20.7.06

Rufus Wainwright y los seis grados de separación

Me quedaba pendiente comentar el concierto de Rufus Wainwright en el pasado Summercase. Hace tiempo que llevo intentando escribir un post sobre este cantante que, como suelo decirle a la gente, “Una vez que lo escuchas, te cambia la vida”. Algunos, como El Paseante, tras escucharle entienden lo que quiero decir. Otros me miran con la cara con la que miras a alguien que piensas que está loco, pero acabas por acostumbrarte. Rufus Wainwright arrolla. Su música se mete en los oídos como algo más que meros sonidos, es un puro torrente de emociones y de perfección tanto en la composición como en la ejecución, y además da igual que escuches su disco de estudio, con temas aderezados por completas secciones de viento, que sus actuaciones de este verano, acompañado sólo de su voz y un piano, o de su voz y una guitarra. El concierto fue breve, como lo será el del próximo sábado en Benicàssim, es lo que tienen los festivales, pero yo disfruté muchísimo, sobre todo porque la escasez de medios no le permite interpretar ciertas canciones y recurrió a temas de su primer disco, algo que se agradece, sobre todo si nunca los habías escuchado en directo. Estuvo como siempre, divertido y locuaz, aunque casi toda esa locuacidad se dirigiera a la forma en la que el ruido del concierto “grande”, se colaba en la carpa donde él actuaba.

Pero bueno, vamos a lo que vamos, que el post al final no es una crítica musical. Existe una teoría desde hace muchos años, y desarrollada por varios frentes, que viene a decir que cualquiera de nosotros está unido a cualquier persona de este planeta en un máximo de seis personas (familiares o conocidos) que lo conectan. Siempre me ha encantado esta teoría, que además se hizo muy famosa gracias a una obra de teatro y una posterior película, en la que Will Smith se lucía en un tremendo papelón de malo. Pero aún más por el conocidísimo juego de Kevin Bacon. Unos alumnos de una universidad de Virginia crearon un programa que, conectado a la IMDB, conseguía juntar a Kevin Bacon prácticamente con medio mundo, y no sólo del espectáculo. El mismísimo Francisco Franco logra un número de tres. La página, para quien no la conozca, http://www.cs.virginia.edu/oracle/ Cuidado, es muy adictiva.

Hace cosa de un año descubrí, emocionada, que había conseguido establecer unos grados de separación entre yo misma y Rufus Wainwright. La cosa iba de esta manera:

1. Rufus Wainwright tiene como batería en algunos temas de su disco “Want One” a Sterling Campbell.
2. Sterling Campbell fue novio de Marta Sánchez.
3. Marta Sánchez tiene una prima.
4. Su prima se casó con un primo mío.
5. Y ahí estoy yo.

Yo estaba taaan contenta con mi conexión que se la iba contando a todo el mundo. Tanto la conté, que al cabo de unos meses, hablando hablando, un compañero me “regaló” una nueva conexión, algo más corta.

1. Rufus Wainwright tuvo un “affair” con un chico norteamericano.
2. Este chico norteamericano es ahora el novio de mi compañero.
3. Y ahí llego yo.

Hacía tiempo que tenía olvidados los seis grados de separación a favor de los seis meses que quedaban para las, luego las seis semanas, los seis días, y ya casi las seis horas, cuando hace un rato suena el teléfono. Mi amigo (y jefe) Mariano, me dice que tengo una nueva conexión con Rufus, y pasa a relatarme que el viernes, tras su actuación en el Summercase, Rufus Wainwright charla con gente que ha pasado al backstage. De pronto se queda prendado de la camiseta de un amigo de Mariano. La camiseta tiene un dibujo de River Phoenix, y es uno de los hits de “Gómez”, novio de Mariano y diseñador emergente, alabado por los medios, tal y como se recoge en este link de la revista semanal de tendencias “Yo, Dona” (¿una rebajita, Rubén?)
http://www.elmundo.es/yodonablogs/2006/04/26/shopping/1146043018.htm
Lo dicho. Rufus quiere la camiseta, pero no hay tiempo, porque al día siguiente toca en Barcelona. El fan, entregado, se la regala. Cuando eres fan y sabes que tu cantante preferido tiene una canción que se llama “Matinee idol” y que está dedicada a River Phoenix, entiendes que su autor quiera la famosa camiseta. De momento no he rebajado mucho los grados de separación, pero al menos tengo un cotilleo rufusero y quién sabe si algún día no nos veremos en la típica fiesta glamourosa de después de los desfiles, y podré entonces, aunque sea con una pobre foto, dejar en cero los grados (ni frío ni calor) … y las separaciones.

17.7.06

Summercase

Music kills me. Este es el título de un disco de Rinôçérôse, pero además es lo que acabará pasando conmigo si no me calmo. Ya me lo ha dicho hoy mi madre, en uno de sus comentarios antológicos que algún día recopilaré en un libro: “Hija, estás que parece que tienes la edad del pavo”. Menos mal que voy aprendiendo a no hacer caso de las cosas que me dice mi madre, al menos no a las que van envenenadas, como esos dardos que algunas tribus metían en las cerbatanas y lanzaban con la boca, como ella.

Bueno, que me lío. ¿A qué venía esto de que la música me mata? Sí, efectivamente, a la agenda de conciertos. Este fin de semana ha sido el summercase, con buen resultado a todos los niveles, incluido mi maltratado cuerpo. Dos días de conciertos en los que he disfrutado como una quinceañera el primer día que le dejan volver tarde (igual viene por eso lo de la edad del pavo materna). Diferentes estilos, diferentes épocas, todo lo visto me ha gustado.

El viernes llegué casi asustada, dudando de mi capacidad de aguante ante lo que se avecinaba. ¡¡27 conciertos diferentes en un solo día!! Menos mal que llevaba toda la semana elaborando un planning más minucioso que una figura hecha de fichas de dominó. Lo cumplí casi al milímetro. Por mis ojos, mis orejas, mis pies y mi dolorida espalda (no está el cuerpo para tanta juerga) pasaron “The concretes”, uno de estos grupos suecos buenrolleros, a los que da gusto ver, y que dan el aspecto de gente sana y moderna, que saben inglés desde niños y que se estrenaron antes de la media española. “The dandy Warhols”, casi de forma testimonial, porque solo llegué a ver un par de canciones. “The divine comedy” y Rufus Wainwright, que merecen post aparte. “New order”, que son la fuerza de los supervivientes, y que te transportan a épocas donde la música para bailar era tremendamente buena y además le gustaba a todo el mundo. “Primal scream” y “Keane”, que tienen mejor directo que estudio, y de los que sigo pensando que tienen dinero suficiente para contratar un guitarra y no hacer la cutrería de pregrabar sonidos estúpidos. Acabé la noche con “Razorlight”, un grupo muy majete, muy cañero, y con un cantante que se parece a Leiff Garrett en sus buenos tiempos, pantalón blanco ajustado incluido.

El sábado fue tan bueno o mejor. Se intuía cansancio, así que todos llegamos un poquito más tarde, y además ya no veníamos del trabajo, así que se notaba a la gente recién duchada, vestida para la ocasión, ahora que todos habíamos sufrido las piedrecitas del suelo, y bien avituallados con la botellita de agua, porque se dice pronto, pero una servidora pasó entre sábado y domingo unas 18 horas y jamás visitó los aseos, tal era el grado de deshidratación.

De nuevo el encaje de bolillos para llegar a todos los conciertos y, además, pillar buenos sitios. Esta vez disfruté de “Dirty pretty things”, la mitad de los extintos libertines, que están bien, son frescos y además tuvieron público del ramo, uno de los guitarras de Belle and Sebastián, que estaba muy cerca de donde me encontraba, y que me llamó la atención porque iba todo trajeado, con la que estaba cayendo. Después llegó Adam Green, en un estado ciertamente lamentable, aunque hizo que el concierto se convirtiera en una fiesta. Belle and Sebastián, unos temitas de super furry animals, y después el achicharre más absoluto en una carpa, mientras disfrutaba de Sigur Rós y el concierto del día, Máxïmo park. A pesar de conseguir la ansiada primera fila, que además de buena visibilidad permite agarrase a la valla y descansar, era demasiada juerga para luego aguantar la marabunta y el jaleo de Fatboy slim, así que a las 03.30 emprendimos el camino de vuelta.

