k=552120-f8d2&ap=true

Como veis, el estilismo no tiene nada que ver conmigo, pero para una vez que puedo ser delgada, pues venga, ¡viva el mamarrachismo! La coreografía, muchos lo adivinarán, es la de los vídeos de Ok Go!, y la canción es de Clap your hands say yeah!, que son un grupo estupendísimo. Y esto es todo. Sí, tengo ganas de hablar de muchas cosas, pero estoy un poco desganada, la verdad. Otro día.

28.5.07

¡Vota!

Lara tiene 19 años, y hoy (bueno, ya ayer) ha votado por primera vez. Lara es guapa, Lara es inquieta, Lara tiene muy mal genio y es rápida de lengua, como lo somos mucho en mi familia, me temo. Es contestataria, y está viviendo a tope esa edad en la que todo se protesta, porque parece que si lo haces, las cosas cambiarán. A Lara le gusta la música electrónica y le gusta el flamenquito. Está delgada y luce ombligo. Se pelea con sus amigas y coquetea con los chicos. Se va con sus amigos de juerga (imagino que de botellón, aunque cuando se lo pregunto me mira y me contesta: “Ay que tonta´queres”) y tiene en un puño a su madre. Estudia y trabaja, para ganarse los dineros y pagar la factura del móvil, que trae a mal traer a su madre.

Lara es mi sobrina, y me gusta. Porque aunque tenga esa lengua larga, llena de “ejques” que le raspan la garganta y que de cuando en cuando te da como un látigo, es cariñosa y tiene buen corazón, y me regala muestras y me compra cremitas a buen precio. Hoy la he llamado, porque era su primera vez como votante. Le he preguntado si le hacía ilusión votar, y me ha dicho que no. Me he quedado tan helada por la respuesta que he insistido y le he preguntado por qué. Dice que no le convence la política, que no se cree nada. La verdad, me ha extrañado la respuesta, pero como Lara es mi sobrina y conozco a su familia, que es la mía, me ha dolido aún más oírlo. Porque sé que sus padres le han inculcado lo importante que es esa cosa tonta de meter unos papeles en un sobre, porque ellos eran como Lara cuando la democracia empezaba a avistarse en este país, y saben que no es tan fácil como a Lara pueda parecerle.

Hoy, cuando he acompañado a mis padres a votar, me he encontrado precisamente con esos recuerdos de la transición, que parecían imposibles de encontrar, pero que una verja ha salvaguardado, y que en lo que hoy ha sido colegio electoral, recordaban que no siempre votar fue algo tan normal en España. Han pasado muchos años, claro, y el cartel está muy deteriorado, pero lo que pedía era, agárrense, la mayoría de edad y el voto a los 18 años. Quizá Lara no lo sepa, y por eso, a sus 19, no le ha hecho mucha ilusión votar.


Tampoco sabrá lo que era el PTE, y seguramente haya oído hablar muy poco de Enrique Tierno Galván, fundador del partido. Claro, que Tierno Galván no era un político como los de ahora, y menos como los candidatos de Madrid, especialmente los de los dos partidos “grandes”, y a lo mejor si hubiera tenido 19 años entonces, hubiera ido a votar con más alegría que ahora.

Pero aunque todo sea diferente, aunque por suerte para Lara votar sea algo normal, sigo preguntándome por qué a ella no le hace ilusión, aunque al final haya ido y haya votado, y se haya estrenado con un voto no útil, pero más o menos sentido. Y entonces pienso que no es culpa de Lara, ni de sus padres, claro. Algo tiene que haber para que a alguien de 19 años no le haga ilusión ir a un colegio electoral sintiendo que va a hacer algo grande.

¿Y qué es ese algo? Pues no lo tengo claro. Supongo que son varias cosas. Que llevamos años escuchando a la clase política pegarse puñaladas con mal gusto, que sólo son protagonistas de escándalos de corrupción, y que para colmo de males, son gente muy aburrida. Yo no acabo de estar de acuerdo con todo esto, y no me gusta criticar a los políticos, porque quiero pensar que a la mayoría les gusta y les importa lo que hacen, y porque creo que no hay dinero para pagar a la gente que hace política, aunque la gente diga que cobran mucho y tienen dietas.

Por eso muchos seguimos yendo a votar, no sólo por “cumplir” como ciudadanos o para dar por culo al adversario político, sino porque nos gusta el rito. Mirarte en el censo, coger las papeletas (yo lo hago ante todo el mundo, porque me gusta sentir que no tengo nada que ocultar, mientras mis padres vienen con la papeleta de casa, recelosos de que el vecino vea a quién votan), meterlas en el sobre y llegar, con la cabeza muy alta y el DNI en la mano, a la mesa, donde el presidente dice tu nombre y todos miran mientras el (o tú, si te dejan, como a mí en las últimas elecciones europeas) introduce los votos en la urna y dice ¡Vota!.

Yo sé que es de tontos, pero a mí en ese momento se me ponen los pelos de punta, un escalofrío de placer me recorre la espalda y me siento importante, poderosa.

Este año no he podido hacerlo, porque por pura vagancia no me he empadronado aún en esta ciudad. Pero da igual, yo he votado. Y como para Lara, esta ha sido mi primera vez. Para ella en urna, para mí por correo. El miércoles recogí mi documentación en Correos, me senté, saqué todas las papeletas, metí las elegidas en el sobre y me dirigí a una de las ventanillas. Le di a la funcionaria mis papeletas, junto a mi DNI. Ella cogió el sobre con las tres papeletas dentro (yo he votado en Canarias), le plantó un sello y lo puso junto con otros sobres de voto por correo. Yo sonreí, le di las gracias, y al volverme para salir me tapé la boca con la mano, como si fuera a toser, para decir, con sonrisa de pilla y en voz baja, ¡Vota!

23.5.07

Vender hasta la madre

Aunque sé que debería hacerlo más, veo poco la tele. “En casa del herrero, cuchillo de palo”, pensarán algunos. Y probablemente así es. Y no es porque no me guste la tele, que me gusta, es porque, no lo vayáis contando, no me gustan algunos de los programas que hay. Bueno, no me gustan a mí, lo cual no quiere decir que no le gusten a millones de españoles, así que no los juzgo, me limito a aceptar que quizá no soy el público potencial de esos programas, incluidos la mayoría de aquellos en los he trabajado, lo cual no quiere decir que me disguste hacerlos, simplemente que no soy el público potencial de esos programas.

Luego hay otros que me gustan, pero se me olvida verlos, y luego hay algunos que, si estoy en casa, no me los pierdo. Es el caso de “House”, que no es un programa, es una serie, pero que me gusta. Porque sí, porque gusta ver a los médicos como personas que se equivocan, como personas infelices, felices, satisfechas o insatisfechas, y no como esa especie de semidioses que se creen algunos. Y porque me encanta no entender nada, y porque casi siempre acaba bien. Sí, y porque me gusta Hugh Laurie, del que adoro sus ojos tremendamente azules, su barba recortadita y esa figura larga de hombre que no se acaba nunca.

