29.12.08

Luz de gas

En el largo (o corto, según se mire) camino de la infancia, nuestros padres nos van enseñando todo: a caminar, a hablar, a comportarnos (bueno, eso algunos padres)… nos enseñan a vivir, y sobre todo a sobrevivir.

En mi caso, he contado con unos padres recios, duros, acostumbrados a lidiar una vida difícil, así que me enseñaron que ahí fuera las cosas no son fáciles, que todo requiere sacrificio, que esto es un valle de lágrimas y que hay que esforzarse. Me enseñaron que el trabajo es la base de todo, que el ahorro es conveniente, que es antes la obligación que la devoción. Leyendo esto cualquiera podría pensar que soy una persona fuerte, preparada para acometer las idas y venidas, subidas y bajadas, las dificultades de la existencia. Podrían pensar que mis padres han hecho un buen trabajo, que me han hecho una persona de bien, recta y comprometida. Pues sí, pero mis padres fallaron en algo. Se les escapó un detalle importante. Es probable que sus enseñanzas me hicieran sobrevivir a una guerra, a esta crisis, a tiempos difíciles, pero hoy tengo que decirle a mis padres que hay algo que no me enseñaron: a enfrentarme a MOVISTAR.

Lo siento, papá y mamá, habéis fallado. Ayer, por vuestra culpa, me sentí impotente, incapaz, hundida. No supe qué hacer, cómo pasar ese trance. Aunque lo intenté, no pude cambiar de móvil.

Hace 3 años y medio que vivo con mi maravilloso Nokia 6820, probablemente el mejor teléfono que vaya a tener jamás. Bueno, en realidad vivo con mi segundo Nokia 6820, porque el primero lucía este aspecto tan lamentable,




y mi amigo Juanito, que es un tipo estupendo y que me quiere más de lo que debería, me compró en ebay uno en mejores condiciones. El caso es que no se oye del todo bien, y con que pase un autobús al lado ya soy incapaz de mantener una conversación normal. Por eso cuando MOVISTAR me mandó un mensaje diciéndome que me regalaban 50.000 puntos para cambiar mi móvil por un i-phone, pues pensé que igual había llegado el momento de cambiar. En el mensaje, éste que ven en la fotografía, me dicen que acuda a una tienda MOVISTAR.

Pues bien, eso es lo que hice, acudir. En concreto fui a la de la Gran Vía, esa que cuando pasas por las noches, tienes que cerrar los ojos, porque es como mirar al sol, de la cantidad de luz que desprende. Allí me atendió amablemente un chico, al que le enseñé el mensaje. Comenzó el proceso y, al llegar el momento de hacerlo, me dice que, además de los 80.100 puntos que tengo, debo abonar 197 euros. No, eso no era lo que yo había visto. Con mis 80.100 puntos, más los 50.000 que me regalaba MOVISTAR sólo tenía que pagar 66 euros. ¿El problema? Que en el ordenador esos 50.000 puntos no aparecían. Según el chico, no había nada que hacer por su parte. En todo caso, llamar al 4636 y contarles lo que pasaba.

Hasta aquí, los obstáculos que me esperaba. No es fácil tratar con MOVISTAR, yo ya lo sabía, a pesar de que mis padres nunca me hubieran avisado. Así que allí, sentadita en la tienda MOVISTAR, llamo al 4636. Una máquina me da la bienvenida a Movistar y me pide que le diga qué quiero hacer acerca del programa de puntos: Si quiero información general, si quiero conocer mi saldo o si quiero hacer otras gestiones. Le digo que otras gestiones, porque no quiero información y ya sé cuántos puntos tengo. Entonces ocurre algo: la máquina me dice: “Si quieres hacer alguna gestión del programa de puntos, llama al 4636. ¿CÓMO? ¡Ese era el número al que estaba llamando! No se puede hacer nada. El chico me dice “se habrán ido ya, que es Nochebuena”. Bueno, hasta donde yo sé, el día de Nochebuena es laborable, y tienen un horario hasta las 22.00, y en ese momento eran apenas las 17.00.

En fin, me rindo y decido que llamaré el día 26. Así lo hago. Llamo al 4636, y de nuevo, el bucle. Llamo otra vez. De nuevo me dicen que llame al 4636. Empiezo a pensar que hacen luz de gas a los clientes. Por supuesto, todas y cada una de estas llamadas al 4636 se tarifan por parte de MOVISTAR. Pienso, en mi buena fe, que igual tienen la máquina estropeada, así que llamo desde un fijo al 1485. Me atiende una señorita a la que le cuento todo lo ocurrido. Me pide mi número de teléfono y mi DNI, y me pide que espere, que confirman mis datos. Vuelve al momento a decirme que siga esperando a que confirmen mis datos. Me lo pide otra vez. Y otra. No sé qué datos tenían que confirmar, pero la cosa se alarga unos minutos. Al final, me dice que me pasa con el departamento correspondiente. Una voz mecánica suena al otro lado del teléfono: “Bienvenido a Movistar, indique qué operación desea hacer con el programa de puntos. No, no lo puedo creer. ¡Me ha pasado con el 4636 al que yo YA había llamado! Decido volver a probar, a ver si es que a ellos sí les va. Pero no. Otra vez el muro, otra vez la voz que me dice que llame al número que he llamado. Comienzo a desesperarme, claro.

Llamo de nuevo al 1485. El proceso se repite. Me piden el número de móvil y el DNI. Se lo doy, le cuento la historia, y que me han pasado con un número que me dice que llame al mismo número. Me dice que esta vez me pasa con el departamento correspondiente. De nuevo la misma grabación. Sigo desesperándome y además empiezo a estar cabreada.

Llamo otra vez. Y otra. Una quinta en la que sin perder los nervios, pero ya con claros signos de estar a punto de explotar, les pido que no me vuelvan a pasar con una máquina, sino con una persona. En esta ocasión, creo que me abren una incidencia, y la señorita me dice que si cuando me pase con el departamento correspondiente me sale la máquina, que llame de nuevo (siempre cobrando esas llamadas, claro está) y dé ese número. Desde luego que sale la máquina.

En la última llamada trato de contarle a la señorita lo que me ha dicho la anterior, pero no quiere coger el número que le doy. Dice que ya la ve, y que esta vez me pasan con un departamento. Les digo que me pasen con quejas, me dice que son ellos. Le insisto en que estoy indignada, en que llevo 40 minutos perdidos como si hablar con ellos fuera mantener una tertulia en el Café Gijón, donde hablas con personas que se comunican como máquinas, despidiéndome con un “feliz Navidad” que me suena a sorna y cachondeo. En fin, le digo que haga lo que tenga que hacer pero que no me pase con una máquina.

Imposible. Otra vez el “Bienvenido a Movistar”. Llegados a este punto, sólo veo dos opciones, echarme a llorar o destruir todo lo que tenga que ver con esa compañía. Aún así, saco fuerzas de flaqueza, porque la vida es un valle de lágrimas, y decido irme de nuevo a la tienda Movistar de Gran Vía.

Llego, les cuento lo sucedido, volvemos a hacer la operación a ver si esta vez sale y no, no sale. Me dicen que no pueden hacer nada, que ellos ni siquiera son MOVISTAR, que son Telyco. Y yo me digo dos cosas: a mí qué me importa quién sean, y ¿por qué tengo que conocer yo la organización y las subcontratas de esta compañía? ¿qué pasa, que tengo acciones? A esa hora estoy ya, más que furiosa, harta, cansada, engañada, y estafada. Porque yo no les llamé para pedirles nada, porque ha sido MOVISTAR quien me ha hecho una oferta, así que amablemente le pido al chico la hoja de reclamaciones. Después de un rato, vuelve con esto:



En un momento creo que es la hoja interna de sugerencias, así que le miro casi con satisfacción, porque ya que me estafan, al menos tener algo más chungo aún que contar, y le digo: “Sí, muy bien, y ahora me traes la hoja de reclamaciones, la de verdad”. Me mira sorprendido y disimula un “uy, me he equivocado”, y me pide la hoja. Me la acerco y le digo: “No, no, esta hoja me la quedo yo para presentarla en la documentación”. Se marcha con mala cara y, después de un rato más largo, vuelve con ellas. Después, mirando la primera hoja, me he dado cuenta de que es… ¡UNA FACTURA! Vamos, el colmo del desprecio por el cliente. Y lo demás, pues como siempre. Rellenar la hoja y largarte pensando que les va a dar exactamente igual y que tú has perdido mucho tiempo y algo de dinero.



Pero da igual, porque yo no voy a entrar en su mundo. No voy a hacer la portabilidad a otra compañía para que me llamen y me den el iphone gratis. Yo no soy así. Soy el cliente, y lo mínimo que espero de una gran empresa como MOVISTAR es que me cuide como cliente, y no que yo tenga que amenazarles para que no me vaya después de 10 años en los que jamás he dejado de pagar un duro. Cuando me serene, lo más probable es que canjee mis puntos por un teléfono cualquiera que regalaré a alguien, y entonces sí, haré la portabilidad. Y en ese momento, espero que mantengan la dignidad y no me llamen, porque si mi teléfono suena, igual soy yo la que me estropeo y entro en bucle, y les aseguro que lo que les voy a decir, no va a ser “Bienvenido a Movistar”, y mucho menos “Feliz Navidad”.