Al final, balance más que positivo. Tuve tiempo de ver casi todo lo que me interesaba, aunque eso significara no cenar el primer día y comerme un bocadillo rápido el segundo. De mandar tantos mensajes de móvil que seguramente en Movistar estarán pensando en convertirme en cliente del mes. Unos de logística, otros de crónica festivalera que se cruzaban con los que llegaban de otros asistentes del summercase barcelonés o del Bilbao Live festival, y alguno para dar envidia cochina, escritos con tan mala uva que sus destinatarios me han deseado una eternidad en el infierno. También saqué un momento para felicitar a un catalán que cumplía años (no demasiados, por más que él sea un coqueto y lleve meses mirándose cada día las patas de gallo y contando las canas que ya empieza a peinar) y que trataba de disimular su envidia por no poder ver a Rufus, contraatacando vía mensaje.

Ojalá haya un Summercase 2007, y ojalá haya un poco de mejor trato en los medios informativos, porque todos se acreditan, (cuánto le cuesta pagar entradas a los periodistas, qué santo morro tienen) pero pocos informan. Mención para EFE, que dice en El País y ABC: “A primera hora de la noche, el directo de un caótico Adam Green apenas sedujo a un centenar de asistentes, aunque el cantante repitió la jugada del día anterior en Barcelona e invitó a cantar a dos de sus admiradoras la última de sus canciones, dedicada a Nat King Cole”. Lo primero, “caótico” no es un sinónimo de “borracho”, y además, según mis informadores en Barcelona, no hubo ninguna invitación a chicas, aunque sí en Madrid, y finalmente no cantó la canción dedicada a Nat King Cole, sino “Dance with me”. En La Vanguardia, y también según EFE, cuentan que Rufus Wainwright invitó a su hermana Martha al escenario, aunque fuera otra hermana, Lucy. Tampoco los de El Mundo se han matado. Firma un tal H. Llanos y EFE, que hace una crónica que podría haber escrito cualquiera sin estar allí, que digo yo, que para copiar la crónica de EFE, que no acrediten a nadie.

Dos días llenos de música, de una interesante colección de ejemplares modernos sacados de las páginas del Vanidad, de mucho popero apetecible y del gustazo de disfrutar del talento ajeno. De recuerdo, muchas fotos, la funda de la cámara y una tarjeta de memoria perdidas y la pulserita identificativa que me pienso dejar hasta el próximo festival, o sea, el viernes que viene. ¡Dios mío, music no sólo kills me, is gonna kill me!

13.7.06

Happy Hour

Los libros de autoayuda te enseñan a dejar de fumar, a combatir la depresión, a intentar ser feliz. Pero ser feliz tiene un problema, que cada vez es más difícil superar esos momentos, y cuando eso ocurre… ¿Hay libros de autoayuda que digan cómo se cura la felicidad?

La felicidad es algo extraño, que llega y se va con extremada facilidad. En mi caso, me va rondando. A veces se queda más tiempo, a veces tarda más en volver. No me quejo, soy razonablemente feliz.

De hecho, lo mejor de la felicidad no es tenerla, sino darte cuenta de cuándo eres feliz. Eso me pasó el sábado uno de Julio, mientras un sol ya suave me daba en la espalda y yo disfrutaba del último novelón de Tom Wolfe. Mi padre dormitaba en la hamaca y mi madre hacía una de sus mil labores inacabadas porque, por más que se enfade, su vista no es la de antes. Alrededor, revoloteaban mil y un insectos, intentando aprovechar los jugos de las flores que mi madre exhibe en su “corral”, y los gatos se movían por el muro de forma sinuosa, en parte porque los gatos andan con esa elegancia, en parte por no despertar a mi padre, que gusta de espantarles con la “cacha” porque sostiene que van a hacer sus necesidades donde él planta su huerto. La verdad, les tiene tan fastidiados, que en casa empezamos a sospechar que efectivamente lo hacen, pero ya por pura sed de venganza.

Julio está siendo un mes de sábados felices. El pasado saboreé de nuevo esa sensación de respirar hondo sin dificultades, de mantener todo el día la mirada limpia, de pensar que todo va a ir bien y de que la vida es más o menos sencilla. Fue en medio de una comida veraniega al lado de un árbol de troncos fuertes, y después muerta de calor y sufriendo unos tacones asesinos, mientras trataba de divisar al viejo Bob Dylan desde mi escasa atalaya de 159 centímetros, siempre (bien) rodeada de gente que vende muy cara su compañía. Tanto, que apenas podemos vernos un par de veces al año. No es el caso de todos, porque hay mucho madrileño con el que quedar para ir al cine, a un concierto o jugar al “Yo nunca…”, pero sí de algunos, a los que hay que ir engañando con festivales de cine, conciertos de Rufus Wainwright o actuaciones de la Terremoto de Alcorcón si quieres verles más de cerca que en la ventanita del mssenger.

Los tres (sábados) que quedan prometen volver a ser buenos. El 15 porque estaré en pleno Summercase y veré por fin a Maxïmo Park, aunque esté muerta de cansancio y pensando, como cada día desde que llegó este mes, por qué demonios me he metido en este berenjenal de conciertos. El 24 porque disfrutaré por cuarta vez en menos de un año de Rufus Wainwright, porque me habrá dado un poco el sol, porque me habré bañado al fin en el mar, y porque ya quedará menos para poderme hacer una camiseta que diga: “yo sobreviví al summercase y al F.I.B con más de 30 años y sin drogas”. Y el último, si estoy viva, porque estaré, tras casi dos años, de vacaciones.

Generalmente se dice que no hace falta mucho para ser feliz, y que el dinero no da la felicidad. Ninguna de las dos cosas son ciertas. Yo fui feliz el sábado sólo por la compañía, pero, aunque pueda no parecerlo, es muy difícil coincidir con un grupo de gente que sea interesante, guapa, divertida, gamberra y que además te haga sentir como una más a pesar de mis temores, casi constantes, de no estar “a la altura”. También espero seguir en esta espiral de júbilo el mes que viene, cuando gracias a un sueldo decente y a cierto ahorro, me suba en un avión rumbo a NY, desmintiendo así el triste consuelo de los pobres.

Pero un post tan “happy” necesita eso, un final feliz, y al fin, tras muchos meses, tengo uno: Si he aprendido a ser infeliz, y hasta le he encontrado el punto, seguramente me resulte más fácil instalarme en el otro lado, por salvaje y agotador que este sea.

29.5.06

"Venid y vamos todos…

… con flores a María, con flores a María, que madre nuestra es. De nuevo aquí nos tienes, purísima doncella, más que la luna bella, postrados a tus pies". Ese es mi principal recuerdo del mes de Mayo. La cantábamos las niñas en clase, dirigidas por Doña Gloria, mi profesora desde el segundo curso de “parvulitos”, hasta quinto de EGB. Yo siempre he ido a colegios públicos, pero no dejaba de ser el final de los 70, principios de los 80, así que las niñas y los niños estábamos separados hasta quinto, y mayo era el mes de María. No sé por qué, ahora que mayo está a punto de acabarse me he acordado de esa veneración mariana. Algunas niñas de mi clase llevaban rosas que sus madres les daban recién cortadas del jardín, envuelto el tallo en el mismo papel de plata que el bocadillo o el bollo del recreo. Eran unas rosas feas, de pétalo bastante corto, y gordas, y además se estropeaban rápidamente, pero tenían un olor increíble, que nos acompañaba todo el día, incluso al día siguiente, cuando llegábamos y de las pobres rosas que Doña Gloria depositaba en un frasco de Nescafé, estaban con sus pétalos desparramados sobre la mesa. Mayo también es recuerdo de comuniones. La mía fue un 3 de mayo de 1981, o sea, hace 25 años. Imagino que entonces todavía tenía fé, porque yo desde luego no puedo decir que hiciera la comunión por el vestido o los regalos.