No me suelen gustar las series en la tele. Están dobladas y me he hecho absolutamente radical en el tema subtítulo, estás obligada a un día y una hora, y además hay mucha publicidad. “House” no es una excepción, pero me gusta la voz del doblador, los martes suelo (solía) estar pronto en casa y no meten cortes muy largos.

De todos modos, no me importa que haya publicidad. Soy poco aficionada al zapping publicitario. Me molesta porque eso hace aumentar la duración, pero no por los anuncios en sí, que me apasionan. Me alucina la gente que se dedica a la publicidad, y me cuesta creer que una persona pueda sacarse de la cabeza esas historias de apenas 30 segundos (un minuto máximo), que te dejan con la boca abierta, que te hacen reír o te hacen llorar. Porque a mí hay anuncios que me hacen llorar, creo que ya lo he contado aquí, pero como entonces era tonta y no sabía poner vídeos de Youtube, lo repito. Este anuncio de Coca Cola me hace llorar. Siempre.



No todos me gustan, claro. Algunos son vergonzosos, vergonzantes e indignos, sobre todo en esta época, en plena operación bikini, donde en la sobremesa la mayoría de anuncios son alimentos Light, cremas reductoras, láminas saciantes y mil mensajes opresivos más. Pero por la noche es diferente. Y hoy, en el intermedio de House, han puesto dos maravillas casi seguidas. La primera es ingeniosa, usa muy bien el recurso de la música, una canción que conoce todo el mundo dentro de una determinada generación (seguramente aquella a la que los anunciantes quieren vender el coche), e incluso la imperfección de la letra de la canción, le da un toque muy espontáneo. Es la última campaña del Renault Megane:



¡Bueníiisima! El domingo, charlando con Ismael, Nati, Freud y Pétalos (bueno, y con un irlandés que no podía estar más bueno) nos preguntábamos cómo consigue Renault contratar a tanta gente (Prosinecki, Amunike, Richard Clayderman) para que se ría de sí misma.

El segundo me ha encantado, seguramente porque me recordó mucho (igual al publicista también) a esa canción que me cantaban en casa de pequeña, la del lobito bueno, con letra de José Agustín Goytisolo. Leed el poema…

Érase una vezun lobito buenoal que maltrataban todos los corderos.Y había tambiénun príncipe malo,una bruja hermosay un pirata honrado.Todas estas cosashabía una vez.Cuando yo soñabaun mundo al revés.

…y ved el anuncio.



Aunque sea para vender y yo jamás me vaya a tomar una Cruzcampo Light, porque no tomo cervezas Light, ¿no os da buen rollo? A mí sí. El último anuncio lo he visto esta tarde, y es el ejemplo perfecto de cómo dirigir un producto: a un público determinado, muy específico, sin intentar abarcar demasiado pero con una precisión pasmosa. Una franja concreta, pero eso sí, unida. ¿Las armas para conseguirlo? ¡Más fácil imposible! Pero claro, hay que saber verlo, y los de Coca Cola lo han visto. Alguno ha debido recibir mil mails de recuerdos de los ochenta, de esos que vanaglorian nuestra infancia y vienen a decir qué éramos estupendos e imaginativos, la última generación, y todas esas cosas que decimos siempre para destacarnos de los demás y darnos una importancia que no tenemos, porque somos la primera generación educada en la democracia, los primeros niños bonitos que no tuvieron que luchar por nada. Pues ahí está todo eso, en un anuncio que coge a una generación y la une, en sus filias, sus fobias, sus recuerdos y sus vivencias.



La verdad, he descubierto hoy los tres anuncios, y además el episodio de “House” ha sido magnífico. Por más que dijeran en “La bola de Cristal”, quizá debería ver más la tele.

21.5.07

I don´t like Mondays

La consigna de medio mundo cuando suena el despertador después del fin de semana es esa, odiar los lunes. Para mí, sin embargo, los lunes de estos últimos cinco meses y algo han sido más apacibles. No sonaba el despertador, sino que la luz de la ventana o el peso de una gata sobre mis piernas eran las que me obligaban a abrir los ojos y a arrancar.

Poner comida a Salsa, escuchar el agua del grifo cayendo en el recipiente, el café desparramándose sobre la encimera (porque soy torpe), encender el fuego y colocar la cafetera mientras enchufaba la tostadora y sacaba unas naranjas han sido mi rutina posterior al abandono de la cama, mientras los demás llevaban varias horas enfrentando la semana.

Es raro vivir un domingo cuando los demás están viviendo el lunes. Ir sorbiendo el café mirando por la ventana y ver la actividad del barrio. Las madres arrastrando a los niños, las señoras arrastrando el carro, algún paseante arrastrando el perro, los viejos arrastrando los pies hasta el banco más cercano. Y yo arrastrándome por la casa. Porque me cuesta arrancar.

Cuesta arrancarme de la cama, cuesta arrancarme del ordenador, cuesta arrancarme de mis continuas distracciones y cuesta centrame. Cada lunes era un montón de proyectos: empadronarme en Madrid, poner mi nombre en el buzón, salir a pasear por el Retiro, ir al banco a reclamar, apuntarme a algo, hacer esos papeleos que siempre tengo pendientes, ponerme a dieta. Han pasado casi seis meses y no he ido al Retiro (al menos no un lunes), no me he empadronado, no he puesto mi nombre en el buzón, no he ido al banco a reclamar, no me he apuntado a nada y no he hecho los papeleos pendientes. Y por supuesto, no me he puesto a dieta.

Muy al contrario, esos desayunos igual eran a las nueve de la mañana que a las once y media, la comida (salvo algún día que he comido con mis padres) nunca ha sido antes de las cuatro, y los lunes no han sido más que una forma de hacerle un agujero constante a mi cartera. Porque salir un día de diario por Madrid no es más que una invitación al gasto.

Los lunes son sólo la punta de lanza de cinco días dedicados al trabajo, hasta que llega el momento de poder dedicarse a uno mismo, así que los lunes nadie va a la peluquería para ir a trabajar guapa el martes. Yo sí, porque todos los lunes eran mi día. El día oficial de Silvia. El día de taparse las canas que los malos pensamientos y las penas inventadas me han puesto en la cabeza. El día de vencer a los rizos y parecer una niña buena de melena lisa, el día de retocar el flequillo y olvidar todos esos años de pelo “fosco”.

Luego, ya en la calle, oía voces. Me decían: “Ve al H&M, ve al H&M”, y yo iba, sonámbula, al H&M, y me embriagaba de camisetas, de diademas, de vestidos, de sujetadores talla 100D y de tallas L. Y mi VISA se deslizaba suavemente por el filo del datáfono, y yo recibía con una sonrisa el ticket y el bolígrafo de manos del dependiente y estampaba mi firma, y le devolvía el boli y el ticket con una sonrisa, como una estrella devuelve el boli y el bloc al fan, agradecida por su cariño.