Y por favor, los que seais padres, no dejéis nada al azar con la educación de vuestros pequeños. Adistradles en el arte de la guerra contra las grandes compañías. Sólo así estarán preparados para sobrevivir.

27.11.08

De goma

Yo siempre he sabido que para vivir de la política hay que estar hecho de una pasta especial, que es eso mismo que se dice de los toreros cuando les cogen y a los quince días están de nuevo en la plaza: “es que están hechos de otra pasta”. Pues con los políticos pasa lo mismo. Yo creo que, más que como los toreros, los políticos son como lo que se dice de los niños cuando se caen y no les pasa nada: “Es que los niños están hechos de goma”.

Definitivamente creo que sí, que los políticos están hechos de goma. Por eso Rajoy resiste como un campeón las hostias que le vienen por todos lados. Desde su partido, desde el otro, desde unos medios de comunicación, desde los otros, del que fue su mentor, de los que se lo quieren ventilar… yo creo que a Rajoy el panadero le da la barra demasiado cocida y el charcutero le corta las lonchas de jabugo gordas. Y además tiene una portavoz de partido en el congreso que aparece con semejantes pintas.



Si fuera así al congreso, igual otro gallo les cantaría.

Y qué decir de Felipe González, que tragó carros, carretas, sapos, y hasta el puño y la rosa, y ahora todavía le toca tragarse todos los cotilleos relacionados con su divorcio, después de 39 años. Pobre, ya no le queda nada de entonces. Ni la señora, ni Alfonso, ni el grupo de la tortilla. Pero Felipe sí que es de goma, y además muy elástica. Y en el fondo yo siempre me alegro de verle, porque al menos me retrotrae a épocas mejores en las que los políticos eran gente interesante que sabía hablar bien y que a veces incluso te deslumbraban, a tiempos en las que una sesión del congreso podía ser hasta entretenida, entre otras cosas porque sus señorías iban y no se ponían a mirar páginas guarras en Internet. A épocas donde uno pensaba que jamás estaría a la altura de esa gente, y no como ahora, donde me avergüenzo de escuchar a gente como Bibiana Aído. Si las/los modelos tienen que estar delgados/delgadas, si los/las deportistas y deportistos han de estar en forma… ¿por qué los políticos pueden ser unos necios sin unas nociones básicas de oratoria (o yo qué sé, de sentido común)

Aunque bueno, siempre nos queda José Bono, que no es que sea un astro de la retórica, pero que al lado de lo que hay cualquiera diría que es Cicerón. Y además, Bono también aguanta lo suyo, que hay que ver lo hijos de puta que son los de los partidos propios. Bono es una máquina de hacer totales (un concepto algo televisivo que quiere decir que suelta unas lapidarias que te quedas muerta), y yo al final me he hecho fan, porque hay que ser muy bueno para dar en una semana tres temazos: primero el de la monja (que Bono pensaba: “¿Cómo me la maravillaría yo?”), luego la idea de que se lea la constitución (apasionante), y que encima la lea gente como Fernando Alonso, Alejandro Sanz o Iker Casillas. Yo no tengo nada contra estos tres señores (bueno para qué mentir, odio a Alejandro Sanz), pero vamos, si ya la sentarme a escuchar la constitución me da bajona, no quiero pensar lo que sería leída por ellos. Espero que al menos estuvieran también invitados sus súper amigos Concha Velasco y Raphael, que esos sí le darían vidilla. Y por último, y para cerrar esta semana gloriosa, una frase que ha soltado en “La Ventana” "Si dios quiere, moriré con el carnet socialista en el bolsillo". Para decir esto siendo como es Bono, hay que ser de goma y tener unos huevos como el caballo de espartero.



Pero si hay alguien que sea de goma, de acero, de amianto y de cualquier material resistente esa es Esperanza Aguirre. Después de lo que ha vivido hoy en Bombay, después de lo del helicóptero con Mariano (él se rompió un par de dedos, ella salió tan piti, sin una arruga en su traje de chaqueta), después de perder unas elecciones y acabar ganándolas, después de los abucheos que le pegan en todos los hospitales… yo empiezo a pensar que Aguirre es inmortal, que llegará a Presidenta, y que además por las noches sale por Madrid armada con una espada buscando al otro porque ya se sabe… “sólo puede quedar uno”.

24.11.08

Volver a empezar

Hoy (bueno, hace un ratito), he decidido que quiero volver a empezar. No en muchos aspectos, que total estamos ya casi en Diciembre y luego para fin de año una no tiene nada que proponerse, pero sí en uno: Quiero volver a este blog. Sí, otra vez. Sí, sé que mis deseos duran menos que unas entradas de los killers en tick tack ticket, pero si una tira la toalla, así, sin intentarlo…

Además, ¡qué coño! Me he dicho que ya está bien de perder el tiempo, de dejar pasar mi hora y media o dos horas de vida real que tengo cada día después de las interminables jornadas de trabajo viendo la tele porque no puedo más, pero básicamente ya está bien de morirme de envidia viendo crecer el blog del Paseante.

Por eso vuelvo, porque llevo una semana leyéndole, y me da rabia su constancia, su disciplina, y sus posts, que cada día son mejores.

Además, me veo obligada. Primero porque es la única manera de seguir en contacto con él, porque aunque tiene mis emails no me escribe, aunque le he dado mis dos números de teléfono (y llamar desde el fijo le sale gratis) no me llama, aunque sabe dónde vivo no viene a verme, y aunque conoce mi domicilio no me manda cartas. Ni siquiera para felicitarme por mi trigésimo sexto (qué pasa, tengo estudios y no digo mi treinta y seis) cumpleaños, que fue el día 14.

Pero él se lo pierde, porque si me tratara le podría haber contado cosas para su último post sobre San Crispín, el patrón de los zapateros. Le podría haber hablado de mi tío Julián, que tiene 89 años y aún sigue en el oficio, y además no sólo es de los que pone suelas, sino de los que hace zapatos. Mi tío Julián tiene un taller muy pequeñito, al que entraba cada año cuando bajábamos a La Pola a comprar y a ver a la familia que vivía allí. Ya van quedando menos de los 13 hermanos de mi madre, pero ahí sigue el tío Julián, en su pequeño taller, dónde sólo había una mesa muy pequeña, y todo tenía una capa de polvo como de cuatro centímetros, compuesta de restos de goma de los filis o de las tapas. A los lados, decenas de zapatos mezclados, algunos con aspecto de haber sido olvidados por su dueño. Botas junto a zapatos de salón, madreñas con botines, alpargatas con stilettos… y nada más entrar, dos señoritas semidesnudas mirándote desde dos calendarios.

Y sin embargo el tío Julián nunca ha tenido el aspecto de un viejo verde que mire a las señoras. Es muy menudo, callado, de piel un poco aceitunada, de la rama de los “alcaldes” morenos, no de los de piel blanquita, con los ojos pequeñines, como los de mi madre, pero de un verde muy clarito.

Cuando entraba allí, olía a goma y a pegamento, y el tío Julián te miraba desde abajo, con las gafas pegadas a la punta de la nariz, las manos llenas de cola para el calzado y en la mano esa cuchilla tan fina y larga con la que cortaba la parte sobrante de los tacones a punto de repararse para trotar por esas calles adoquinadas del pueblo. Ahora hace mucho que no le veo en el taller, porque apenas va un ratillo cada día (para entretenerse), pero siempre me acuerdo de la frase de mi madre cada vez que entrábamos: “Julián, qué cerdo eres, si la Dolores entrara aquí le daría algo”. La Dolores era su mujer, una andaluza guapa que me imagino que debió descolocar a todas esas castellanas secas de la familia de mi madre (empezando con mi madre) y a la que me da que tenían ojeriza. La leyenda decía que si ibas a su casa te obligaba a caminar sobre gamuzas, para no manchar el suelo. Si esa leyenda es verdad, a la Dolores le hubiera dado algo, sin duda. Pero a mí me gustaba. Mi madre hablaba con él y yo, mientras tanto, con un dedo, trazaba una línea entre aquella capa de polvo y restos de goma de varios centímetros, como abriendo un camino. A veces me acercaba y soplaba con cuidado, y veía todo lo que había debajo de tanta mugre.

Puede que el tío Julián no fuera muy pulcro en el cuidado de su taller, pero recuerdo que le veía entregar los zapatos perfectamente arreglados y además, limpios y brillantes como si fueran de charol. Y además, es un hombre generoso. No le importó enseñar a mi padre un poco del oficio y así, durante años, y como vivíamos a muchos kilómetros del tío Julián, nos ha arreglado a todos los zapatos (aunque haya aprovechado para machacar a mi madre y mi hermana por lo mal que pisan), además, cuando ahora te lo encuentras en La Pola, siempre quiere que te tomes con él un vino, y siempre quiere pagarlo, mientras me pregunta siempre “Y si trabajas en la tele, ¿Por qué no te veo?”

Y además el tío Julián tiene mucha historia encima, aunque yo no me acuerdo bien porque a la que se lo contó fue a mi hermana, pero sé que el tío Julián de muy jovencito repartía el correo (o algo de telégrafos) con una bicicleta, y que esa bicicleta casi le cuesta la vida durante la guerra. Que estuvo condenado a muerte pero que al final se lo conmutaron por cárcel.

Nunca le he preguntado si rezaba a San Crispín, pero me da que era más de las estampitas de las señoras desnudas que de las de los santos.