El vestido fue heredado de la hija de la lechera, una señora gallega muy alta para la época. El pobre tuvo que pasar por el tinte porque tenía manchas de carmín (qué cariñosas son las madres y las tías) Sin embargo, yo lo adoré siempre, a pesar de que mi hermano y mi cuñada se ofrecieron una y mil veces a comprar de su bolsillo (bastante escaso entonces) un vestido y una pamela (entonces había una cierta moda) a cambio de que este fuera corto. No sé si fue por no aceptar su trato, pero luego fui con mi cuñada a comprar los zapatos y no hubo manera de conseguir las merceditas tradicionales. Me compraron unos zapatos más modernos pero que siempre me hicieron un daño terrible. La comunión fue sencilla. Ceremonia en la que leí una de las cartas del apóstol San Pablo a los corintios y luego comida familiar (padres y hermanos) en un restaurante de la Casa de Campo, que todavía ahora es bastante conocido. De entonces conservo pocas cosas: las fotos de una niña con cara de buena, algún recordatorio, y el primer reloj que tuve, un Pulsar Quarz que me regaló mi hermano. El vestido volvió a su dueña, el misal era de atrezzo del fotógrafo, y quién sabe dónde fue a parar la fé de los 9 años. Ahora ya no voy con flores a María, pero además de la canción sigue en mi cerebro el olor de las rosas amarillas de los portales de mi niñez.

Nos pierde el barrio

Esta semana mi barrio ha sido noticia. Yo soy de Moratalaz, un barrio popular al sureste de Madrid. Allí empezaron a llegar a mediados de los cincuenta familias trabajadoras. El barrio empezó a crecer al mismo ritmo que las arcas de la constructora Urbis, en parte por el éxodo masivo de población rural, que llegaba a Madrid huyendo de la difícil vida del campo y buscando un trabajo que escaseaba en otros lugares. Ya por entonces la publicidad hacía su trabajo, y la radio pasaba unas cuñas que muchos todavía recuerdan, y que cantaban esta canción: “Mamita dile a papá que compre un piso en Moratalaz, que tiene parques, tiene colegios y tiene sitios para jugar”. Bueno, como siempre la publicidad era engañosa, porque según mi hermano José Luis, niño inquieto donde los hubiera (siempre en versión materna, claro) la mayor parte del barrio era un enorme barrizal, seguramente ideal para sus juegos, me temo. Tampoco lo de los colegios era verdad. Tardaron mucho tiempo en construir todas las aulas necesarias para que todos los niños del barrio tuvieran plaza. Especiales dificultades pasaron los pobrecitos hijos del “baby boom”, entre los que se encontraba mi hermana Mari Carmen (cosecha del 64), que fue inaugurando colegio, instituto, y ya de mayor, línea del metro hasta la universidad. La verdad es que los promotores se lucieron con el barrio. Construido deprisa y corriendo, según las necesidades del momento, lo distribuyeron en polígonos, cada uno de ellos con diferentes construcciones y calles. Lo cierto es que yo ahora disfruto de un silencio sepulcral que hace muy agradables las noches de verano con la ventana abierta, pero también es verdad que hacer medio barrio con calles ramificadas que acaban en fondo de saco es un poco dar por ídem.

Claro, que no sólo es la distribución de las calles, sino sus nombres. Quién sabe por qué, se les ocurrió la feliz idea de que las calles llevaran el nombre de “famosos” corregidores, una especie de alcalde de los tiempos de los Reyes Católicos. Así que los pobres habitantes de Moratalaz llevamos toda la vida luchando contra las cuadrículas de las solicitudes, impresos, etc, que a ver dónde colocas tú cosas como Corregidor Alonso de Tovar, Plaza del corregidor Conde Maceda y Taboada o Corregidor Juan Francisco de Luján. De tal modo que este barrio ha sido siempre la pesadilla de carteros, taxistas, repartidores varios e incluso bomberos (un día tuve que indicar, por teléfono, a un camión al que llevaba media hora escuchando con la sirena de un lado para otro, dando vueltas sin encontrar la entrada). Ahora Moratalaz es un barrio consolidado, de clase media (pero media, media, a juzgar por el precio de los pisos), y con una población a 1 de enero de 2005 de 107614, seguramente más que muchas provincias españolas. También cuenta con su cuota de famosos, claro. Vecinos del barrio han sido Sancho Gracia, Alejandro Sanz o mi debilidad, Elvira Lindo. Decía que el barrio ha sido noticia, porque se han producido unos cuantos “secuestros Express”, así que anda la gente alborotada, asustada y temerosa de que le pueda tocar. Entiendo que una experiencia de ese tipo puede ser francamente terrorífica, y puede que yo sea una inconsciente, pero las noticias no me han producido el más mínimo temblor, quizá porque yo no tengo garaje, y tampoco coche, y porque además vivo en la zona más antigua del barrio, en esas casas humildes de 65 m2 donde vivían sin dificultades familias de cinco, seis o más miembros, antes de que decidiéramos que 30 m2 no son suficientes para uno solo. O porque vivo en unas calles donde la mayoría de habitantes viven de su seguramente exigua pensión, y su única preocupación es ver si llegarán andando al Lidl, donde la leche está tres céntimos más barata que al lado de casa. Hace unos días llegaba del concierto de los Guns ´n´ Roses a las 03.00 de la mañana. Todo estaba silencioso, en una de estas maravillosas noches de verano con las que a veces nos regala Madrid, en las que no sientes frío en la piel, pero notas como una brisilla te levanta levemente el vello de los brazos. En aquel momento, mi única preocupación fue sortear las primeras cucarachas de la temporada, habitantes que no entran en el censo, pero que seguramente también se encuentran muy a gusto en mi barrio.

24.5.06

Don´t stop the music


Los últimos años de mi vida han consistido, hablando un poco exageradamente, en ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Desde hace unos meses, mi vida consiste en ir de casa al trabajo, del trabajo a un concierto, y del concierto a casa. Siempre he sido una loca de la música. Cuando era pequeña, era tremendamente cantarina. Mi madre cuenta que, con dos o tres años, me dirigía al lugar donde se sentaba mi abuela Manuela, colocaba la cabeza en su regazo, y esperaba que mi abuela me rascara la espalda, algo que aún hoy me parece uno de los mayores placeres físicos que existen. Allí, de pie, la escuchaba cantar, mientras ella movía sus manos de anciana nonagenaria en mi espalda de niña que aún no se había echado el peso de la vida encima.

En mi casa soy la única que tiene un grado de oído aceptable, y mi teoría es que las canciones de mi abuela afinaron mis orejas hasta hacerlas más útiles que ser unos meros cartílagos destinados a los pendientes. También es verdad que se ocuparon de apuntarme a guitarra y solfeo. Pero claro, estudiar solfeo a los siete años es bastante coñazo, así que mi formación musical no pasa de haberme examinado de primero y segundo de solfeo y de conocer los suficientes acordes como para tocar esas horribles versiones de Lennon o Dylan en las misas dominicales.

Siempre he cantado. He cambiado mucho de estilo, pero adoro cantar. Nunca conseguí que esa afición fuera del todo aceptada con mi madre, quizá porque cantaba hasta en las comidas. Mientras masticaba los alimentos, me acompañaba de un Mmmmmmm que reproducía cualquiera de las canciones que tuviera en ese momento en el cerebro. Mi madre atacaba: “El que come y canta, algún sentido le falta”. Mamá, ese refrán es terrible, así que déjame que hoy te contraataque sin refranero, pero con Peret: “¡Alegría! Si quéreis tener, cantar, alegría de vivir. Para disfrutar, cantar. ¡Canta y sé feliz!”