Luego salía a la calle y paseaba feliz por la Gran Vía, mirando al cielo azul de Madrid y balanceando mi bolsa. Bajando la calle, cruzando hacia Callao, enfilando Preciados para entrar en la FNAC. Primera planta: películas y series. Segunda planta: música. Tercera planta: Libros. Cuarta planta: más libros. Y como era mi día, el día oficial de Silvia, yo me paseaba por la FNAC como una reina. Mirando series, ojeando revistas, abriendo libros, imaginándome cómo los iba leyendo todos, sentada en el autobús, sentada en el metro… y los miraba, y los cogía, y los iba juntando, apretándolos contra mi pecho. Y la VISA se frotaba con el datáfono de la FNAC, juguetona, promiscua, y yo volvía a estampar mi firma y a sonreír, y volvía a la calle, a seguir balanceando mis bolsas.

Muchas tardes de cine en solitario y en V.O, una tentativa (siempre acabada en fracaso) de entrar en algo de ZARA, alguna exposición (menos de las que he podido), algún concierto, alguna cita vespertina con amigos que se animaban a empezar la juerga los lunes, unos episodios de CSI, alguna actualización, alguna visita a la fisio para que me enderezara la espalda y muchas horas perdidas que se acaban hoy.

Porque si lo pienso bien, igual también odio los lunes, y si no, lo haré la semana que viene, que esta vez comenzará con un despertador, con prisas, nervios, y una laaaarga ruta de metro. Porque es mi última semana de martes a sábado, y la semana que viene volveré a ser una persona “normal” y la caja del “H&M” de Gran Vía notará el bajón y yo tendré que hacerme famosa para poder seguir firmando autógrafos y devolver el boli y un bloc con una sonrisa.

17.5.07

¡Hola guapa!

Se avecinan despedidas. Pero como aún me quedan unos días, casi prefiero empezar con las bienvenidas. Un ¡hola! Siempre es mejor que un adiós. Ya lo veis. El ¡hola! va entre signos de admiración, y significa que está todo por empezar: una charla, un paseo, unas copas, un viaje, un romance, una bronca, un desengaño…

Cuando dices adiós todo es distinto. Algo se ha acabado. Puede que tenga continuidad, claro. Al día siguiente en el trabajo, la semana siguiente en otra cita, al mes siguiente con otra cruz en el calendario… pero entonces lo que se escucha es un nuevo ¡hola! Un adiós siempre es un final. Triste o alegre, pero final. Y tras un adiós, toca recoger. Meter recuerdos, papeles, fotos. Amontonarlos y cargarlos a casa en una bolsa.

Por segunda vez en lo que va de año meteré en una bolsa de Carrefour, de H&M o del Juteco la varita mágica que me regalaron los del “Soy…”

Por segunda vez en lo que va de año desmontaré mi altarcito, y las fotos de Rufus Wainwright, del Doctor House, de Franz Ferdinand, de los Arctic Monkeys y una nueva de Mika se vendrán conmigo.

Por segunda vez echaré las lagrimitas y me lamentaré de llevar esta vida de nomadismo televisivo. De cadena en cadena, de plató en plató, de ordenador en ordenador. Alguno me dirá que esta vez es voluntario, y que sarna con gusto no pica. No pica, no, pero mortifica.

Por eso prefiero decir ¡hola! a una nueva propietaria. Aunque no tenga que pagar letra, aunque no tenga que hipotecarse, le va a tocar amueblar su nueva propiedad. Dice que cada día, yo apuesto a que será cuando pueda. Un poco como hacemos todos.

Ella, una madre trabajadora y estresada, me llama ex compañera. Vamos, que ya me está diciendo adiós. Pero hoy estoy emperrada con los ¡Hola!, así que me voy a acordar de los que he compartido con ella.

Del primero es probable que no me acuerde, pero sería en alguna fiesta de empresa. Contentillas, bien vestidas, bien peinadas, celebrando. Luego nos vimos en una despedida alegre, y el siguiente hola que recuerdo es el que nos ha unido estos meses. Un hola al que yo respondí con los ojos llorosos, contándole que acaba de quedarme sin trabajo. Prometió decírselo a su jefe, también el mío hasta unos meses antes, y al que conozco desde mis primeros pasos en televisión. La maquinaria estaba en marcha. En unos días había un nuevo hola, esta vez en forma de compañeras. Y al día siguiente otro adiós, porque se iba a dirigir un programa nueva. El adiós de una afortunada que dejó el trabajo para irse a vivir nos regaló un nuevo ¡hola!, que hemos ido renovando cada día, hasta ayer.

Aunque en nuestro caso parece que ha sido necesario un adiós para decirnos cosas que igual podríamos haber dicho antes, para echarnos flores y para hablar de frikadas como los blogs en vez de hablar de freaks como Richy Bastante (Little, le he hecho jurarme sobre el “¡Hola!” que no lo traerá jamás).

Pero bueno, ahora promete escribir mucho. De ella, de su estrés, de su hija (que es tan guapa que le da miedo), de su marido que es estupendo, de sus plantas, de lo mucho que le gusta el bricolaje casero, de cómo va a pintar su casa ella sola y de los relatos que escribía en su libreta de bolso y que ahora no se atreve a poner en el blog. Y del desengaño de la liberación femenina que ahora le golpea. Porque ella, como muchas mujeres, anda ahí a medias entre la educación que le dio su madre y la que ella le va a dar a su hija. Y por más que le pese, y por más que crea que nos han engañado, le enseñará a su hija (la más guapa) cómo ser una mujer “liberada”.

¡Hola guapa!

9.5.07

Aznar, el vino y la picaresca española

Desde que dejó de ser presidente del gobierno y luce melena, Aznar anda como vaca sin cencerro. Paseándose por medio mundo soltando perlas con ese inglés de acento indefinible que tiene, y deleitándonos con un humor que, la verdad, hubiéramos agradecido más cuando gobernaba y era siempre un señor muy serio, enfadado, como si fuera a todas horas con un palo metido por el culo.

Yo creo que la primera vez que le presté atención a Aznar fue cuando acudió a dar una charla a la Facultad de Ciencias de la información, donde yo estaba matriculada. Allí, y eso que la facultad tampoco era ningún centro de rojerío, se desplegó una pancarta desde el cuarto al primer piso que rezaba, en un bonito pareado:

"Aznar, no nos mola
tu labio de escayola"

No sé qué dijo en aquella charla porque imagino que yo ya estaba trabajando, porque si no estoy segura de que no me la hubiera perdido. Luego le he tenido que prestar atención muchas veces, porque se convirtió (por voluntad popular, mal que nos pese) en Presidente del gobierno. Durante años, Aznar sólo me daba risa si veía caricaturas suyas en "El Jueves", que hay que reconocer que perdió fuelle desde que él se fue, porque Zapatero el pobre es soso hasta para las caricaturas. Tras perder las elecciones, de nuevo un versito, esta vez en forma de pintada cerca de mi casa, volvió a hacerme sonreír aunque estuviera puesto su nombre. Ponía esto:

"¡Qué felicidad,
vivir sin Aznar!"