Eso y más podría haberle contado al paseante, con el que tantas veces he hablado de zapatos, de calles, de fútbol, de amores, de nuestros padres viejitos, de la vida… pero que ahora parece sólo hablar con las que tienen un blog “en ejercicio”. Pues aquí me tiene de nuevo, por lo menos para que me felicite por mi trigésimo sexto cumpleaños, incluso para que me chinche por los resultados del Madrid.



En esta foto, hecha en el Turò Parc en Mayo, sólo se me ve a mí, pero ese hombre que se adivina a mi lado es el Paseante, que no quiere salir en las fotos porque teme que le roben el alma. Igual no llama porque teme que el teléfono le robe la voz, quién sabe, es un hombre mayor, y los viejos empiezan a tener manías.

Así que aquí estoy, volviendo a empezar, y además de verdad, porque en un cambio de ubicación de los archivos, todos esos posts que he ido dejando a medias para acabarlos en otro momento, se han esfumado, como el polvo y los restos de goma cuando soplaba en el taller del tío Julián.

4.4.08

Un post dentro de otro

Anteayer me cambié de bolso. Iba al concierto de Editors, y el que llevo últimamente de “Desigual” es muy bonito pero muy incómodo. Cogí uno muy feo, de los que se cuelgan en bandolera y son pequeñitos, pero lo suficientemente amplios para que entre la cartera y la cámara. En el cambio perdí la tarjeta magnética y tuve que pedir una provisional en Telecinco, pero gané una libreta que tenía olvidada desde hace mucho tiempo, creo que desde el anterior concierto de Editors, o sea, por noviembre.

Al salir del trabajo me he ido al metro, y me he encontrado con una desagradable sorpresa. El bolso feo es lo suficientemente grande para la cartera, el móvil y la cámara, pero no para incluir un libro, y me olvidé los periódicos gratuitos en la redacción. Así que cuando me he encontrado la libreta me he puesto a leer lo que había escrito.

Había algún que otro post abandonado, de esos que empiezo a escribir con mucha energía y que siempre dejo a medias, como todo. Y había dos con bastante forma. Uno hablaba de tres amigos, y otro de lo que tarda el metro. La verdad, a veces asombra pensar que pasa el tiempo y a una le siguen pasando las mismas cosas. Porque el metro sigue tardando mucho y resulta que, medio año después de ese otro post inédito, vuelvo a estar conectada con esos tres amigos. Por eso ahora voy a copiar aquel post. Tal cual.

“Nos han enseñado a querer a nuestra familia. Es obligatorio. Cosa de la sangre. Y una mierda. Puede que eso les sirviera a dos hermanos de Valencia que se casaron sin saber que lo eran, pero no es verdad.

A veces uno quiere a la familia, y a veces pues no la quiere. O a veces, simplemente, es que no la conoce, y por tanto no ha tenido oportunidad de quererla. El año pasado mi amigo Edu quería convencerme para que fuera a ver a Franz Ferdinand. Le dije: “No. Estoy harta de ver a los Franz Ferdinand. Tengo primos a los que veo menos.” Ayer mi madre me hablaba de un primo, Me contaba que se iba a jubilar. “¿Pero le pasa algo?” –le pregunté yo- “¿Cuántos años tiene? No tendrá más de 52.” Tiene 63. Mi madre me contó que al principio se había puesto al teléfono su hija, que estaba en Madrid haciendo un curso. No recordaba más que una hija, que nunca había vivido fuera. “Silvia, tiene tres hijos. Dos chicas y un chico que ha estudiado informática, o eso de ordenadores”.

Así es imposible querer a nadie. Sé mucho más de la vida de mis amigos que de la mayoría de mis familiares no directos. Y por supuesto, les quieres más. Y ellos a ti. Aunque no lleven tu sangre.

Hace cosa de un mes me llamaron para un trabajo que fue apasionante, pero a la vez el mayor infierno laboral que he vivido nunca. Los resultados fueron una tendinitis en los codos y un estado de nervios entre la depresión y la desesperación.

Cuando acabé me sentí rara. Fueron veinte días que pensaba que no iban a pasar jamás. No sabía qué hacer. Estaba como perdida. Pero alguien vino a rescatarme desde Bilbao. Me ofreció su casa, su cariño y su buena mano con la cocina. Y me dio un estupendo fin de semana, con paseo por Donosti en pleno festival de cine incluido.

Antes de irme a Bilbao, y en ese proceso estúpido de desespero, recibí dos salvavidas más. Uno que me habían lanzado muchas veces, pero que no había recogido por pudor, porque creía que no tenía derecho a agarrarme, así que acababa escogiendo otros o hundiéndome un poco más yo solita. Hasta que, de tanto lanzarlo, he acabado por agarrarme a él, y además de ser salvavidas, ha sido salvagatas. Al final, bastaron unas lágrimas y un cabreo bien pillado para soltar el lastre y agarrar ese flotador que llevaban tiempo ofreciéndome.

Cuando llamé a Mónica para que viniera a cuidar a Salsa debía estar más desesperada de lo normal. Me lo notó y clavó el dedo hasta que las lágrimas me empezaron a caer. Cuando colgué el teléfono estaba físicamente agotada, pero con fuerza para hacer más cosas. Hice la maleta para el norte, y saqué un billete de avión para ir aún más al norte.

Cuando volví me encontré una gata bien cuidada y la casa empapelada. Mónica llenó mi piso de post-it, recordándome lo guapa que soy y lo que todos me quieren. Escogió cada punto estratégico: El armarito de la comida de Salsa, el de los platos, el espejo del baño, la pantalla del ordenador… y hasta mi armario. Ahí estaban sus pos-it naranjas, hablando de admiración, de cariño y de confianza, palabras que no estoy acostumbrada a utilizar.

Cada persona tiene una forma de querer, y también de ayudar. Hay quien lo hace a besos, y hay quien lo hace a palos. Edu me trató peor que Goio y que Mónica, pero el resultado fue igualmente efectivo. Me jodió las coartadas, me reventó las defensas, me afeó las excusas y desterró de mi vocabulario la palabra “miedo”. Al final de los días que pasé en su casa de Newbury me contó un secreto. No puedo decir cuál es, pero me ha servido para tirar en algunos días difíciles que han venido después.

Ahora estoy con los tres como si fueran mis primos. Edu sigue en Inglaterra, Goio en Bilbao y Mónica ha pasado un tiempo en la India. Tengo ganas de verlos, aunque no llevemos la misma sangre. Ah, y también de volver a ver a los Franz Ferdinand.”


En unas horas me voy otra vez a Bilbao, donde Goio volverá a cuidarme, a pasarme la mano por el lomo (aunque no me dedique tanto tiempo, porque hay 16 más) y a demostrarme su buena mano con la cocina, aunque sea sólo para desayunar porque nos vamos de Pintxos y de sidrerías.

Mónica volverá a cuidar a Salsa, y seis meses después, verá que ahí siguen muchos de sus post-it, algo doblados, por los que siempre me preguntan las visitas.

Y Edu… Edu me ha ganado una apuesta. Y yo nunca pierdo. Para colmo, perder la apuesta significaba que perdía algo más. Algo que hace tiempo que vengo buscando. Pensaré que, como dicen las abuelas, “no estaba de Dios”.

Para la próxima espero ganar la apuesta… y lo otro.

24.12.07

A modo de aperitivo

Porque hoy ya es tarde. Ya no estoy en paro. De hecho, mañana me incorporo al segundo trabajo desde que me quedé en paro. Bueno, mañana no. Hoy mismo. Nochebuena no es el mejor día para incorporarse a un trabajo nuevo. O quizá sí, porque es probable que todos estén más a la cena con su familia que a ver a la nueva.

Mi anterior trabajo ha sido satisfactorio a todos los niveles. Me ha gustado el trabajo, el lugar de trabajo, lo que he hecho y con quien lo he hecho. Repetiré encantada.

El nuevo, pues ya veremos. Tengo ganas de marchita, así que un diario me viene de perlas. Luego estaré llorando por las esquinas porque me agobio, pero es igual, porque si no ya me buscaré otra excusa para llorar por las esquinas, que es lo que a mí me gusta.

Hoy en cambio ha sido un día de alegrías. Lo he empezado viendo a Astrud en un concierto dirigido a los niños (dato del que nadie me había informado, pero del que he tomado nota para el futuro) y he acabado viendo a los niños de Beckham en el concierto de su madre. Sí, he ido al concierto de las Spice girls. Sí, muchos se llevarán las manos a la cabeza. Comentarios del tipo “pero si son ricas” o “si no tienen voz”, pueden ahorrárselos. Muchos de ustedes van a conciertos de Miguel Bosé o de Joaquín Sabina y yo no digo nada. Todo lo más pongo mala cara. Vale, pueden poner mala cara. Ojos que no ven…




Ah, claro. Feliz Navidad a todos. Pónganse guapos, que es un día. Coman hasta vomitar, beban hasta… un poco menos. No conduzcan si beben, no riñan con la familia. Si la Navidad les da por culo, jódanse, otras cosas nos dan por culo a los demás y no vamos con cara de avinagraos. Ah, y gracias a los que dicen que me echan de menos. No me ha pasado nada. Es sólo que soy vaga.