Cuando era más jovencita era más atrevida. Atacaba la canción protesta con la misma energía que la copla popular y, algo más tarde, el tango clásico y todo el repertorio de Serrat. Mi madre abrió más de un día la puerta de la habitación porque, atravesando las paredes y las ondas de su eterno transistor en el oído, le llegaban compases de los más famosos hits de Doña Concha. Me encantaba la Piquer, con esa voz tan recia, y ese sentimiento… ¡¡Lo que le gustaba llorar en todas las canciones!!

Con el tiempo me fui modernizando, y aparte de darme al pop español (de aquellos años los únicos que sigo escuchando con cierta asiduidad (aunque poca) son los secretos) , pasé, igual que en el cine, esa etapa intelectualoide que consiste en decir que te gusta el jazz. Bueno, al final me gustan un poco las grandes orquestas y Pat Metheny, pero eso no es que te guste el jazz, yo creo que afortunadamente.

A partir del 92 empecé a comprar CD´s, porque aunque parezca mentira, una melómana como yo vivía en una casa en la que nunca existió un tocadiscos, pick- up (léase picú) y casi ni un cassette decente. Tampoco en el 92 tenía un reproductor de cd, pero sí algo de dinero para almacenar álbumes en ese formato revolucionario y carísimo para la época. Mi primer cd fue un recopilatorio de canciones de los musicales de la MGM. Nunca he hecho mejor compra musical. Lo debí escuchar miles de veces; Singin´in the rain, ´S marvellous, Ol´ man river, Get happy… Todos esos temas son verdaderas joyas, y es una pena irse de este mundo sin escucharlos, porque no sé muy bien explicar qué tienen y cómo lo consiguen, pero cada uno de ellos alcanza al 100% el objetivo para el que fue escrito: que lo bailes, que te rías, que quieras sentirte enamorado…

What a day this has been! What a rare mood I'm in!
Why, it's almost like being in love!
There's a smile on my face for the whole human race!
Why, it's almost like being in love!
All the music of life seems to be like a bell that is ringing for me!
And from the way that I feel when that bell starts to peal,
I could swear I was falling, I would swear I was falling,
It's almost like being in love.

… así se siente Gene Nelly, uno de mis amores infantiles (¡por favor, qué señor tan guapo!), cuando se enamora de Fiona en Brigadoon, y así te hace sentir, estés enamorado o no.

Otra de mis favoritas es Make´em laugh. Para alguien que se dedica a escribir guiones, esta canción debería estar grabada a fuego en la mente, a ver si espabilo. Ningún Robert McKee podrá jamás ser más sabio que este trozo de la canción que cantaba Donald O´Connor:

Make 'em laughMake 'em laugh
Don't you know everyone wants to laugh?(Ha ha!)
My dad said "Be an actor, my sonBut be a comical one
They'll be standing in linesFor those old honky tonk monkeyshines"
Now you could study Shakespeare and be quite elite
And you can charm the critics and have nothin' to eat
Just slip on a banana peel The world's at your feet
Make 'em laugh Make 'em laugh Make 'em laugh

Han pasado muchos grupos y músicos por mi vida: Sting (¿Cuántas veces pude escuchar The dream of the blue turtles?), R.E.M, a los que escuché mucho en mis primeros años de facultad… hasta llegar a Rufus Wainwright. Todos los demás no los voy a nombrar, porque los que me conocen ya lo saben, y los que no, no creo tampoco que estén interesados.

Bueno, todo esto para contar que ahora voy mucho a conciertos. Claro que, este post me ha quedado tan insufriblemente largo que las crónicas concierteras del último mes se van a tener que quedar para el próximo. Mea culpa!

16.5.06

Doña perfecta

Es cierto que apenas escribo. Voy actualizando de mes en mes, como el que paga una letra, quitándome el remordimiento de encima, pensando que he cumplido. No sé por qué. Este blog no me ha dado más que satisfacciones, en forma de amigos que me hacen sentir apreciada, o como una manera de introspección a veces, o de manifestación otras.

Pero me está costando. Por alguna razón que desconozco, mi mente es cada vez más reacia a ordenar pensamientos. Y no sólo no me permite actualizar el blog, me impide pensar con claridad, y me impide concentrarme en el trabajo. Es una sensación extraña; por una parte siento que quiero contar muchas cosas, y por otra soy incapaz de pararme y procesarlas. Es un camino extraño, porque al final me siento paralizada en general. Pero no es algo nuevo. En el fondo siempre he sido como soy ahora, sólo que todo lo que siempre he sido se ha ido acrecentando con los años. Vale, es probable que ahora sea más graciosa que antes, pero también soy más asustadiza, más desconfiada, más temerosa. Lo malo es que sigo conservando ese carácter impulsivo, ese discurso vehemente, y entonces mis dos lados se encuentran y supongo que se enzarzan en una extraña lucha que, obviamente, no lleva a nada más que a un constante mareo de pensamientos que asaltan mi cabeza.

A veces he llegado a sentir físicamente ese extraño ir y venir de sentimientos y pareceres, y creo que a veces los noto chocar entre ellos, como pequeñas corrientes. “Soy muy mala trabajando”, “En casi siete años no me ha faltado trabajo”, “Nunca se me ocurre nada brillante”, “Por qué lo intento otra vez, no lo voy a lograr nunca”, “Si lo hubiera hecho antes…”, “Por qué no dejo de llorar y cambio?”, “¿Para qué me molesto…?”

No sé muy bien qué me pasa, pero intuyo que mi mente procesa cada paso de mi vida como una obligación, como si el placer hubiera desaparecido de ella. Si trabajo todo tiene que estar bien pensado, si voy a un concierto tengo que saberme las letras de las canciones, si visito una exposición debo conocer la vida y obras del artista, si tengo un amigo, mi amistad tiene que ser la mejor. Por alguna razón me he impedido ser persona, me he impedido equivocarme, meter la pata, desconocer cosas… y eso está bien si eres perfecto, pero por desgracia, y dado este perfeccionismo que parece haberse instalado en mi alma, soy la mejor en algo: en ser la peor.

11.4.06

¡Soy muy rara!

Pero que muy rara, sí. Lo mismo un día me muero de vergüenza por cualquier cosa, me siento fatal pensando que caigo mal a la gente o cualquiera de mis recurrentes neuras que los que me conocen ya conocen, que de repente me pongo expansiva y me decido a mostrarlo todo.

Como no tengo bastante con este blog, en el que cuento (casi) todo de mí, porque siempre hay que guardarse algún secretillo (eso o no cometer el error de darle la dirección la familia (cof, cof)), ahora me ha dado por abrir un fotolog, que es lo mismo, pero con fotos y menos texto, algo que la mayoría seguro agradecerá. Por si a alguien le interesa:

http://www.fotolog.com/lalita1972/

Que nadie espere fotos guarras, documentos gráficos al estilo Robert Capa o arte en plan Man Ray, porque una no da para más que lo que le pueda ofrecer una modesta Olympus de 5.0 megapíxels sin haberse leído las instrucciones.

10.4.06

Vacaciones

“You can turn this world around
And bring back all of those happy days
Put your troubles downIt's time to celebrate
Let love shineAnd we will find
A way to come together
And make things better
We need a holiday”

Madonna – Holiday

Las vacaciones se han convertido en los días más deseados del año. Más que el día de Reyes, más que la fiesta de Navidad, más que el propio día de tu cumpleaños. El verdadero regalo de la vida es el tiempo libre. Soy una defensora a ultranza del dolce far niente, de vegetar en el sillón, de mirar por la ventana sin pensar en nada. De subirte en el autobús dos horas sólo para ver las calles o para leer tranquilamente un libro. Así que siempre espero con impaciencia ese puente, ese día libre que te deben, ese santo mes de vacaciones, un verdadero premio, algo que debería estar reflejado en la Declaración Universal de derechos humanos.

Por eso cuando me enteré de que iba a tener la Semana Santa entera no podía creérmelo. Después de casi dos años sin vacaciones, tener más de tres días seguidos me parece algo así como morirme e ir al cielo. O bueno, sin ser tan luctuosa, como que me toque la primitiva y lo mande todo a tomar por culo.