Tras un tiempo prudencial sin verle cada día en el telediario, ahora tengo que reconocer que Aznar a veces hasta me hace gracia. De hecho, después de verle hacer cosas tan tontas y ridículas como poner los pies sobre una mesa junto a Bush, meter un boli en el escote de una reportera (que dicho sea de paso, para trabajar en un programa de humor, no se lo tomó con mucho ídem) hablar en inglés a pesar de que habla MUY mal, soportar estoicamente que, a pesar de haber sido presidente del gobierno de un país más o menos conocido y de haberse esforzado mucho en hacerse un señor importante dentro de la política internacional, un reportero australiano no sólo no le reconozca, sino que le ignore, en ocasiones se me antoja hasta un señor entrañable, y tiendo a pensar que sus salidas de tiesto son más desafortunadas que malintencionadas.

Simplemente nuestro señor (bueno, más suyo que mío) no le concedió el don de la gracia. La verdad, no tengo claro que le concediera algún otro, pero algo bueno tendrá el pobre. Pensándolo bien, sí, le dio un pelazo. Porque Aznar tiene pelazo, como "El Puma". Sinceramente, no hay nada peor que ver a una persona que no es graciosa no ya haciéndose el gracioso, sino pensando que lo es.

El caso es que la semana pasada al expresidente le nombraron Bodeguero de Honor de la Academia del Vino de Castilla y León. Imagino que por allí correría el vino. Y no sé si por eso o porque es de natural lenguaraz, Aznar soltó esta prenda que ya hemos escuchado mil veces durante los pasados días, pero que repito para el que no la conozca:


Hay otra frase que pronunció luego, pero que ahí no sale, y que es ya el colofón del Festival del humor con el que obsequió el ex presidente del gobierno a los señores bodegueros que, como se puede ver y escuchar en el vídeo, quedaron encantados con el "speech". Es ésta: "Los que hemos defendido siempre la libertad y creemos que es buena, defendemos también que la gente pueda tomar sus decisiones".

Bueno, no haré comentarios a ese "siempre", ni a eso de que la gente pueda tomar sus decisiones. A mí la verdad es que me extraña que Aznar no esté concienciado con los problemas del tráfico en nuestro país, cuando él ha vivido de primera mano las consecuencias de ir a más de lo que se debe. Pinchen ahí, por favor:

http://www.elmundo.es/elmundo/2003/07/09/sociedad/1057727322.html

De cualquier modo, lo peor de esta tontería que soltó Aznar es que, además de no ser nada apropiada para un señor de su condición, y de no ser muy correcta dado el gran problema que suponen en España los accidentes de tráfico por causa del alcohol, es que no tiene razón.

En este país que nos (bueno, que me) ha tocado vivir, sí que te tienen que decir lo que hacer, al menos en lo que a comportamiento social se refiere, porque en este país si no nos dijeran cómo debemos comportarnos, viviríamos en un estado de saqueo y caos permanente. ¿Suena esta frase tajante? ¿Exagerada? ¿un discursito a lo "me duele España"? No, corresponde a un pensamiento que vengo manteniendo desde hace años, y que he ido ampliando y asumiendo cada vez más en la convivencia diaria y en esas breves vacaciones de agosto en las que me he ido en plan turisteo fuera de nuestras fronteras.

Basta con repasar la última semana para saberlo. Anuncios de la Agencia tributaria para recordar los plazos e instar a la gente a que pague sus impuestos. Una cantante famosísima, con dinero suficiente, como diría Marujita Díaz, "para pagar la luz hasta que me muera", metida en una trama de corrupción en la que se han llevado de Marbella millones y millones de euros que correspondían a su pueblo (A Marbella, no al pueblo de la Pantoja). Disturbios en Madrid por protestas cometidas por jóvenes ansiosos de diversión, pero menos ansiosos de respetar el descanso ajeno, mear en un lugar que no sea de paso habitual, o depositar los cascos en los lugares adecuados. No exagero con respecto a esto de los disturbios. En el transcurso de la gresca, alguien acabó rompiendo el escaparate de la tienda Desigual que hay en Fuencarral y saquearon todo su contenido. Igual que un día en que se fue la luz en la Gran Vía y, según relato de Juan, la gente salía del H&M con las manos llenas de ropa.

Pero no hace falta ir a los periódicos. Sólo hay que mirar alrededor. Algunos trabajadores fuman en el lugar de trabajo, a pesar de que haya una ley que lo prohíba. Los jubilados piden medicinas (sin cargo para ellos, pero sí para la seguridad social que todos pagamos) al médico para dárselas a sus hijos, “para que no les cueste”. La gente compra pisos de protección oficial, que les salen muy baratos, y aunque esté prohibido hacerlo, los vende luego en negro, sacando beneficio propio de un dinero pagado por todos. La lista es interminable: a mí me molestan los que se van del trabajo y no apagan el ordenador, los que no separan la basura, los que imprimen mil veces un documento…

Lo peor de todo no es ya que se hagan estas pifias, es que además la gente se muestra orgullosa de hacerlas, y las cuenta de forma impúdica, vanagloriándose de que ha estafado a hacienda. Y los demás les jaleamos y decimos: “Ole sus cojones”. Igual podríamos cagarnos en sus muertos, pero no, le alabamos y admiramos su tremenda jeta. Incluso las mismas cadenas de radio que hablan, dándose golpes en el pecho, de lo terrible de los accidentes de tráfico, acaban el informativo y dan paso a un espacio que les hace ganar dinero y en el que se anuncia un GPS que detecta todos los radares, que te avisa para que aminores la velocidad y no te pille la guardia civil. Es la doble moral y el morro en su estado más puro.

No sé si algún día cambiarán las cosas para nosotros. Si un rayo de vergüenza nos traspasará y decidiremos que vivir en sociedad exige cumplir las normas de esa sociedad. Si entenderemos que obedecer a ciertos mandatos no nos convierte en borregos, sino en buenos ciudadanos. Que para defender los derechos hay que cumplir los deberes y, en suma, que ser un chorizo y un jeta no te convierte en un tío guay, sólo en un chorizo y un jeta.

En cuanto a Aznar, deje usted la bebida. Y la política. ¡Y córtese ese pelo, hombre, que parece un hippie!

4.5.07

Esperando...

… que llegue al fin el buen tiempo, que se vaya la lluvia, que el sábado pase pronto (para que sea domingo y no haya que trabajar) y que vuelva la salud a mi maltratado organismo.