De regalo, un villancico pop. Es de Ron Sexsmith, pero como sólo me aparecía con trozos de "The O.C", he metido esta versión en directo de un señor que no conozco que canta un poco más aflautado, pero que no desmerece la canción, que me pone blandita, blandita, como con ganas de abrazar. Será por el frío.

20.11.07

El día de la marmota

Otra vez estoy en paro. Otra vez de la noche a la mañana. Otra vez a recoger las cosas. Otra vez a firmar el finiquito. Otra vez a llorar y otra vez a lamentarse.

Mi vida laboral empieza a ser un “otra vez” demasiado continuo. Y como todo lo que se repite mucho, acaba cansando. Así que empiezo a estar cansada y como con agujetas. Agujetas en los nervios y agujetas en los ánimos. Porque duele volver a mirar al vacío, porque me da vergüenza volver a las llamadas y a los mensajes, mendigando un puesto de trabajo, porque miro mi casa, en la que me refugio, donde tomo el sol, la que es más la casa de Salsa y tengo miedo de no poder pagarla. Porque odio ir a la cola del paro y sentirme una fracasada que tiene que recurrir al estado (ya, ya lo sé. Es mi derecho, bla,bla,bla, pero uno se siente como le da gana). Porque se me acumulan los problemas del primer mundo.

Eso antes de que alguien vuelva a decirme que podría ser peor. Eso antes de que alguien vuelva a decirme que aproveche para irme de vacaciones, eso antes de que alguien me diga que en quince días estaré trabajando de nuevo. Porque igual es así como sucede, pero nadie te lo da por escrito, así que ayer por la noche, entre lágrimas, me paré frente al ventanal de mi casa y pedí que, por lo menos estos días, dé mucho el sol.


De momento, el primer día del “parada otra vez” (voy a hacer una canción que se llame "Unemployed again, naturally"), llueve. Supongo que ya sólo puedo ir a mejor.

14.11.07

Hoy cumplo 35...



… y como se puede observar, estoy más estupenda que nunca. Se aceptan felicitaciones, agasajos, ramos de rosas (mándenlos a Antena 3, será donde pase el día), masajes verbales... Vamos, que me quieran un poco, que cuesta hacerse mayor.

13.11.07

Porque él lo vale (Because he´s worth it!)

Esta tarde alguien me ha preguntado si el concierto de Rufus Wainwright que iba a ver esta noche merecía un post. ¡Por favor, eso es como cuando mis amigos me preguntan a qué hora voy a salir del trabajo. Algo que cualquiera me conoce sabe muy bien.

Por supuesto que merece un post. Y dos. Y tres. Todos los que hagan falta para describir la brillantez de un artista que me arrebata cada vez que le veo. De hecho, yo creo que si no había vuelto a escribir desde el famoso día del acoso sexual británico es porque pensaba que en todo este tiempo no había habido nada que mereciera la pena contar. Total… ¿qué he hecho en este mes y medio largo? He acabado una… hmmm, llamémosle un “algo”. He empezado un nuevo trabajo en un nuevo programa, he estado en tres conciertos (cuatro con el de R.W), un Festival de cine y me he comprado una Nintendo DS. El Rey de España se ha puesto farruco con Chávez y con Esperancita Aguirre, y ha salido la sentencia del 11-M.

Sin embargo, ¿Hay algo más destacable en mi vida que un concierto de Rufus Wainwright? No, no lo creo.

Bueno sí, hace poco viví un momento de felicidad extrema. Estaba un domingo por la tarde en un probador del H&M. Unos pitillo negros imitando al raso se deslizaban por mis piernas y rodeaban mi cintura para abrazarla totalmente con la unión limpia de un botón y un ojal y la subida suave de una cremallera. Vamos, que el pantalón me cerraba. Mientras me colocaba la pernera y levantaba la vista para ver como me quedaban, comenzó a sonar “Rules and regulations”. Sí, como dice Montes, “La vida puede ser maravillosa”.

Rufus Wainwright es siempre un acontecimiento. Cada vez que tengo previsto verle, me excito. No es una excitación como la que viviría si fuera a ver a Ashton Kutcher (aunque algunos opinen que no tiene de hombre ni el nombre (¿hay nombres más viriles que otros? ¿”Jorge” es más viril que “Rubén”? ¿”Ramón” que “Adrián”?)), pero los días antes me sonrío cuando lo pienso. Ayer miraba las fotos del primer concierto al que asistí. Fue hace justo dos años (ya es día 13), en Barcelona. Aquel día llovía. También al día siguiente en Madrid, donde le vi por segunda vez. Hoy ha lucido un sol espectacular. Otro de estos días extraños de este extraño mes de noviembre.

El día de mi primer concierto estuve con Dani, el poppie que me recomendó al de Rhinebeck (broma privada), y que está jodido porque voy arrasando con un claro 7-5 en el tanteo asistencial de conciertos rufusianos. También Sonia y Oskía, con las que he compartido otra vez canciones, emoción, y hasta un momento fan que me avergüenza mucho, pero que me ha permitido coger luego un taxi con más tranquilidad.

Para abreviar, que es (muy) tarde:

- El grado de mamarrachismo de Wainwright sólo es comparable a su talento. O sea, enorme. Para ello, vean el traje (que ya lució en el FIB), sin nada debajo, asomando pelo (algo a destacar en un homosexual declarado, con lo activistas que se han vuelto los gays contra el pelo en el pecho), adornado con mil broches y rematado por esa gargantilla bisutera que muy bien podría haber robado de la caja fuerte de Saritísima (bueno, las de saritísima son buenas, como el “babero” que le regaló Anthony Mann)



Como buena diva, ha tenido unos cuantos cambios de vestuario. Vaya, no es la Pantoja, pero deja que pasen los años. El segundo modelo ha sido su ya famoso traje de tirolés (sí, tiene un nombre, pero nunca lo recuerdo)



Unas cuantas canciones en albornoz, incluido el “Over de rainbow"…



… Y por fin el momento Garland.



No se ha olvidado los pantalones, es tal cual iba la mamá de Liza cuando cantaba “Get happy” (algunos la recordarán porque esa canción la cantaba el padre de Laura Palmer cuando estaba a punto de perder el juicio).

- La duración del concierto es de agradecer. Tres horas en estos tiempos de la horita y media justa (fuck you, Interpol! Mega fuck you, Mando Diao!) vuelven fan a cualquiera.

- El repertorio ha sido ejemplar. TODO el último disco, “Release the Stars” (destacando ese “Nobody´s off the hook”, que me hace un nudo en la garganta cada vez que lo oigo). Dos temas del primero, “Danny boy” y “Barcelona”. “Poses”, “Cigarrettes and chocolate milk”, con la que, al igual que Goio en el concierto de Donosti, solté una lágrima y “The consort”, del segundo. “I don´t know what it is”, “14th street”, y “Beautiful child” del Want one, y “the art teacher” y “Gay messiah” del Want two. Cuatro temas de sus conciertos Judy Garland y una canción tradicional irlandesa cantada a pleno pulmón y sin micrófono (el “a capella” de toda la vida”

- El concierto ha tenido un momento de frikismo impagable. Cada vez que canta “Beautiful child”, Rufus dice que es una canción ideal para el público español, y nos pide acompañarla con palmas de tango. Hoy, además, lo ha complementado con dos señoras que han hecho su interpretación, más o menos flamenca, del temazo en cuestión.



- Wainwright está en forma. Sigue siendo MUY gracioso en sus comentarios, es rápido contestando los piropos del público y está al día de lo que pasa en cada sitio. Si en el País Vasco el tema independencia acabó siendo motivo de broma, en Madrid ha hablado del affair Borbón / Chavez y de la visita que había hecho durante el día a Toledo.

En fin, que no vuelvan a hacerme preguntas estúpidas. Aunque pensándolo bien, por qué no. Hoy tenía respuesta para las dos. Sí, el concierto de Rufus merecía un post, éste, y cuando por la mañana pasé la tarjeta en los tornos de Antena 3, podría haberle dicho a cualquiera de mis amigos. “Hoy salgo a las ocho”.

28.9.07

Acoso sexual en la Gran Bretaña

Hace mucho que no escribo nada, y tenía varias cosas que contar antes de llegar a donde estoy ahora mismo, en Newbury, Inglaterra. Lo contaré cuando vuelva, pero no me resisto a contar lo que me ha pasado esta tarde en un parquecito tranquilo de por allí. Transcribo la crónica que les he hecho a mis amigos. Les dejo con el relato y con una bonita vista del parque en cuestión, que para más inri se llama Victoria Park y tiene una estatua de la Reina Victoria. Algunos no respetan ni a sus mojigatas reinas.



Amiguitos, la pérfida Albión sigue siendo un lugar de pillastres y malhechores. Hoy he iniciado mi jornada turística en Newbury. Un paseito por el pueblo, un paseito por las tiendas, primeros gastos...

Decidida a descansar un rato, y al divisar uno de esos estupendísimos parques ingleses en tonos verde que te quiero verde, me he dirigido allí a jamarme un sandwich de tuna and cucumber. Me lo he comido, he apuntado unas cosillas en el bloc que me he comprado en una de las mil papelerías que hay por aquí, y como me estaba congelando me he dado otra vueltita por el parque. Mientras hacía unas fotos a los patos y cisnes de un laguito, ha venido un señor de mediana edad y me ha preguntado algo, pero no le he entendido bien. Le he dicho que no hablaba muy bien inglés, se ha sentado y ha empezado a preguntarme lo típico: de dónde eres, cuánto tiempo llevas aquí, estás de vacaciones...