He barajado mil posibilidades. Liarme la manta a la cabeza y largarme a NY sola, pagando a plazos el viajecito, claro está. Caminar en solitario por Manhattan, enamorarme de la ciudad y quedarme a vivir allí, donde seguro que acabaría por conseguir el sueño americano y de paso un apartamento de esos que salen en las películas. Irme a Londres sola, que hiciera buen tiempo y descubrir que es allí donde de verdad quiero vivir, en la capital mundial del “moderno”, en la ciudad de los actores. Volver a París, caminar sola por sus calles, respirar la nueva revolución, pedir perdón por haberme equivocado al tratarla siempre de ciudad de cartón-piedra y quedarme allí a vivir. Regresar a Viena, comprobar de nuevo que, pese a las apariencias es una ciudad muy viva, acordarme de _Antes de amanecer_ y empezar a vivir allí. Y así con casi toda Europa. Pero siempre sola.

Al final, me ha podido el miedo. No me gusta estar sola, y menos viajando. No me imagino pasar cinco días hablando sólo con camareros o dependientes de tiendas. Por eso me voy al pueblo de mis padres.

Es un pequeño pueblo de León, muy cerca de Asturias, dentro de un valle y rodeado de montañas de piedra caliza. Cuando llegas allí la vida te cambia. No hay semáforos, no hay torres de pisos, no hay grandes almacenes del triángulo verde, no hay cines, teatros, discotecas, tiendas, Internet (bueno, porque allí no tengo ordenador, claro). Por no haber, no hay casi cobertura. Te bajas del coche y se obra el milagro: De pronto las fosas nasales se abren y te invade un frenesí de olores: humedad, leña quemada, estiércol… El cuerpo responde abriendo los pulmones, y exhalando uno de esos suspiros que relajan como una hora de masaje. Puede parecer mentira, pero juraría que allí el corazón me va más despacio, igual que el tiempo.

Nunca he encontrado allí mis raíces, porque al fin y al cabo no nací allí ni he vivido en el pueblo más de 30 días seguidos, pero puede que si haya una pequeña raíz del árbol de la vida. De mivida. Y aún mejor que yo lo explica Rufus Wainwirght:

You travel the world and you find all the answers
(recorres el mundo y hallas todas las respuestas)
Everything operates on the unattainables
(todo se mueve dentro de lo inalcanzable)
And then you hear your mother laugh attached to the phone
(Y entonces escuchas a tu madre reírse al teléfono)
Could have walked around the block 'cause all roads lead to home
(“podrías haber dado la vuelta a la esquina, porque todos los caminos llevan a casa”)
No creo que sea un buen lugar para vivir (no para mí), pero por unos días es bueno saber que aún hay lugares donde sentarse tranquilamente a ver abrirse el cogollo de una lechuga, moverse las hojas de los chopos a la orilla del río, trepar las ovejas para llegar al prado con mejor pasto. En fin, donde sentarse a ver pasar la vida.

7.4.06

Guardar luto

Vuelvo a esto del blog después de más de un mes sin decir nada. En parte porque supongo que no tenía nada interesante que decir, y en parte porque cuando lo he tenido lo que no tenía era tiempo.

Marzo ha sido un mes raro. Un mes de trabajo intenso, tanto laboral como personal. No sé si el resultado ha sido bueno, pero al menos en el aspecto personal era necesario.

Muchas veces parece que la vida es muy complicada, y otras tantas todo se ve muy claro. Y estas sensaciones oscilan a veces en lapsos de tiempo muy breves. No sé cuánto he tardado, pero al final me he dado cuenta de que, de una forma u otra, me estaba haciendo la vida muy difícil.

No es que no lo supiera, pero sí es cierto que probablemente en el último año me he hecho la tonta a propósito de muchas cosas. En parte porque hacía daño pensarlas, y en parte porque a veces es más cómodo tirar hacia delante que pararte a llorar un poco. Como las mujeres mayores, me he puesto ahora de luto, un luto que pienso guardar hasta que se pase la pena, para volver cuanto antes al color.


2.3.06

La gripe aviar-gatuna

En Alemania se ha registrado un primer caso de gripe aviar en un gato, aunque al parecer ya se habían dado más casos en Asia. Tiene una explicación muy sencilla, y es la afición de los felinos a cazar pájaros.

Ahora se ha extendido la alarma y ya han pedido a los dueños de gatos que estén cercanos a la zona afectada que no dejen salir a los animalitos, y andan medio acojonaos de que los gatos puedan contagiar el virus a los humanos.

Yo, como dueña de gata, me preocupo de que tenga todo lo mejor. Un lugar donde hacer sus necesidades, un lugar donde dormir (ella habitualmente duerme a los pies de mi cama, pero cuando digo a los pies me refiero literalmente a los míos. La tía planta el culazo sobre mis tobillos y ahí se queda, hecha una bolita, toda la noche), comida (no demasiada, que está pasada de peso, como yo), agua, juguetes (aunque lo que más le gusta es un trozo de lazo viejo, es capaz de pasarse horas persiguiéndolo), y mi mano derecha para que me la destroce a arañazos y mordiscos.

El caso es que ayer, por motivos laborales, llegué a casa a las 04.00 de la madrugada (personal best, he batido mi mejor marca). Estaba rendida, pero como quiero a mi gata, me puse a jugar con ella un buen rato. Nos perseguimos, nos escondimos (le encanta jugar al escondite), me mordió, me enganchó toda la ropa y al fin cenó, que la pobre debía estar ya canina (¿por qué no se dice felina?). Volvimos a jugar un rato y yo me fui a la cama.

Antes de dormirme, o sea, durante un minuto, más o menos, la escuché como mordisquear algo. Estuve pensando en levantarme y pegarle una voz, pero estaba cansada, y pensé que había vuelto a tirar una caja con un poco de pan tostado y que había conseguido la única rebanadita que quedaba.

Esta mañana me he levantado y ella ha venido corriendo a recordarme que quería comer. La verdad, no entiendo la obsesión que tiene esta gata con la comida. El caso es que al entrar en la cocina, he visto que, como pensaba, había tirado la cajita del pan tostado, un paquete de café y un paño de cocina. Tras recoger el paño del suelo y mirarlo, me he dado cuenta de que o bien mi gata es imbécil o es rematadamente lista y tiene contacto con la OMS (Organización Mundial de la salud) gatuna, que le ha dicho cuál es la perfecta alimentación para evitar la gripe aviar: la felpa.

Sí, todo ese cacho (de pequeña no me dejaban utilizar esa palabra en el colegio, y había que decir trozo. ¡Pero si era mucho mejor “¿me das un cacho de palmera?” que la cursilada de “¿Me das un trozo de palmera?”) de felpa se ha “jamao” la tía. La verdad, me he quedado en medio de la cocina, mirando a Salsa (que estaba sobre el poyo esperando su ración) a través del agujero, y pensando si debía tirarla por la ventana o llorar mi maravilloso paño, el más caro que tenía.

Al final he optado por darle su ración y meterme en la ducha, mientras pensaba si de veras podía haberse comido eso, si estaría por ahí el trozo, si es tan limpia que prefiere limpiarse por dentro con un trapo que con un BIO (aka Activia) o sus habituales trozos de planta de mi cocina, y si, de ser así, acabará metiéndose un lingotazo de Fairy para quitarse las grasas.

Por suerte, cuando he vuelto esta tarde a casa, corriendo para ver cómo estaba, me ha recibido como siempre, con maullidos desde antes de llegar la llave, con tres segundos (no más) de caricia de bienvenida, y dirigiéndose a la cocina para obtener su ración. ¡Ah! También había un trozo de felpa, pelos varios y restos de pienso hechos una perfecta bola en medio del salón. Yo creo que a Salsa no le preocupa la gripe aviar, ella es partidaria de "El Espatero", aquel torero que dijo “Más cornás da el hambre”.

27.2.06

En lo más crudo del crudo invierno

El sábado me fui a la cama a las 03.00 de la mañana, tras pasar casi media hora mirando atontada la nieve que en forma de tormenta caía sobre un Madrid frío, pero cada vez más seco. Es curioso que la nieve sea tan blanca, y el cielo que la despide tenga una tonalidad casi rojiza, como si estuviera en llamas.