Ni la leche de vaca natural (sí, esa que hay que hervir y que luego forma centímetros de nata sobre la cazuela humeante), traída hasta Madrid en una botella de plástico, ni los huevos de gallina, ni las fresas naturales de la huerta de Heliodoro, ni los cariños de mami han conseguido evitar que me dé la gripe de entretiempo, esa que nos ataca en cada cambio de estación, cuando una no sabe si sacar la crema autobronceadora y los escotes pronunciados (ya, ya sé que llevo escotes pronunciados todo el año, pero “manga corta” no altera la libido masculina, mientras que “escote pronunciado” sí lo hace) o cargar otra vez con el abrigo en el metro.

Cada vez lo mismo. Te levantas por la mañana con una levísima sensación en la garganta. Es como que hay algo ahí que rasca cuando intentas tragar. Piensas que has dormido con la boca abierta y agradeces que no haya ningún hombre al lado que te haya oído roncar (¡Ups! ¿Acabo de confesar que ronco? ¡Qué tonta puedo llegar a ser!). Vas a desayunar. La sensación persiste y comienzan las sospechas. “No, no puedo haberme pillado la gripe”. Por tu cerebro desfilan las imágenes de las últimas veinticuatro horas, como cuando se supone que te vas a morir, que te pasa toda la vida por delante y te ves cuando eras niña y te quitaban los lápices del cole, y luego cuando eras invisible para los chicos, y después cuando te dabas el primer beso, y luego cuando te pillabas la primera borrachera, y el primer polvo, y el primer trabajo, y la primera tarjeta de crédito, el primer piso, la primera hipoteca chispaaaaaaaaas…

Esto es más breve, claro. La secuencia viene a ser así: Te levantas, desayunas, te duchas, te vistes, sales a la calle, te abrigas, entras en casa, te quitas el poncho, tus sobrinos (unos angelitos, mírales aquí qué tranquilos) están peleándose fuera.

Te pones el poncho y sales para convencerles de que no deben pelearse. Entras de nuevo en casa, te quitas el poncho. Te pones el poncho y sales para decirle a tus sobrinos que tienen que compartir el camión. Entras otra vez en casa, corres para coger el móvil porque sólo en el piso de arriba hay cobertura. Bajas. Te quitas el poncho (en este momento tengo ya los pelos estilo Cruella de Ville antes de estrellarse con el coche). Sales de nuevo para decirle a tus sobrinos que no te extraña que sus padres se hayan ido para descansar de ellos. Entras. Tus sobrinos también, algo contrariados. Les explicas que sus padres quieren estar solos para ir de paseo y quererse y darse besos.

SOBRINO MEDIANO: “¿Besos en la boca?”
TÍA INEXPERTA: “Sí, besos en la boca”
SOBRINA MAYOR: “Hala, qué guarra”
TÍA INEXPERTA (PERO NECESITADA): “¿Y por qué? Dar besos mola. Los besos son algo muy bonito. ¡Dáme un beso, pedorra!” (SUCESIÓN DE BESOS DE TÍA, CON SONIDO ESTREOFÓNICO AL LADO DE LA OREJA)
SOBRINO PEQUEÑO: “Jijiji”
SOBRINO MEDIANO: “¿Papá y mamá se están dando besos de amor?”
TÍA INEXPERTA (METIDA EN UN JARDÍN): “Pues claro”
SOBRINO PEQUEÑO: “Jijiji”

Sales de nuevo y propones jugar en el jardín. Corres y chillas. Te sientas porque estás vieja y te falta el resuello. Vale. Aquí paramos la secuencia y obtenemos la información necesaria para concluir que al no ponerme el puuuuuto poncho (pero por qué no me llevé el plumas y punto), sudar y quedarme quieta al fresco montañoso, la he cagado.

Y ahí está, esa persistente sensación de que te rasca la garganta, añadiendo luego una especie de sensación extraña y ajena a otros comienzos de gripe. Un picor raro en la espalda. Esta vez la secuencia se remonta a un día anterior. Paseo por el pueblo. Saludos varios a los oriundos. Avistamiento de nuevas incorporaciones al censo del pueblo: Dos potros, un jato y unos cuantos mastines. Visita al jato, visita a los potros y visita a los mastines. Damos de nuevo al pause y analizamos. ¿Qué tenemos? Picor persistente en varias zonas de la espalda, acompañados de pequeños ronchones y granitos rosáceos. Conclusión: éste hermoso ejemplar se ha colado en alguna de mis prendas.

Diagnóstico: gripe de entretiempo y picaduras de pulgas.

Y aquí estoy, con los ojos llorosos, tosiendo, con el moquillo cayéndome, engordando la fortuna de Juan Abelló (¿Frenadol no era de Abelló? Ah, pues no, es de ¡¡Johnson & Johnson!! ¿Se me quedarán los pulmones suaves y con brillo, como con el champú?) y cargándome el planeta con el uso indiscriminado de Kleenex.

¿Qué más me podría pasar? Si esto lo hubiera estado escribiendo ayer, hubiera dicho: “Que el juez de la “Operación Malaya” detenga a la Pantoja”. Pero por suerte eso ya ha pasado, y es posible que, gracias a las desgracias (o presuntos delitos) de I.P, hasta tenga un viernes más tranquilo en el trabajo. Eso espero, porque el cuerpo no me da “pá”más.



25.4.07

El fin de la espera

El 28 de abril de 2005, Daniiii escribía en mi lista de amigos (mensaje 18.362 de los 55.000 y pico que llevamos escritos desde el 26 de diciembre de 2001, ahí es nada) sobre un tal Rufus Wainwright. Acababa de llegar de su concierto en Barcelona, y hablaba con entusiasmo de un artista al que casi no conocía y al que había ido a ver un poco por ver qué tal. En su crítica, hecha desde la emoción y el cansancio, destaco varios párrafos:

“Cuenta el amigo Rufus con una voz excelente. Muy simpático el tipo, nos ha felicitado por la legalización del matrimonio gay, añadiendo que no le había extrañado que ya hubiera saltado “Benedict the… fucker”. Ha dicho que igual es un buen tipo, que él normalmente no juzga el libro por la portada, pero que con un papa es difícil equivocarse.”