Le he explicado que había venido a pasar unos días con un amigo, que había llegado hoy, que era española. Me ha preguntado si mi amigo era mi novio y le he dicho que no, que era un buen amigo. Para la próxima diré que sí, que es mi marido y que es campeón del mundo de wrestling. Después me ha dicho que si quería dar un paseo con él, pero le contesté que esperaba una llamada de mi amigo para quedar y que no quería moverme mucho. Hemos hablado un poco del tiempo y entonces me dice: "Do you want to fuck with me?" Obviamente, mi cerebro ha pensado que no había dicho eso, de tal modo que yo le he dicho: "pardon?". Pues no, había dicho lo que yo había entendido: "fuck, (otra palabra que no he entendido), sex..." Y yo, que a "polite" no me gana nadie, le he dicho: "No, thank you". Entonces le he explicado que ese no era mi novio, pero que tenía uno en España.

El tipo no ha movido una ceja, me ha dicho "Because I think you are very nice", y yo: "Thank you", pero toda pancha, que ni me he planteado levantarme del banco. Me ha preguntado un pare de vaguedades más (entre ellas si en España habís cisnes, a lo que le he respondido: "Sí, y patos también") y ha vuelto a la carga diciéndome: "Are you sure you don´t want to suck my cock?", y yo he vuelto a responderle con un "No, thank you". Creo que entonces ha dicho algo así como que la tenía muy grande, pero yo ya estaba recogiendo todo, porque:

1. la conversación me estaba aburriendo.
2. Me moría de ganas por contárselo a alguien.

Le he dicho good bye y me he pirado. Y entonces he pensado que hay cosas que sólo me pasan a mí.

13.8.07

Inesperado

La gente te dice siempre que en la vida uno nunca sabe con qué se va a encontrar. Claro, es verdad, casi todo en la vida es inesperado.

Tanto como despertarte con una voz que anhelas, tanto como levantarte pronto un domingo de agosto. Tanto como que, de pronto, todo se mueva. Una mesa llena de cosas, los libros, la silla, y yo misma.

No creo que nadie esté predestinado, pero más o menos todos sabemos qué cosas no vamos a vivir. Porque todo es inesperado, pero yo siempre he sabido que nunca seré astronauta, y desde pequeña comprendí que no estaba en mi sino ganar en ningún tipo de competición deportiva. Con suerte creo que no viviré en mi carnes una guerra, y tampoco espero vivir un naufragio. No creo que me atreva a hacer puenting, y es difícil que me decida a vivir fuera de España, porque ya me veo mayor. La verdad, hasta hoy tampoco creí que viviría un terremoto, pero resulta que sí lo he vivido. Corto y no demasiado violento, pero terremoto al fin.

Dicen que los animales son especialmente sensibles a estos fenómenos. Salsa estuvo juguetona y especialmente activa todo el día, pero eso es porque le he comprado un cordón con el que de vez en cuando la engaño y hago que corra un poco para que no le engorde más ese culo que tiene. Por la noche me despertó, también con unas carreras locas. Yo estaba alucinada, porque suele ser tranquila por la noche, pero el correteo era imparable. Empecé a sospechar que perseguía algo, y el cordón sólo se mueve si yo lo tengo agarrado. Sí, Salsa perseguía una hermosa cucaracha que, sin embargo, no falleció por el acoso gatuno, sino víctima de un doble aplastamiento. El que le produjo la caída de una lámina de “El pabellón del malecón” de Michael Andrews encima,



y el segundo, cuando, tras levantar con miedo el cuadro caído, y ver una cosa negra (estaba a oscuras y aunque lo sospechaba, no sabía qué había causado tanta actividad en la gata) planté mi pie sobre la madera de la lámina en plan pisamiento de uva hasta que sonó un “Croc" que me dio un asco tremendo, pero que tranquilizó, si no mi asco infinito, si mi miedo. Quizá fuera triple aplastamiento, ahora que lo pienso.

Igual mi gata no es especialmente sensible a los terremotos, pero igual yo sí lo soy. Porque el sábado estuve rara. Nerviosa, perezosa, tanto como para llegar tarde a la peluquería y no poderme tapar las canas, en un día recuperé dos aficiones que adoro y que en los últimos meses había perdido: pasar una tarde viendo películas y llorar.

Horas después de que la tierra se haya movido bajo mis pies, de haber pasado un domingo de total vegetación, viendo a Jonathan Rhys Meyers haciendo de Enrique VIII y a Kate Winslet enamorarse de un compositor de bandas sonoras, de teñirme el pelo en casa después de más de diez años haciéndolo cómodamente en la peluquería (donde no te manchas de tinte hasta los muslos), de pronto pienso que mi vida puede cambiar.

Que quizá un día me dé por irme a vivir fuera, que a lo mejor voy y hago puenting, y que es posible que todo lo que he soñado últimamente pueda ser algo más que un sueño. Porque como muchas cosas buenas en la vida, ha sido inesperado, y a veces cuando pienso en ello, tiemblo, y sin ayuda de los terremotos.



Este es un regalo que me ha hecho esta mañana el Roedor, pero que viene al pelo para la ocasión, claro.

20.7.07

Musiquitas y certezas

Mi visita al Summercase de este año me ha proporcionado varias cosas:

1.- Satisfacción, porque me lo he pasado muy bien.

2.- Cansancio, porque me lo he pasado muy bien y una ya no está para estos trotes cochineros sin coger previamente un poco de forma. Pero pasarse la vida delante del ordenador, llegando incluso a comer delante de él (como me ha pasado los últimos cinco días en el trabajo)no es el mejor camino, obviamente.

3.- Y varias certezas, que son:

a.- Que volveré el próximo año.

b.- Que las compañías de teléfonos móviles ganan mucha pasta con estos eventos. Creo que mandé unos 30 mensajes y recibí otros tantos.

c. Que a veces salgo muy guapa en las fotos.

d.- Que da gusto ir con amigos, pero que da gusto mandarlos a la mierda cuando no quieren meterse entre el mogollón.

e.- Que quiero a mis amigos, pero que desde aquí, desde aquí os digo que el año que viene si queréis ver fotos, os lleváis la cámara, hijos de puta! Por cierto, ahí están las fotos para quien quiera cotillearlas.

http://www.flickr.com/photos/70531848@N00/

f.- Que dos tetas tiran más que dos carretas. Los refranes siguen teniendo vigencia. A Risingson, a Carlitos, a Churchill, mi Churchill, ese que me recomienda La Casa azul, el que me llama y me dice piropos, el que me manda mensajes de móvil con cosas como ésta: "Y otra vez estoy andando solo por las Canteras y de lo primero que me acuerdo es de ti." A Churchill se le ocurrió colgar ésta foto que me hizo el viernes en el Summercase y el resultado se ve al lado de la foto, mirando el número de visitas y luego comparando con las que tienen las demás fotos. ¡Con la de porno que hay en internet y todavía hay gente mirando escotes!

En unas horas me voy a Benicàssim, al F.I.B. Voy a botar, a cantar, a chillar y a dejarme allí muchos malos rollos que he alimentado esta semana que no quiero vivir nunca más. Volveré con más cansancio, con nuevas fotos que subir, con una muesca más en mi contador de conciertos de Rufus Wainwright (y van seis), con satisfacción y puede que más certezas. Pero esta vez me tapo el escote. ¿Qué van a pensar de mi?

13.7.07

Cuesta abajo

Así es como voy a ir a partir de hoy mismo. Cuesta abajo en mi rodada, como dice el tango.

Cuando era pequeña y tenía que estudiar, me escaqueaba y lo dejaba todo para el final. Cuando tenía que recoger mi habitación esperaba a que mi madre me aullara en la oreja buscando un poco de orden en ese caos de papelotes, libros y rotuladores. Cuando había que fregar, comía un poco más lento de lo que ya hacía habitualmente (y hago), esperando a que llegara ese ataque de impaciencia que tienen mi madre y mi hermana, verdaderas paladines del MAS (no Artur, aunque me ponga), el Movimiento Anti Sobremesa.

Huelga decir que me avergonzaba, claro. Me sentía culpable, porque además en el caso de la habitación, sabía que esperar sólo me conducía a la bronca final, a la desesperación de mi madre, que miraba la habitación y me decía, fuera de sí: “¡Si es que eres una cerda de once tetas!” Ignoro por qué las cerdas de once tetas (yo sólo tengo dos, aunque hermosas, no voy en plan puta de “Desafío total”) son más guarras que las que tienen menos tetas, a ver si se lo pregunto a mi madre.

Cuando llegaba el chaparrón, y mientras trataba de poner orden en la habitación, me sentía fatal. Frustrada, con sentimiento de culpa y pensando que no valía para nada. Pero entonces veía a mi hermana, que es dispuesta, que se levantaba y fregaba, que barría, que estudiaba cuando le tocaba, que no salía por ahí… Y veía a mi hermano y a mi cuñada, que igual ya estaban casados, que habían ascendido en su trabajo gracias a su esfuerzo y que eran gente responsable. Entonces sonreía y pensaba que la clave de todo era la edad. Me decía: “Cuando seas mayor serás así, porque toda la gente mayor friega, y trabaja y recoge, y come verdura y pescado”

Lo he pensado hasta hace muy poco, cuando el DNI me decía muy seriamente que ya era mayor. Y entonces me he dado cuenta de que eso no va a llegar por sí solo. Tengo casi 35 años y sigo sin ser ordenada, sigo sin estudiar, sigo sin querer fregar, sigo comiendo poca verdura y pescado, tardo meses en ordenar y cuando me decido hago lo mismo que hacía con 14 años, mover las cosas de sitio. Por el contrario, mis hermanos y mi cuñada siguen siendo igual. Son dispuestos, responsables y hacen lo que deben hacer.