Mis padres siempre lo decían alguna noche de invierno cuando el cielo se veía anaranjado, “ese cielo está de nieve”, y al día siguiente ahí estaba, un mantillo blanco que enseguida se ponía negruzco y se convertía en agüilla. Recuerdo, gracias a las fotos, un día en que mi amiga Mari Carmen y yo pudimos disfrutar de esa breve nieve con que cada año nos obsequiaba un Madrid mucho más frío que el de ahora, pero igual de racano para las nevadas que el de ahora.

No eran fáciles los inviernos entonces. La ropa no estaba tan preparada, y no todos teníamos calefacción central. En mi casa, el suelo era de terrazo, frío como un demonio. Unas baldosas de un blanco amarillento cuyas líneas mi madre perfilaba con el Baldosinín para mantenerlas blancas. Tampoco había ventanas de Climalit, y algunas veces hacía tanto frío fuera que los cristales “sudaban” y el agua resbalaba por el papel pintado de las paredes. Sólo teníamos una estufa de gas ciudad con dos fuegos, de esas que hacían un ruido horroroso y que si acercabas el pie te quemaban. Me acuerdo de una vez que vino mi tía Dionisia, que vivía en Cartagena y ya no estaba acostumbrada a los fríos leoneses de su infancia y juventud, y que puso ingenuamente el pie cerca del fuego. Bastaron segundos para que el nylon se deshiciese y se le quedara un precioso agujero en la planta del pie. La estufa se ponía a las seis o las siete de la tarde, y antes de irnos a la cama se apagaba, así que cuando te levantabas por la mañana, la casa volvía a estar helada.

Cuando me he despertado, más o menos a las 09.30, he visto un cielo claro, acompañado de un sol radiante, pero al mirar por la ventana de mi casa, ahora sí, de Climalit, me he encontrado el mismo suelo que hace unos 25 ó 26 años, con una capilla de nieve ya negruzca, medio aguada.

Pero no ha sido la única nieve que he visto. A media mañana me he ído con mis sobrinas a El Boalo, donde estaba el resto de la familia, para celebrar el cumpleaños de mi madre. Por la carretera he disfrutado de montañas nevadas, arcenes repletos de nieve apartada por las máquinas y árboles que soportaban el peso de la nieve en sus ramas. Cuando hemos llegado, mis sobrinos los pequeños volvían de un paseo salvaje, arreándose bolazos y empapándose la ropa. Yo me he puesto las botas de montaña después de al menos siete años (casi los que he pasado en las Canarias), y me he enzarzado en la lucha.

Les he machacado a bolazos, alguno en las gafas me ha caído (y también las gafas, que Iván o me las aprieta hasta oprimirme las meninges o me las deja sueltas), nos hemos congelado las manos y ha habido vendettas varias (desde luego Raúl (en la foto con un arma mortífera) y Laurita han comido más nieve que otra cosa) hasta que mi hermana ha puesto orden y se nos ha acabado el cachondeo.

De vuelta a Madrid, en el coche del novio de mi sobrina mayor, me he quedado dormida como si yo fuera la niña de cinco años. Me he despertado cuando llegábamos casi a mi portal. Cansada y con el bolso empapado aún de la nieve, me he cambiado de ropa como los niños y me he quedado mirando la ventana, esperando a que cayera de nuevo la nieve para ver los tejados blancos.

23.2.06

La noche de los transistores…

… fue para mí una noche más. El 23 de febrero de 1981 yo era una niña de 8 años que dormía con su hermana en la habitación compartida. Cada día, irse a dormir suponía una especie de revolución en esa habitación tan bien aprovechada. Para abrir las dos camas plegables, teníamos que mover la mesa camilla y aquellos dos butacones azules, (¿te acuerdas, Mari Carmen?) y trasladar la silla pequeñita con el muñeco ese que mi hermana había mordido de pequeña y aquella especie de costurero con patas que yo llenaba de tebeos y libros y que tenía que coger con los dos brazos mientras sujetaba la pila de papeles con la barbilla (muy pocas veces lograba el traslado sin que se cayera todo y tuviera que recomponer la torre en su precario equilibrio). Aquel desorden infantil ya me causaba con mi madre los mismos problemas que me causó hasta que me fui de casa, e incluso ahora, porque tengo que reconocer que parece que no me he ido. Mientras yo descansaba de un día raro y agitado, seguramente mi madre pasaba la coche con la oreja en el transistor (así le siguen llamando mis padres a la radio) , sufriendo y pensando qué clase de vida nos esperaría al día siguiente.

Mis recuerdos del 23-f son muy pocos. Imagino que fui al colegio y di mis clases con la Señorita Gloria. Era una buena alumna, no excesivamente traviesa, y bastante interesada en las clases. Leía y escribía muy bien, y creo que ya por entonces apenas debía cometer faltas de ortografía. Sin embargo, Doña Gloria siempre se negó a darme buenas notas en el global. Nunca me dio el sobresaliente, y le costaba darme hasta el notable. Nunca he sido competitiva, pero yo sabía que ese notable era mío, y así me quejaba a mi madre. Doña Gloria le respondía que efectivamente, en los controles mis notas eran de notable o sobresaliente, pero que no lo merecía, porque no me costaba esfuerzo alguno sacarlos, y que pese a que podía brillar en todo, era muy vaga. El argumento de mi madre, en una de las pocas veces que me ha defendido a capa y espada (uno de sus refranes favoritos es “Quien quiera honores, que los gane”, olvídate del apoyo incondicional frente a un extraño que te ataca), era que la vida daba dones a ciertas personas, y que igual que podría no tener otros, qué había de malo en tener el de la inteligencia. No coló. Doña Gloria jamás me dio el sobresaliente. Aún así, a veces se encuentra con mi madre y siempre le pregunta por mí. Probablemente debería hacerle una visita.

Hoy le he dicho a mi madre que iba a hablar de ella y de cómo vivimos el 23-f, así que le he pedido que hiciera memoria. Mi versión era que yo había vuelto del colegio, y que hacía los deberes mientras mi madre escuchaba en la radio un pleno del congreso de los diputados, en el que se produciría la investidura de Calvo Sotelo. Mi madre dice que sí, que había vuelto del colegio, pero que estaba en casa de mi vecina. Yo apuesto por mi versión, pero tampoco estoy segura. De hecho, creo recordar como si fuera ayer que cuando se escucharon los primeros disparos, mi madre se lanzó al teléfono de góndola que teníamos, y que creo que acabábamos de poner, para llamar a mi padre y pedirle que trajera de la tienda de mi tío un buen número de alimentos básicos. Demasiado tarde, las líneas no funcionaban. Lo demás fue un maratón de compras de elementos varios de supervivencia: legumbres, harina, sal azúcar, conservas y papel higiénico. No sé qué creía mi madre que podría pasar, pero su gesto me decía que nada bueno.

Mis padres no son heróes. No participan en manifestaciones, casi ni expresan sus ideales en público, todo lo contrario a mí, aunque yo tampoco sea una heroína. Si de ellos hubieran dependido las revoluciones, lo hubiéramos llevado claro. Pero no les culpo. Nacieron en 1925 y 1931 y vivieron los peores años de este país en el siglo XX: La guerra civil y la posguerra. No sólo pasaron hambre y vivieron de cerca la represión en forma de cárcel para sus familiares, muertes en el frente, o penurias económicas, el curso de la historia les arrebató muchas más cosas. Les robó la pasión, el deseo, la irresponsabilidad de la inmadurez, porque mis padres no pudieron permitirse ser irresponsables. En suma, les timaron la normalidad y el derecho a vivir una vida con todas sus etapas. Quizá por eso mis padres se toman la vida tan en serio, quizá por eso valoran tanto lo que tienen ahora, quizá por eso sufren ante mis derroches.