“El momento estelar ha sido el primer bis (¿se llama bis verdad? A estas horas dudo…). A media canción Wainwright se ha quitado la americana, y después la camisa, revelando una especie de camiseta negra cortada por delante. Después se ha bajado los pantalones y se ha puesto unas alitas. Y ahí estaba el chaval, en tanga semibajado, vestido de hada.” Bueno, esta era la pinta de Wainwright vestido de “hada” (qué concepto más raro tienes de las hadas, Dani) en Barcelona:

Copy de la foto: Popium. http://www.fotolog.com/popium

Envidio a Dani por muchas cosas, casi por tantas como le quiero, pero el amor y el odio que siento por este maldito veinteañero que se está apurando la juventud a tragos sin ni siquiera probar el alcohol convergen en este hombre:

Le envidio por haberle visto sin casi conocerle, que no hay nada mejor que disfrutar un concierto sin saber nada del que lo da, viviendo por primera vez la experiencia de escucharlo, descubriendo cada una de sus canciones, enamorándote de su ritmo, y soñando con llegar a casa para poder tenerlo todo y empaparte bien de su música. Y le quiero por darlo a conocer, en ese gesto de generosidad ególatra que es contarle a los demás que has descubierto ese cantante al que no puedes ponerle un pero. Curiosamente todos le habíamos escuchado antes, porque el que más y el que menos tenía oída (en mi caso hasta la saciedad) la B.S.O de Moulin Rouge, y por tanto ha escuchado Complainte de la Butte, pero aunque la canción me encantaba, no conocía a su intérprete.

La música de Rufus Wainwright llegó a mi vida en un momento muy especial, pero también muy difícil. Llegó cuando estaba reencontrándome conmigo misma, con mi familia, con mis amigos y con mi ciudad, después de seis años maravillosos, pero con un final no tan maravilloso. Apenas me había incorporado a un trabajo nuevo, y apenas empezaba a aprender lo que era vivir sola. Estaba asustada, como cada vez que empiezo un trabajo nuevo, estaba triste, como cuando pierdes algo que has querido mucho, y estaba absolutamente perdida. Y lo que es peor, estaba encerrada en mí misma.

Seguí encerrada mucho tiempo, pero esa música me acompañó en la soledad voluntaria que elegí, en esas tardes en casa, evitando las llamadas y rechazando las manos tendidas de mis amigos, de mis hermanos, de mi cuñada y hasta de mis sobrinas.

Recuerdo perfectamente el primer día que le presté atención a Rufus Wainwright. Sería principios de mayo, y ya hacía muy buen tiempo, como esta noche en Madrid, en la que un termómetro marcaba 24 grados a las diez menos cuarto. Salí de casa con el i-river que me regaló Antonio (Gracias de nuevo; por el i-river, por el i-pod, y bueno, por más cosas… ), y con muchos temas de RW dentro de ese pequeño reproductor. Ya llevaba un par de días escuchando algunas canciones de “Poses”. Me encantaba “California” y “Cigarrettes and chocolate milk”. Por cierto, que este verano no me pude resistir y probé el “chocolate milk" en uno de los famosos diner de Nueva York.

Ese día salí de casa y cogí el 20 camino a mi trabajo. Imagino que fui escuchando el Poses, y al acabar, comenzó el Want one. Supongo que me impresionó “Oh, what a World”, por lo original de su propuesta, una versión pop del bolero de Ravel. Entonces comenzó “I don´t know what it is”. El 20 atravesaba Menéndez Pelayo y el día estaba un poco nublado. Puse atención a la canción, con la cabeza apoyada en la ventana, viendo pasar las rejas, las puertas, los árboles y los columpios del Retiro. Dejando atrás a viandantes que esperaban para darle el paseo matinal al perro y a los corredores de footing. Seguí la voz susurrante de Rufus, que enlaza una sílaba con otra, casi sin respirar, alargando las palabras. Sentí introducirse poco a poco los coros, los violines, la sección de viento… y sentí como esa canción iba creciendo. Desde el estómago a la garganta, desde el pecho a los lagrimales. Para cuando llega a “I was hoping the train was my big number…”, el autobús doblaba Menéndez Pelayo y cogía O´Donnell, y yo lloraba como una descosida, absolutamente embriagada por ese tema que escuché casi cada día durante meses. Tras ese vinieron muchos más, porque lo bueno que tiene llegar tarde a todo es que cuando llegas, tienes mucho por descubrir. Fueron meses de gozo musical permanente. “Go or go ahead”, “14th street”, “The art teacher”, “Dinner at eight”, “the one you love”, “Beauty mark”, “The consort”, “Matinee idol”, “Little sister”… Meses muy difíciles, sí, pero seguro que menos de lo que hubieran sido sin esa música.

Ya he hablado muchas veces de Rufus Wainwright en este blog. Y en mi fotolog. Y en los mails. Y en tantas y tantas conversaciones. He conseguido hacer nuevos rufusófilos y por lo "bajini" he criticado a los que no les ha gustado y han tenido la desfachatez de decírmelo. He estado en cuatro conciertos y asistiré al quinto este verano. Me he lamentado por no poder verle tres veces, la tercera de ellas hace tan solo unos minutos. Es probable que muchos de mis amigos no hayan llegado hasta aquí porque habrán visto la foto y habrán pensado: “Ya está otra vez Silvia con ese pesado de Rufus “Güeinsfoins””. Y tendrán razón, como siempre. Pero qué le vamos a hacer, yo tiendo a la pesadez, al cansinismo y a la repetición. Así que volveré a decir que, aunque parezca hortera, aunque esté rebajándome a los más ínfimos niveles de la fan insoportable, “cuando escuchas a Rufus Wainwright te cambia la vida”. Llevo ya unas horas escuchando “Release the Stars”, su quinto disco.

Lo hago a la vez que escribo, sintiéndome atrapada de nuevo, sabiendo que descuidaré mis deberes. Que mañana iré al concierto de Joan as a police woman sin repasar sus temas. Que iré al de Bloc party sin repasar los suyos. Que llegará el Summercase y el FIB y todavía andaré descolocada, descubriendo nuevos sonidos, leyendo letras que a veces me son inexplicables y sintiendo que ha vuelto a cambiarme la vida. Para mejor, claro. Siempre para mejor.

19.4.07

Homenaje

Esta es mi propia versión de la famosa boca con lengua que han hecho míticos los Stones y que ya sé que no creó Warhol porque para eso existe el Google. Y también en homenaje a Google, que tantas veces nos ha salvado la vida y nos ha ayudado a vacilar, ligar, saber lo que es un dirty Sánchez (por cierto, ¡qué necesidad!) y muchas cosas más que se me ocurren, ahí va este link que me ha pasado Churchill, porque sí, porque me conoce (y me quiere) bien.

http://www.usaelputogoogle.com/

¿Por qué mentar a los Stones? Sí, así es. Tengo una entrada para ver a sus satánicas (y viejuníiiisimas) majestades. El año pasado resistí, alegando que estaban muy acabados y que no quería ver cómo se les rompía una cadera en directo. El tiempo me dio la razón y Keith Richards acabó cayéndose de un cocotero, porque quién sabe por qué los viejunos son tendentes a subirse a los sitios, ignorando que, si ya la vista no alcanza y la sangre no llega con fuerza a todas partes, a ver por qué va a estar mejor el sentido del equilibrio.