Por eso voy cuesta abajo. Porque no soy responsable y tengo entradas para el Summercase y el F.I.B, que suponen dos semanas de ajetreo continuo agotadoras para un veinteañero, pero más para una mid-treintañera que no está en forma. Voy cuesta abajo porque llevo semanas con el sueño bajo mínimos. Voy cuesta abajo porque no tengo alojamiento en Benicàssim y tendré que dormir en tienda de campaña. Voy cuesta abajo porque no tengo vacaciones y me dedico a cansarme en vez de a descansar. Y voy cuesta abajo porque debería llevar horas durmiendo y estoy aquí escribiendo.

Pero aunque parezca mentira, hay alguna cosa buena en ir cuesta abajo: que te va dando el viento fresco, que se llega rápido al final y que del suelo no se pasa.

25.6.07

De colores

Hoy me he puesto una camiseta de color claro. Un gris muy suavito con topitos negros y amarillos. Con mucho escote, claro, aunque era más del que yo pensaba y no me he puesto las preceptivas chapitas de The Kooks o de Rufus Wainwright, así que he estado enseñando pechamen todo el día, lo cual me ha valido para que Nuria me echara un piropazo diciéndome que no tenía ni una estría, para que las jefas alabaran mi sujetador de H&M y para que Mariano siga llamándome “pechos”.

Pero ese gris clarito ha causado furor, no tanto por el escote, sino por la diferencia de tonalidad respecto a mi indumentaria normal. Cuando estás gorda, y yo estoy gorda, empiezas a crear tu propio código del vestir, que acabas sabiéndote más trucos que la estilista del “Vogue”. Cualquier prenda, cualquier estilo no se mueve en torno a tus gustos o preferencias, se mueve siempre en torno a tu físico. Da igual que me muriera de envidia (no tanto por el gusto, sino por la actitud) cuando caminaba por la calle Triana en Las Palmas y veía a esas muchachotas embutidas como chorizos en un top y un pantalón caderero, yo siempre lo he tenido claro. Nunca cosas demasiado apretadas (aunque es imposible porque casi siempre se llevan las cosas ceñidas), nunca mucho estampado, nunca enseñar demasiado (el escote es otra cosa), y tirar de negro, porque el negro siempre te hace más delgada.

Así que mi vestuario se compone casi en su totalidad de prendas negras, excepto algún vaquero, los zapatos, contadas camisetas y un vestido que no me pongo porque mi madre dice que me hace muy gorda, y si los demás me han dicho que me favorece “hazme caso, es porque te mienten.” Verdad inmutable, me guste o no.

Pero ahora no está mi madre para echarme jarros de agua fría, así que hoy me han dicho que esa camiseta me sentaba bien y yo les he creído. Me han dicho que soy guapa, y me lo he creído. Me han dicho que puedo gustar, y que seguramente guste, aunque no quiera darme cuenta, y me lo he creído. Y me he dado cuenta de que, en el fondo, en la iglesia tenían razón. Es bueno creer. En los piropos de los amigos, en las voces que te susurran al teléfono, y en uno mismo. Aunque todo sea mentira. Ya habrá tiempo para el descreimiento, y para ser un ángel caído que regrese a los infiernos y vuelva a verlo todo negro, el vestuario y la vida.


Hoy he dado un golpe de estado en mi fondo de armario. He ido al H&M y me he comprado una camiseta verde, un top palabra de honor estampado y un bañador tirando a trikini con lágrima en el frontal para que se me vea el ombligo. ¡Que le den por culo al color negro!

18.6.07

Celebraciones

Esta noche, mi ciudad está de fiesta. No todos, claro, que esto del fútbol no es más que una forma de separar a la gente: ricos y pobres, rojos o fachas, del Madrid o del Atleti… Pero alguno hoy se ha ido contento a la cama. Alguno incluso es probable que haya echado un polvo. ¡Qué suerte la de algunos!

El viernes por la noche ya estaba todo listo para la celebración. Un mirador para colocar las cámaras de televisión en lugares estratégicos, juegos de luces que iluminaban el edificio de Correos, próxima sede del amenazadoramente eterno ayuntamiento de Gallardón, una jugosa portada del Marca
(siempre he querido hacer las portadas del Marca y las de La Razón. ¡Cómo se les ocurrirán esas cosas!) y la Cibeles casi blindada, no con sacos, para evitar el peligro de los bombardeos en la guerra civil, sino con vallas, para evitar el peligro de los vándalos, que no son aquellos pueblos de la Europa del Norte que llegaron a España en el 409 (según wikipedia), sino una panda muy numerosa de gente que no sienten ningún respeto por los monumentos y que, quién saben por qué, no pueden celebrar nada si no rompen algo. En eso sí que no hay fisuras. Los hay ricos y pobres, rojos o fachas, del Madrid y del Atleti.

No soy demasiado aficionada a las celebraciones masivas. Y sin embargo, mientras el sonido de los petardos rompía las noches tradicionalmente silenciosas de mi barrio de viejecitos, como la lluvia ha roto las nubes durante todo el día, una sonrisa se me dibujaba en la cara.

Estoy cansada, como Beckham, Van Nistelrooy o Casillas, pero contenta como Reyes. Mi triunfo no tiene un trofeo, y nadie va a ir a celebrarlo en la Cibeles, aunque yo iría si hiciera calor y no me viera nadie.

Yo he conseguido retener durante casi 24 horas a tres fieras incansables de diez, cinco y tres años, que corren por las bandas, por el centro y por donde les echen. Que se tiran a las espinillas o a los tobillos y que, como las mujeres, no saben lo que es estar fuera de juego porque para ellos todo es juego. Cada uno ha aprendido una cosa del otro: Yo, que los niños no siempre salen a su familia. Con los problemas que tenemos mi hermana y yo con los gases y los pedos que se han podido tirar en apenas un día. Ellos (los dos niños), que hay que limpiarse la “cola” después de mear.

Afortunadamente, todo ha salido bien. Mi casa sigue en buen estado sin necesidad de sacos de arena o vallas, y tanto mi integridad física como la de ellos ha estado asegurada en todo momento. No tanto la integridad mental de mi gata, que ha sufrido un terrible ataque, mezcla de pánico y celos, y les ha bufado con bufidos que nunca había oído y que parece haber incorporado para la ocasión. Me duele la cabeza, y tengo unas punzadas en el estómago como cuando he puesto una reclamación en los almacenes del triángulo verde, lo cual quiere decir que he estado muy nerviosa. Pero siento lo mismo que sentí cuando vi las escrituras de mi casa: que había logrado algo que pensé que no podría hacer nunca sola. La verdad, no tengo pensado repetir en el caso de la casa. En el otro, es probable que lo haga, ahora que he salido victoriosa. Oe, oe, oe oeeeeeeeee.

6.6.07

De 9 a 5



Como Dolly Parton. Bueno, no exactamente así, aunque compartamos perímetro torácico y la sensación de que el trabajo es un engañabobos, pero casi. Mi primera semana en el nuevo trabajo ha sido como regresar a una vida que sabías que existía, pero que parecía que sólo existía para otros. Seguro que también hay cosas malas, claro, como perder esas horas de silencio que van desde la medianoche hasta entrada la madrugada, o el privilegio de ir sentada en el metro.

Lo del metro es otra historia, pero dejaré que pasen los días a ver si me voy acostumbrando a esa hora y media que tardo en ir de mi casa al trabajo. O a ver si empiezo a tardar un poco menos, porque es increíble lo lento que puede llegar a ir un convoy de metro. De alguna manera, no sé cómo, he hecho para convencerme a mí misma de que no es tan malo darme estos madrugones, de que voy a leer más y de que así dormiré más horas. De momento, llevo los madrugones más o menos bien, leo lo mismo que antes porque no sé leer de pie y además hoy me he quedado tan profundamente dormida apoyada en el extintor del vagón, que hasta creo que me ha dado tiempo a soñar. Eso sí, ahora pillo otra vez los periódicos gratuitos (único privilegio de los madrugadores) y me da tiempo a escuchar mucha música.