Años después, mi madre repitió jornada de asalto veloz al supermercado, cuando se declaró la primera guerra del Golfo, en 1991. (y me temo que en 2001 volvió a hacerlo tras la caída de las Torres Gemelas, pero entonces yo estaba muy lejos para verlo) Un año antes yo había conseguido el mejor recuerdo del 23-f. Una plancha impresa de una de las ediciones especiales que sacó El País a lo largo de aquella larga noche.

Ahora, bien enmarcada, cuelga de una de las paredes de mi casa. A veces releo el editorial, y a veces la miro y me digo que un día debería preguntarle a mi madre qué pensaba mientras debajo de la almohada sonaba la radio en aquella larga noche de los transistores.

21.2.06

¡Lo que hace un flequillo!

Hace cosa de un mes me paseaba yo por los almacenes del triángulo verde, cuando me paré a ver las maravillosas sombras de la marca MAC, que son como la paleta de colores de Miró pero para pintarse los ojos. De pronto noto la presencia de alguien y pienso, “ya estamos con el ¿desea algo?”.

No recuerdo que me preguntó la chica, porque yo me enamoré… de su flequillo. Dado que tenía una raíz que empezaba a ser como la de los eucaliptos que secan la tierra gallega, unos días después fui a la pelu, y le pedí a Sandra ese flequillo. A ella, que le gusta más meter una tijera que a un obispo hablar de sexo, le encantó la idea, y así de estupenda me ha dejado.

No a todo el mundo le ha gustado. A mi amigos Dani y Little les encanta, pero estas son las declaraciones de Iago al respecto de mi flequillo: “Es muy rococó. No digo que seas Maria Antonieta, pero eso no es lo que se dice un washandwear”. Pues a mí me gusta, y me veo divertida.

Ah, ese es mi amigo Juan, que hace unas fotos estupendas y que es un estupendo amigo y acompañante habitual de espectáculos varios. En la foto estamos muy sonrientes, quizá porque nos habíamos cenado una mariscada con otros amiguetes que no están en la foto, pero que estaban detrás cantando hits de Counting crows, quizá porque el muy cabrón había estado viendo al Madrid en el Bernabeu. ¡Ten amigos para esto!

El cine sin complejos

La pasada tarde - noche (la del domingo 19 de febrero) se entregaron los BAFTA. Estos son los premios que la academia británica de cine y televisión otorga en una gala anual. Simplificando mucho, diríamos que son como los Goya británicos. Pero no, no son como los Goya, porque me temo que los académicos británicos no son tan obtusos como los españoles.

Tendemos a quejarnos de los nacionalismos políticos, algunos por un marcado amor a la patria (yo no entiendo esos amores abstractos, qué vamos a hacerle, a mí me gusta besar lo que amo o disfrutarlo, y así como beso a un tío o a mi madre, o una canción me hace llorar, la palabra patria me dice poco), otros porque los consideramos un atraso y un estorbo a la convivencia sin provincianismos paletos, pero el catetismo cultural también es poderoso, especialmente en el cine español.

No me voy a cebar hablando de la gala de los Goya porque el tema ya se ha quedado viejo, ni voy a hablar de las calidades del cine español, sólo quiero destacar el palmarés de estos BAFTA, en los que una película norteamericana, un actor norteamericano, una actriz norteamericana y unos cuantos norteamericanos más se han llevado el premio a casa. No es que no hubiera películas o artistas británicos, los había, y estaban nominados, como mi adorado Ralph Fiennes (se acaba de separar de Francesca Annis… ¡bien! Esto… pobre, debe estarlo pasando mal) o Rachel Weisz, pero simplemente los otros también lo estaban. No como en los Goya, donde Sarah Polley o Tim Robbins no aparecen nominados en una película que se llevó los principales premios.

Felicidades a Jake Gyllenhaal (Los Angeles, California), que no sé por qué está pasando desapercibido frente a Ledger, cuando creo que los dos personajes tienen fuerza suficiente como para no eclipsarse.

Curiosamente, los norteamericanos, a los que tanto acusamos de mirarse el ombligo, de no ver lo que hay más allá de sus fronteras, han tenido últimamente entre sus nominados a un español (Javier Bardem), a una colombiana (Catalina Sandino), y han premiado a Pedro Almodóvar como autor del mejor guión original.

Aprecio los esfuerzos del cine español y su gente por sacar adelante los premios del cine español, y agradezco que, como han destacado muchos años, no intenten copiar otros premios, como los Oscar, pero quién sabe, quizá ha llegado el momento. De copiar, claro.

Unas risas…

… me he echado esta tarde por Madrid. Primero porque he salido pronto del trabajo, que siempre es una bendición, y además he venido con Quique a Madrid, lo cual garantiza risas. Para colmo me ha invitado a un trozo de bizcocho que había hecho una compañera suya, y que estaba tan bueno como kilos debía engordar (santo Dios, estaba bien compacto, eso en dos días es un arma arrojadiza, y si lo dejas macerar, en un mes es un arma nuclear). Hemos soportado el atasco madrileño con una de nuestras sesiones popular trash, que consisten en poner en el cd del coche (de SU coche) greatest hits de todos los tiempos, como _Libertad sin ira_, _Como yo te amo_, _Dancing queen_, y otros. Entonces bajamos las ventanillas, subimos el volumen y berreamos. Yo tengo buena voz, pero Quique tiene un falsete que supera a todos los Bee Gees y Jimmy Sommerville juntos, así que suelen ser momentos muy divertidos.

Quique me ha dejado en Quevedo, y desde ahí me he echado un paseito (a pesar de que como dice el dicho “hace un brís que corta el cutís”) Fuencarral abajo hasta Gran Vía y Puerta del Sol, para coger ahí el autobús.

Me encanta la calle Fuencarral, es un foco de modernos con tiendas ultracaras y aceras llenas de mierdas de perros de pedigree de los gays pudientes de la zona, que son muy estupendas y muy divinas, pero al final son tíos guarros, como (casi) todos. He mirado escaparates, viendo lo más trendy de la city, he entrado en Desigual porque aún tienen rebajas y me encantan sus camisetas, y me he reído con una t-shirt súper cool que había en otra tienda y que ponía bad bush, junto a una foto del actual presidente de los EE.UU, y good bush, junto a la foto de un monte de Venus tapado por un escaso bikini. Para los no anglófilos, bush (arbusto). No pienso explicar más el chiste…

He bajado por Gran Vía hasta Callao, y he entrado en la FNAC. Cualquier día pediré al gobierno que declare el shopping una enfermedad. Lo siguiente será que junte a mi familia y les diga, muy dramática: “padres, hermanos, cuñaoooooos (¡sí, soy muy básica, qué passa!) sobrinos… Me llamo Silvia y soy adicta a las compras”, para después pedirles que vayan a la FNAC y al H&M (creía que los suecos eran eficientes, pero aún nadie se ha puesto en contacto conmigo para ofrecerme un banner) y den mi nombre y me prohíban entrar como a las viejas al bingo de su barrio.

Como era de esperar, me he comprado dos libros. Me gusta mucho leer, pero creo que me gusta más comprar. No hay nada mejor que ir a la FNAC a mirar libros. Yo veo el título, miro la editorial, leo las pestañas… y la verdad, suelo acertar. Hoy han caído dos: _City_, de Alessandro Baricco, y _El curioso incidente del perro a medianoche_, de Mark Haddon. Este último viene avalado por las excelentes críticas de medio mundo, y como yo necesito seguridad… Por cierto, que me ha faltado un pelo (y dinero, que este mes voy fatal, gracias, Dios, por hacer un mes de 28 días) para comprarme _V de vendetta_ recién reeditado, seguramente para aprovechar el tirón de la peli.

Contenta y cargando con mis libros he llegado a Sol, y ahí ha llegado la segunda risa de la noche. Al dirigirme hacia la parada del bus, he visto el siguiente anuncio:


¡Qué talento el del publicista! ¡Qué forma de usar los medios más al alcance y lo que nos rodea (obsérvese que el edificio está en reforma, la calle en la que se asienta también, y hasta el semáforo anda ahí medio provisional) aunque sea para vender un producto. Lástima que muy pocos tengan dinero para pagar un viaje fuera de Madrid hasta que lo acaben.