Este año lo intentan otra vez, y este año he caído. Pero no es mi culpa. Yo soy una persona débil y Gafulis es un tipo muy insistente que llevaba meses dando el coñazo con las malditas entradas de los Stones. Esta frase fue definitiva en el proceso de comida de tarro: “Tía, un día le contaremos a nuestros nietos que vimos a los Rolling”. Y claro, ante ese momento abuela moderna, no hay quien se resista. Luego, ya con la entrada comprada, he pensado que él lo tiene más fácil porque tiene un hijo, y llevo todo el día dándole vueltas a si habrá usado el recurso del reloj biológico sólo como maniobra para convencerme. No se puede ser tan cruel. ¿O sí?

De cualquier modo, mi debilidad va siendo cada vez más residual, y en los últimos tiempos he dado algunos puñetazos en la mesa. Gafulis quería estar muy cerca: “Quiero estar tan cerca que Keith Richards pueda esnifarme la caspa de los hombros como se esnifó las cenizas de su padre”. Hoy, a las 07.20 de la mañana, y aunque a esas horas no estoy muy para dar puñetazos, me he negado a sacar entradas de pista, porque soy mayor, pequeña, y porque todavía me acuerdo de los franceses (alguien que ha vivido en Francia, y cuyo anonimato respetaré me confirma que son un pueblo tirando a guarro ;) que me atufaron en el concierto de Muse, que era en octubre, así que no quiero imaginarme lo que puede ser eso un 28 de Junio, y después de horas de solaera haciendo cola para coger sitio. No, no, eso es para tarados, pobres o afortunados de más de 1.90. Y yo no soy nada de eso.

A estas horas no sé si alegrarme, empezar a estudiar las canciones, comprarme unos prismáticos para contar todas las arrugas de Mick Jagger, o rezar para que cancelen y me devuelvan el dinero. O pensar en tener hijos para tener nietos a los que contarles que su abuela vio en directo a los Rolling Stones.

18.4.07

Mika y las modas

Me gusta ir a la moda. No soy lo que se llama una “Fashion victim”, claro. Primero porque no tengo dinero, segundo porque no tengo estilo, y tercero porque no tengo talla. Mi cuñada añadiría: “y porque ya no tienes edad”, pero bueno, como soy yo la que escribo, pues no lo pongo.

Me divierte ver lo que se lleva cada temporada, ojeando un domingo en pijama, y al sol de mi ventanal, las revistas de tendencias. Mi favoritas son el “Elle” y el “Vogue”. Suelo comprar dos ejemplares al año, como mucho, y siempre juro que no lo volveré a hacer. Primero porque me da pena por las selvas amazónicas ese gasto de papel, segundo porque no sale una maldita tía parecida a mí en toda la revista, y tercero porque los precios de las ropas, complementos y hoteles son absolutamente obscenos. Vamos, que de todo lo que sacan, te puedes comprar el libro del mes y a lo mejor un pintauñas. Lo demás, se pasa de presupuesto y además a ratos da vergüenza y cargo de conciencia por la vacuidad y el lujo gratuito que despiertan. Aún así, me sirve para ver las tendencias de maquillaje, para esos días que me gusta ponerme como una puerta. “¿Y por qué te pintas, si las chicas estáis mejor así, más naturales?” No contestaré preguntas estúpidas. Por favor, déjeme continuar tranquila.

Otra cosa que me divierte es pasearme por las tiendas. Al final acabas siempre comprándote algo en “temporada”, para ver cómo en cuanto se acerca el buen tiempo, o comienza el invierno, todas sacamos los trapitos nuevos con la urgencia del que piensa que se va a morir y entonces será tarde para lucir los peeptoes que te has comprado y con los que te vas a helar los dedillos que sobresalen hasta que haga el tiempo adecuado para lucirlos.


No todos llevan bien el tema modas. Mis amigos los zombies andan revolucionados con el Vintage de este año: las Rayban Wayfarer, unas gafas que llevan más de cincuenta años en el mercado, y que ahora vuelven a hacer furor. Uno de ellos está cabreado porque tiene las mismas desde los 80, cuando las lució Tom Cruise en Risky Bussiness, y le molesta que ahora todo el mundo vaya por la calle con sus mismas gafas. Bueno, a mí me alegraría ir a la moda sin acoquinar los 125 eurazos que valen las gafas de marras.


Pero si no son las Wayfarer son los polos Fred Perry, aquellos que llevaban nuestros padres (en mi caso los llevaba mi hermano, pero incluso yo tengo una foto con uno morado) y que ahora vuelven a aparecer, como caracoles tras la lluvia. Igual que no entiendo al que va uniformado y tiene que llevar a la vez las wayfarer, el Fred perry, el pitillo y las Converse, ignoro por qué la gente se siente mal si se ve parecida a la masa.

Esto no sólo ocurre en la ropa. El que antes era fan de Paul Auster, ahora le da rabia que todo el mundo lo lea en el metro, por no hablar del que le molesta que alguien lea a Jelinek justo una semana después de que le den el Nobel. Los que seguían la fórmula uno no pueden soportar que se haya convertido en el “rompeaudiencias” de Telecinco, y se ven en la obligación de justificar que ellos estaban antes en la pomada y empiezan a hablar de los duelos entre Prost y Senna, de Nigell Mansell, y si te descuidas juran que vieron correr a Emerson Fitipaldi. Los amantes del cómic ven traicionados sus años y años empleados en ser los raros del barrio ahora que las obras de Alan Moore y Frank Miller son llevadas al cine y la gente compra las reediciones de los tebeos como churros.

La música es el no va más de ese rencor al mainstream, o siendo menos “guay”, a “lo que le gusta a todo el mundo”. El “raro” musical de antes se traía los discos de Londres o estados Unidos. Ahora se pasa el tiempo buceando en busca de ep´s, que en cuanto el grupo consigue convertir en disco, entierra y maldice, porque ese grupo residual que le encantaba, “se ha vendido a la industria”. Yo muchas veces no sé si es tanto esnobismo como ser un poco cabrón, porque ¡coño! Si el tío (o grupo) te gusta, lo normal es que te alegres de que les vaya bien, no vas a pretender que estén toda la vida ensayando en el garaje para que a ti te sigan pareciendo estupendos.

Yo reconozco que a todos nos duele un poquito que los cantantes, actores, escritores o directores que hemos ido descubriendo cuando no eran reconocidos, pasen a ser iconos de la masa, pero porque es como que se te casa el hijo. Pero eso no significa que el hijo sea de nuestra propiedad y que debamos alegrarnos si su mujer le pone los cuernos y vuelve a casa.

Por eso esta primavera en mi i-pod está de moda Mika. Me importa una mierda que sea el ídolo de la temporada y que dos de las cinco cadenas de televisión más importantes de este país hayan escogido sus canciones como sintonía de la nueva programación primaveral. Que su Grace Nelly sea una de las sintonías más bajadas de los móviles, su música suene en los cuarenta principales y que los críticos digan que es un batiburrillo de Freddie Mercury, Rufus Wainwright, Scissor sisters, Elton John y Robbie Williams.