Gracias a eso he podido meterme de lleno en el disco de Rufus Wainwright, que ya me sé al dedillo, y que este fin de semana pienso disfrutar en esa De luxe edition que llegó a mi casa cortesía de Play.com, a unos admisibles 23 euros no comparables a los 41 con que me amenazó la FNAC. Claro que cuando los de la FNAC me avisen para decirme que ya ha llegado me encantará darles la respuesta: “Bueno, verás, es que desde el 16 de mayo que lo encargué, resulta que me ha llegado uno casi a la mitad del precio que me disteis.” Clic. El clic es cuando les cuelgo, y obviamente lo pongo aquí como recurso dramático (como la pobre redactora de los informativos de Antena 3, que a cualquier cosa llamamos manipulación, por favor!), porque yo soy una señora educada que no cuelga el teléfono a la gente. También he machacado el “Time being” de Ron Sexsmith, un tipo que me recomendó Javi, un brevísimo ex compañero de trabajo que era muy majo y con buen gusto musical, porque es el segundo CD de Sexsmith que me hechiza. El disco tiene canciones estupendas, pero sólo ha hecho vídeo de All in good time. No es mi favorita (Snow angel, I think we´re lost o Ship of fools tienen el privilegio), pero no está mal. Es ésta:



¿Qué más me queda? Ah sí, lo de dormir. No, no estoy durmiendo más, pero por alguna razón me levanto de mejor humor y al fin estoy consiguiendo tardar menos de una hora en salir de casa desde que suena el despertador. Igual es porque es casi verano, igual porque cuesta madrugar pero da mucho gusto salir pronto. Es una de las cosas que siempre he odiado de trabajar en televisión, esos horarios absurdos que te hacen entrar a las 10 o las 11 de la mañana y que lo único que hacen es que pierdas todo el día en el trabajo y se pasen los días con la sensación de que tu vida no te pertenece. ¿En ocasiones tienen una razón de ser? Sí, pero no siempre, y menos en determinados puestos.

He agradecido volver a la tensión del programa diario en directo. Para alguien como yo, que se distrae con facilidad y que es tendente a pensarlo todo demasiado, la presión de tener una hora de entrega hace que todas las dudas se disipen, porque no hay tiempo para dudar. Tampoco hay tiempo para pensar en hacer cosas más elaboradas, pero claro, todo no se puede tener. Bueno sí, pero en este país las cosas no funcionan así. Así que ahí estoy, pasando las mañanas con el culo pegado en la silla y tecleando sin parar. Y me gusta, porque me siento más viva, y porque veo cómo van cayendo páginas y no hay esperas. Porque yo soy así, y necesito la obligación para ponerme en marcha, y de paso siento que no me pagan por esperar, y no me siento culpable por no hacer cosas que podría haber hecho pero que no sé cómo hacer y por decepcionar a quien no quiero que se decepcione conmigo.

Las mañanas pasan volando cuando apenas puedes moverte para ir a mear porque no te contienes y al levantarte tienes que apoyarte porque estás mareada de ir con la cabeza del teclado a la pantalla y de la pantalla a las fichas de los redactores. Cuando los ojos sólo ven dedos golpeando teclas y por mis orejas van pasando canciones para aislarme del jaleo de la redacción, porque no sé si lo he dicho, pero me distraigo con nada. Y llega la tarde, y entregas el guión, y el programa empieza y la maquinaria se ha puesto en marcha un día más.

Entonces son sólo las seis de la tarde y te vas, y luce el sol, y hay airecito, y sabes que tienes la tarde por delante. No me dí cuenta hasta el viernes, porque los primeros días son de observación, pero cuando ocurrió sentí la necesidad de contarle a todo el mundo lo feliz que me sentía de volver a ser “normal” y acabar pronto un viernes. Llamé a compañeros, llamé a mi hermana (que tenía incluso mejor plan que yo, tenía los pies metidos en el mar mediterráneo), llamé a amigos, y llamé al Paseante, que como es un señor catalán adscrito a los tópicos, es muy rata y no se compra un teléfono nuevo, a pesar de que el que tiene no le funcione con propiedad. Les conté que iba al metro, camino del centro, para ir a un concierto o al cine. Al final pudo más la idea del cine, porque últimamente voy muy poco y porque de vez en cuando me acuerdo de la felicidad inmensa que me han proporcionado esas tardes de cine en solitario. Zodiac fue la elegida. ¡Qué gran elección! Hace tiempo que dejé de tratar de escribir algo parecido a críticas de cine, porque no se me da bien, pero si digo que no me dormí en las más de dos horas y media que dura la película, los que me conozcan sabrán que eso es muy bueno para una película.
El fin de semana fue provechoso. Comí con mis padres, visité la feria del libro, participé en una flash mob (usen google, que ya es muy tarde) haciendo pompas de jabón,

ví una exposición de fotos y estuve de cañitas con Juan y otros amigos, que me tratan bien y me dejan coger a sus hijas. También ví “perdidos”, jugué con Salsa, vagueé y entré en algunos blogs, de amigos y de políticos. Me quedé en casa para evitar compras innecesarias de primer domingo de mes, y pensé una vez más que tengo que adelgazar, que a veces me asusta quedarme sola, y que tengo que hacer un montón de cosas que se me olvida siempre hacer.

Y además me sentí normal.

3.6.07

Tontuna

Estaba yo poniéndome al día de los blogs amigos, cuando veo que Dani al fin ha actualizado. En su última entrada habla de ese primer curro que ya quisiéramos algunos como décimo primer curro, que yo en la vida he tenido una jornada intensiva, y de paso hace algunos enlaces a blogs de sus compañeros. Gracias al de uno de ellos he hecho la tontuna del día, que es ésta:

http://www.paloozahead.com/movies/paloozahead_embed.swf?k=552120-f8d2&ap=true

Como veis, el estilismo no tiene nada que ver conmigo, pero para una vez que puedo ser delgada, pues venga, ¡viva el mamarrachismo! La coreografía, muchos lo adivinarán, es la de los vídeos de Ok Go!, y la canción es de Clap your hands say yeah!, que son un grupo estupendísimo. Y esto es todo. Sí, tengo ganas de hablar de muchas cosas, pero estoy un poco desganada, la verdad. Otro día.

28.5.07

¡Vota!

Lara tiene 19 años, y hoy (bueno, ya ayer) ha votado por primera vez. Lara es guapa, Lara es inquieta, Lara tiene muy mal genio y es rápida de lengua, como lo somos mucho en mi familia, me temo. Es contestataria, y está viviendo a tope esa edad en la que todo se protesta, porque parece que si lo haces, las cosas cambiarán. A Lara le gusta la música electrónica y le gusta el flamenquito. Está delgada y luce ombligo. Se pelea con sus amigas y coquetea con los chicos. Se va con sus amigos de juerga (imagino que de botellón, aunque cuando se lo pregunto me mira y me contesta: “Ay que tonta´queres”) y tiene en un puño a su madre. Estudia y trabaja, para ganarse los dineros y pagar la factura del móvil, que trae a mal traer a su madre.

Lara es mi sobrina, y me gusta. Porque aunque tenga esa lengua larga, llena de “ejques” que le raspan la garganta y que de cuando en cuando te da como un látigo, es cariñosa y tiene buen corazón, y me regala muestras y me compra cremitas a buen precio. Hoy la he llamado, porque era su primera vez como votante. Le he preguntado si le hacía ilusión votar, y me ha dicho que no. Me he quedado tan helada por la respuesta que he insistido y le he preguntado por qué. Dice que no le convence la política, que no se cree nada. La verdad, me ha extrañado la respuesta, pero como Lara es mi sobrina y conozco a su familia, que es la mía, me ha dolido aún más oírlo. Porque sé que sus padres le han inculcado lo importante que es esa cosa tonta de meter unos papeles en un sobre, porque ellos eran como Lara cuando la democracia empezaba a avistarse en este país, y saben que no es tan fácil como a Lara pueda parecerle.

Hoy, cuando he acompañado a mis padres a votar, me he encontrado precisamente con esos recuerdos de la transición, que parecían imposibles de encontrar, pero que una verja ha salvaguardado, y que en lo que hoy ha sido colegio electoral, recordaban que no siempre votar fue algo tan normal en España. Han pasado muchos años, claro, y el cartel está muy deteriorado, pero lo que pedía era, agárrense, la mayoría de edad y el voto a los 18 años. Quizá Lara no lo sepa, y por eso, a sus 19, no le ha hecho mucha ilusión votar.


Tampoco sabrá lo que era el PTE, y seguramente haya oído hablar muy poco de Enrique Tierno Galván, fundador del partido. Claro, que Tierno Galván no era un político como los de ahora, y menos como los candidatos de Madrid, especialmente los de los dos partidos “grandes”, y a lo mejor si hubiera tenido 19 años entonces, hubiera ido a votar con más alegría que ahora.

Pero aunque todo sea diferente, aunque por suerte para Lara votar sea algo normal, sigo preguntándome por qué a ella no le hace ilusión, aunque al final haya ido y haya votado, y se haya estrenado con un voto no útil, pero más o menos sentido. Y entonces pienso que no es culpa de Lara, ni de sus padres, claro. Algo tiene que haber para que a alguien de 19 años no le haga ilusión ir a un colegio electoral sintiendo que va a hacer algo grande.

¿Y qué es ese algo? Pues no lo tengo claro. Supongo que son varias cosas. Que llevamos años escuchando a la clase política pegarse puñaladas con mal gusto, que sólo son protagonistas de escándalos de corrupción, y que para colmo de males, son gente muy aburrida. Yo no acabo de estar de acuerdo con todo esto, y no me gusta criticar a los políticos, porque quiero pensar que a la mayoría les gusta y les importa lo que hacen, y porque creo que no hay dinero para pagar a la gente que hace política, aunque la gente diga que cobran mucho y tienen dietas.