14.2.06

Si es que no se puede tener todo

Los tiempos están cambiando. Antes los papeles estaban más que repartidos, el hombre trabajaba fuera para ganar dinero y la mujer se quedaba en casa, lavando la ropa, limpiando, atendiendo a los nenes… todo era armonía, cariño en el hogar y reposo del guerrero.

Ahora, las mujeres queremos más. Exactamente se trata de eso. No es que queramos vivir mejor, más años, o con más calidad de vida. Queremos ser más perfectas, más delgadas, más buenas madres, más jefas, más ricas, con más responsabilidades… y así no se puede, nenas.
Luego vienen los lloros, las frustraciones, y los arrepentimientos. Yo, que nunca me he considerado muy mujer (esto puede parecer confuso, pero no lo es), me siento como si no estuviera siguiendo el camino marcado. Pero da igual, soy una chica de hoy, independiente, con trabajo y casa propia, así que me cago en los remordimientos educacionales, en las frases populares y en el arroz Brillante y sigo p´alante, que es lo que todo el mundo espera de mí.

Si es que, aunque proteste, en el fondo soy obediente. Además, ellos también tienen sus problemas. Al menos nosotras sabemos andar con falda y con pantalones, no como el pobre Francis Montesinos.

8.2.06

Cambios drásticos e iniciaciones

He decidido que mi vida tiene que cambiar. Tengo la costumbre de hacer de la vida un drama, pero esto está pasando de castaño a oscuro. Todo me preocupa, todo me incomoda, y cada vez soy más insegura. Para colmo, tengo la sensación de que los demás no me creen cuando lo digo, que piensan que sólo lo hago para llamar la atención y para que me digan que no, que soy estupenda y con mucho talento.

Son muchas las cosas que tengo que hacer para cambiar esto. Tranquilizarme, sacarme el carné de conducir, dormir más horas, hacer ejercicio, hacer dieta, ahorrar… Como va a ser muy difícil hacer todo eso, he empezado por leer comics. Bueno, puede parecer una tontería, pero no lo es. Desde los “Astérix” de la niñez, y si exceptuamos “Mafalda” y las viñetas de Forges o “El jueves” (bueno, también he leído “El clic” de Manara, pero porque era guarrete) no había leído cómics, una afición que siempre me ha parecido un poco de tíos. Me negaba en redondo, alegando que no sabía leerlos, que no los entendía.
Finalmente, y tras muchas recomendaciones, Juan me dejó “Watchmen”, un clásico. Creo que han pasado ya seis meses, pero ayer empecé a leerlo y me está encantando.

Quizá porque las viñetas están bien ordenadas y está muy bien escrito, con el sabor de una novela negra mezclada con superhéroes llenos de contradicciones. Me alucina que cada capítulo acabe con uno de una novela imaginaria escrita por uno de sus personajes. ¡Qué bien que le he dado una oportunidad!

Ya sólo queda que me dé otra a mí misma.

9.5 en la escala Richter

Eso marcó la Terremoto de Alcorcón el pasado viernes en el cool, un local muy idem en el centro de Madrid. Había oído hablar de la terremoto gracias a Little, que es fan de cualquier mariconada que encuentre en la web. Por supuesto, ahora cualquiera que se mueva por Internet sabe quién es la terremoto de Alcorcón, porque como ella misma dice: “soy la número seis en los vídeos más buscados del mundo, porque claro, ellos creen que van a ver a la Madonna, y luego me ven a mí”.

Efectivamente, ella es la autora de la estupenda parodia del “Hung up” de Madge, con esa reconversión cañí del “Time goes by so slowly”, por un algo más castizo “taim gous bai, con Loli”. En realidad, gracias a la terremoto todos hemos reversionado el tema. En mi caso, Mariano y yo lo usamos para darle caña a una compañera de trabajo que es un poco barriobajera, así que cuando está de buenas (no hay que decirle nada a una de Orcasitas si está de malas) le cantamos: “taim gous bai, con Choni”.

Allí estaba yo el viernes con un grupo de amigos, dispuestos a sorprender a un invitado catalán con un momento “Madrid me mata”, cuando al fin me topo con Mariano y a otro compañero, con los que había quedado en encontrarme. Si por mí hubiera sido, hubiera pasado la actuación con mi alto de 2m delante, como me ocurre siempre que voy a un concierto (no falla, es algo científico, lo juro). Pero ahí estaban mis compañeros, para llevarme, como una reina, a la primera fila. Al grito de “¡Delante hay sitio!”, nos lanzamos buscando a la diva. Y a fé que lo logramos. Con algunos empujones (Little, qué malas son las maricas), pero lo logramos.

Delante de mí se encontraba la Terremoto, mujer de figura contundente (vamos, que tiene unas tetas que impresionan, y para que a mí me impresionen unas tetas cuando tengo que cargar cada día con las mías…) y de voz aún más contundente, interpretando sus peculiares versiones de los jitazos de toda la vida. A la famosa versión de Madonna hay que unir las no menos ingeniosas de “Thriller”, “Love is in the air”, o “I will survive”.

La Terremoto es una artista de las de toda la vida, una Celia Gámez de extrarradio, una Sara Montiel de las discos de ambiente. Pasea su arte por el escenario y se muestra como una diva caprichosa. Ella no atiende las peticiones del oyente, así que cuando le da la gana, dice que va a acabar, y ante los requerimientos para que interprete “Love is in the air”, dice altanera: “Que no me sale del coño, joder, que llevo cantando el love is in the air (“el lovis in di er”) seis años en la carroza del Shangay. Así que ella manda, y canta de nuevo por Madonna.

A mí me gustan todas, pero me quedo con la de “I will survive”, renombrada por la Terremoto como “Sin afeitar”. Aquí dejo unas líneas de su portentosa letra. ¡Tú sí que sabes, Terremoto!

“Sin afeitar, se me ha olvidao,
los pelos salen de mi piel ya no los puedo controlar,
ni con la cera, ni la láser, la Gillette no apura ná
que viva el vello qué cojones, quiero ser una osa más.

He salío sin afeitar, qué passsssa".

Ah, todos los hits de la Terremoto, aquí: http://www.laterremotodealcorcon.tk/

30.1.06

Peticiones del oyente

Los últimos posts han causado una tremenda reacción en cadena: Amigos, familiares y transeúntes me piden que les saque en el blog. Lo normal sería cumplir sus deseos, para seguir siendo la niña bonita y para que me quieran más, que, como ya dije, es el objetivo de este blog.

Lo que pasa es que me temo lo peor. Los retratados en los posts empezarán a contar las líneas que utilizo para hablar de ellos, a comparar los adjetivos con que les defino respecto de otros, y a lo peor acabo por crearme enemistades y por sembrar rencores entre mis amigos.

No es fácil complacer a todo el mundo. Mi cuñada me ha prohibido que hable de ella, bajo amenaza de denuncia, (anda, anda, si me quieres como a una hija mayor), mi madre pide informes a mi hermana sobre lo que voy diciendo de ella (mucho menos de lo que te mereces, eso seguro), y algún noctámbulo con el que comparto charla me pregunta sobre las inclinaciones sentimentales de los chicharreros.

Así no es de extrañar que tenga otra vez el ojo rojo, porque esto es un sinvivir.

A este paso, también mi gata acabará pidiéndome salir en el blog, poniéndose de uñas conmigo si no le doy un protagonista.

Claro que ella bastante tiene con pedir comida, que cualquiera diría que la quiero dejar como Maribel Verdú, que la ví ayer en los Goya y calculo que debe pesar lo menos 20 kilos menos que hace... pues eso, veinte años.

Hablando de los Goya, ayer me senté a ver la entrega a las 22.00 y acabé a las 02.20. Tenía pensado escribir un post sobre los premios, los premiados y la ceremonia. Pero no sé si será lo más sensato, dada el (mal) sabor de boca que me dejaron.

Voy a probar con los tranquilizantes y esta noche ya veremos...