A mí me gustan sus canciones y si le gustan a mucha gente, pues mira qué bien. La verdad es que esa fama súbita nos sirve a los más avezados en la agenda conciertera para poder contar a los que lleguen al Summercase ansiosos por ver a Mika, con nuestra voz más engolada: “Bueno, aquí ha estado bien, pero claro, no es ese concierto íntimo que dio el 14 de abril en la Mynt, con sólo 300 personas entregadas. Allí no sólo cantó los temas del disco, hizo un cover del “Everybody´s talkin´” de Nilsson”.


Porque lo mejor de los conciertos no es disfrutarlos, dar botes, sudar, ver luego las fotos imposibles (ésta es buena porque no es mía, es del filósofo de bar), sufrir por el cabezón de delante, temer por los empujones y por los maleducados que hablan en los temas más lentos. Lo mejor de los conciertos es, como le contestó Dominguín a Ava Gardner cuando al escaparse de la cama éste le preguntó dónde iba: “Pues a contarlo”.

12.4.07

La vida es sueño

No me gusta dormir. Siento que se me van las horas sin hacer nada, porque no soy de las que se acuerda de lo que sueña, como mi amiga Milena, que tiene siempre unos sueños rarísimos que luego la tienen loca todo el día. Yo no. Yo me meto en la cama, hago posturitas hasta que mi arco de la espalda deja de molestarme, y en cosa de dos o tres minutos estoy dormida, pero dormida a lo bestia. Hace años durante un campamento, la chica que dormía en la litera de encima se cayó al suelo, con el consiguiente escándalo. Yo me enteré cuando me lo contaron al día siguiente.

Llevo dos días durmiendo casi ocho horas. Salvo que la espalda ha vuelto a darme disgustos, y temo por mis botes del concierto de Mika, me encuentro muy bien. Puedo leer en el metro sin que las letras de Paul Auster (estoy leyendo el "Viajes por el Scriptorium" que amablemente me regaló Goio cuando recaló en "Chez Silvie"el pasado 14 de febrero y a falta de hombres, buenos son zombies) se vayan juntando unas con otras al ritmo que marcan mis ojos bizqueando. Además, he conseguido despertar antes de que suene el despertador, desayunar en casa y darme todas las cremas pertinentes. Me encuentro activa en el trabajo, más segura de mí misma y, por qué no decirlo, hasta optimista... ¿Por qué nadie me lo había contado antes? Si es que me queréis mal...

Claro, ahora comprendo por qué él tiene siempre tan buena cara. Eso sí, yo si estoy en la cama y tengo esto al lado me da el insomnio. Eso, y muchas cosas más.

4.4.07

Ir sin luces

En mi vida anterior a los 14 años, las bombillas eran sólo unas cosas que se usaban para colocar en las lámparas. Se enroscaban y daban luz. Hasta que llegó a mi vida Carmen Jiménez, la profesora de Ciencias Naturales de Primero de BUP. Era (y es, porque la veo en el autobús aunque no me atreva a saludarla) una mujer pequeña, con el pelo corto y cierta carita de mala leche. Imagino que se habrá jubilado, pero si no lo ha hecho, estaría por jurar que sigue teniendo a los alumnos tiesos como velas. Además de profesora, era la tutora del curso, y mi madre estaba acostumbrada a ir cada año a hablar con los profesores. No por nada en especial, mi madre es de las que iban para lo bueno y para lo malo. Y ese año por primera vez había malo, porque excepto la Educación física (Yo siempre he sido poco flexible y me avergonzaba y aterrorizaba a partes iguales hacer volteretas), yo nunca había suspendido nada, hasta que llegué al instituto. ¿El problema? Que junto a los dos suspensos (matemáticas y Ciencias naturales) se encontraba la misma puñetera notita que me perseguía desde la EGB: “Puede hacer más de lo que hace”. Así que allí se presentó mi señora madre, que no sé qué más pensaría que le iban a decir…

Pues sí, le dijeron algo más. Carmen Jiménez le dijo que su hija era como una bombilla.
A lo largo de mi vida me han llamado muchas cosas. Los niños se metían con mi nariz, y allá por séptimo me empezaron a llamar “cañoncitos”, seguro que no tengo que explicar por qué. Doña Gloria me llamaba vaga, y en mi casa, Silveria. Pero nadie nunca me había comparado con un objeto lumínico. Había un porqué, claro. Según Carmen Jiménez, yo podía alumbrar muy fuerte, y dar destellos importantes, pero al momento me fundía y me apagaba. A mi madre le impresionó la explicación, y la ha contado innumerables veces, para regocijo del personal. Para mí era una forma un poco más refinada de llamarme vaga, pero reconozco que siempre me ha hecho cierta gracia.

Esta semana, en mi casa, las bombillas hemos estado en crisis. La de la lámpara naranja de la entrada, la que ilumina el poster de Moulin Rouge, es la que más se parece a mí. Lleva años dando una espléndida luz al recibidor, pero parece no tener buena conexión y se apaga cuando menos te lo esperas, para no volver a encenderse en días, hasta que de pronto una noche te olvidas y al abrir la puerta de casa, pulsas el interruptor y ahí está, iluminando las bienvenidas de una Salsa ansiosa porque la hagan caso.

El miércoles, al encender la luz del salón, cayeron dos de las tres bombillas, y el sábado lo hizo la que ilumina mi dormitorio, ahora sólo acompañado de la leve luz azul de la lamparita de noche. El baño hace tiempo que tiene una buena y una que alumbra, pero que es demasiado grande para el espejo, en mi despachito uno de los dos focos se ha puesto de acuerdo con la bombilla de la entrada y sólo se enciende cuando quiere, y en la cocina uno de los halógenos hace meses que dejó de alumbrar la pila. Quizá por eso hace unos días rompí de un tirón dos copas de cava apenas estrenadas. Quizá se me hayan roto más cosas por falta de luz y yo no me he enterado.

El lunes compré unas cuantas bombillas. Mi dormitorio tiene luz otra vez, y también el salón. Las bombillas del baño siguen siendo cada una de su padre y de su madre, porque me equivoqué con la compra y el casquillo era más grande. El halógeno no me atreví a comprarlo porque ni siquiera sé como se cambia, así que la vajilla seguirá cayendo, me temo.

Yo creo que también estos días he estado más bombilla que nunca. Pero como las bombillas de mi casa, muy loca. O más bien será que ando que no tengo luces. Ni para explicarme, ni para proponer, ni para callarme, ni para entender. Igual ando fundida y necesito que me cambien, o igual es que no tengo buena conexión, y por eso voy a tirones. Cuando consiga el casquillo adecuado o una lámpara bonita, quiero ser de esas bombillas transparentes de toda la vida. Ni softone ni fluorescentes, que son tristes. ¡Como poco de 100 watios, para deslumbrar al personal!