Por eso muchos seguimos yendo a votar, no sólo por “cumplir” como ciudadanos o para dar por culo al adversario político, sino porque nos gusta el rito. Mirarte en el censo, coger las papeletas (yo lo hago ante todo el mundo, porque me gusta sentir que no tengo nada que ocultar, mientras mis padres vienen con la papeleta de casa, recelosos de que el vecino vea a quién votan), meterlas en el sobre y llegar, con la cabeza muy alta y el DNI en la mano, a la mesa, donde el presidente dice tu nombre y todos miran mientras el (o tú, si te dejan, como a mí en las últimas elecciones europeas) introduce los votos en la urna y dice ¡Vota!.

Yo sé que es de tontos, pero a mí en ese momento se me ponen los pelos de punta, un escalofrío de placer me recorre la espalda y me siento importante, poderosa.

Este año no he podido hacerlo, porque por pura vagancia no me he empadronado aún en esta ciudad. Pero da igual, yo he votado. Y como para Lara, esta ha sido mi primera vez. Para ella en urna, para mí por correo. El miércoles recogí mi documentación en Correos, me senté, saqué todas las papeletas, metí las elegidas en el sobre y me dirigí a una de las ventanillas. Le di a la funcionaria mis papeletas, junto a mi DNI. Ella cogió el sobre con las tres papeletas dentro (yo he votado en Canarias), le plantó un sello y lo puso junto con otros sobres de voto por correo. Yo sonreí, le di las gracias, y al volverme para salir me tapé la boca con la mano, como si fuera a toser, para decir, con sonrisa de pilla y en voz baja, ¡Vota!

23.5.07

Vender hasta la madre

Aunque sé que debería hacerlo más, veo poco la tele. “En casa del herrero, cuchillo de palo”, pensarán algunos. Y probablemente así es. Y no es porque no me guste la tele, que me gusta, es porque, no lo vayáis contando, no me gustan algunos de los programas que hay. Bueno, no me gustan a mí, lo cual no quiere decir que no le gusten a millones de españoles, así que no los juzgo, me limito a aceptar que quizá no soy el público potencial de esos programas, incluidos la mayoría de aquellos en los he trabajado, lo cual no quiere decir que me disguste hacerlos, simplemente que no soy el público potencial de esos programas.

Luego hay otros que me gustan, pero se me olvida verlos, y luego hay algunos que, si estoy en casa, no me los pierdo. Es el caso de “House”, que no es un programa, es una serie, pero que me gusta. Porque sí, porque gusta ver a los médicos como personas que se equivocan, como personas infelices, felices, satisfechas o insatisfechas, y no como esa especie de semidioses que se creen algunos. Y porque me encanta no entender nada, y porque casi siempre acaba bien. Sí, y porque me gusta Hugh Laurie, del que adoro sus ojos tremendamente azules, su barba recortadita y esa figura larga de hombre que no se acaba nunca.

No me suelen gustar las series en la tele. Están dobladas y me he hecho absolutamente radical en el tema subtítulo, estás obligada a un día y una hora, y además hay mucha publicidad. “House” no es una excepción, pero me gusta la voz del doblador, los martes suelo (solía) estar pronto en casa y no meten cortes muy largos.

De todos modos, no me importa que haya publicidad. Soy poco aficionada al zapping publicitario. Me molesta porque eso hace aumentar la duración, pero no por los anuncios en sí, que me apasionan. Me alucina la gente que se dedica a la publicidad, y me cuesta creer que una persona pueda sacarse de la cabeza esas historias de apenas 30 segundos (un minuto máximo), que te dejan con la boca abierta, que te hacen reír o te hacen llorar. Porque a mí hay anuncios que me hacen llorar, creo que ya lo he contado aquí, pero como entonces era tonta y no sabía poner vídeos de Youtube, lo repito. Este anuncio de Coca Cola me hace llorar. Siempre.



No todos me gustan, claro. Algunos son vergonzosos, vergonzantes e indignos, sobre todo en esta época, en plena operación bikini, donde en la sobremesa la mayoría de anuncios son alimentos Light, cremas reductoras, láminas saciantes y mil mensajes opresivos más. Pero por la noche es diferente. Y hoy, en el intermedio de House, han puesto dos maravillas casi seguidas. La primera es ingeniosa, usa muy bien el recurso de la música, una canción que conoce todo el mundo dentro de una determinada generación (seguramente aquella a la que los anunciantes quieren vender el coche), e incluso la imperfección de la letra de la canción, le da un toque muy espontáneo. Es la última campaña del Renault Megane:



¡Bueníiisima! El domingo, charlando con Ismael, Nati, Freud y Pétalos (bueno, y con un irlandés que no podía estar más bueno) nos preguntábamos cómo consigue Renault contratar a tanta gente (Prosinecki, Amunike, Richard Clayderman) para que se ría de sí misma.

El segundo me ha encantado, seguramente porque me recordó mucho (igual al publicista también) a esa canción que me cantaban en casa de pequeña, la del lobito bueno, con letra de José Agustín Goytisolo. Leed el poema…

Érase una vezun lobito buenoal que maltrataban todos los corderos.Y había tambiénun príncipe malo,una bruja hermosay un pirata honrado.Todas estas cosashabía una vez.Cuando yo soñabaun mundo al revés.

…y ved el anuncio.



Aunque sea para vender y yo jamás me vaya a tomar una Cruzcampo Light, porque no tomo cervezas Light, ¿no os da buen rollo? A mí sí. El último anuncio lo he visto esta tarde, y es el ejemplo perfecto de cómo dirigir un producto: a un público determinado, muy específico, sin intentar abarcar demasiado pero con una precisión pasmosa. Una franja concreta, pero eso sí, unida. ¿Las armas para conseguirlo? ¡Más fácil imposible! Pero claro, hay que saber verlo, y los de Coca Cola lo han visto. Alguno ha debido recibir mil mails de recuerdos de los ochenta, de esos que vanaglorian nuestra infancia y vienen a decir qué éramos estupendos e imaginativos, la última generación, y todas esas cosas que decimos siempre para destacarnos de los demás y darnos una importancia que no tenemos, porque somos la primera generación educada en la democracia, los primeros niños bonitos que no tuvieron que luchar por nada. Pues ahí está todo eso, en un anuncio que coge a una generación y la une, en sus filias, sus fobias, sus recuerdos y sus vivencias.



La verdad, he descubierto hoy los tres anuncios, y además el episodio de “House” ha sido magnífico. Por más que dijeran en “La bola de Cristal”, quizá debería ver más la tele.

21.5.07

I don´t like Mondays

La consigna de medio mundo cuando suena el despertador después del fin de semana es esa, odiar los lunes. Para mí, sin embargo, los lunes de estos últimos cinco meses y algo han sido más apacibles. No sonaba el despertador, sino que la luz de la ventana o el peso de una gata sobre mis piernas eran las que me obligaban a abrir los ojos y a arrancar.

Poner comida a Salsa, escuchar el agua del grifo cayendo en el recipiente, el café desparramándose sobre la encimera (porque soy torpe), encender el fuego y colocar la cafetera mientras enchufaba la tostadora y sacaba unas naranjas han sido mi rutina posterior al abandono de la cama, mientras los demás llevaban varias horas enfrentando la semana.

Es raro vivir un domingo cuando los demás están viviendo el lunes. Ir sorbiendo el café mirando por la ventana y ver la actividad del barrio. Las madres arrastrando a los niños, las señoras arrastrando el carro, algún paseante arrastrando el perro, los viejos arrastrando los pies hasta el banco más cercano. Y yo arrastrándome por la casa. Porque me cuesta arrancar.

Cuesta arrancarme de la cama, cuesta arrancarme del ordenador, cuesta arrancarme de mis continuas distracciones y cuesta centrame. Cada lunes era un montón de proyectos: empadronarme en Madrid, poner mi nombre en el buzón, salir a pasear por el Retiro, ir al banco a reclamar, apuntarme a algo, hacer esos papeleos que siempre tengo pendientes, ponerme a dieta. Han pasado casi seis meses y no he ido al Retiro (al menos no un lunes), no me he empadronado, no he puesto mi nombre en el buzón, no he ido al banco a reclamar, no me he apuntado a nada y no he hecho los papeleos pendientes. Y por supuesto, no me he puesto a dieta.

Muy al contrario, esos desayunos igual eran a las nueve de la mañana que a las once y media, la comida (salvo algún día que he comido con mis padres) nunca ha sido antes de las cuatro, y los lunes no han sido más que una forma de hacerle un agujero constante a mi cartera. Porque salir un día de diario por Madrid no es más que una invitación al gasto.

Los lunes son sólo la punta de lanza de cinco días dedicados al trabajo, hasta que llega el momento de poder dedicarse a uno mismo, así que los lunes nadie va a la peluquería para ir a trabajar guapa el martes. Yo sí, porque todos los lunes eran mi día. El día oficial de Silvia. El día de taparse las canas que los malos pensamientos y las penas inventadas me han puesto en la cabeza. El día de vencer a los rizos y parecer una niña buena de melena lisa, el día de retocar el flequillo y olvidar todos esos años de pelo “fosco”.

Luego, ya en la calle, oía voces. Me decían: “Ve al H&M, ve al H&M”, y yo iba, sonámbula, al H&M, y me embriagaba de camisetas, de diademas, de vestidos, de sujetadores talla 100D y de tallas L. Y mi VISA se deslizaba suavemente por el filo del datáfono, y yo recibía con una sonrisa el ticket y el bolígrafo de manos del dependiente y estampaba mi firma, y le devolvía el boli y el ticket con una sonrisa, como una estrella devuelve el boli y el bloc al fan, agradecida por su cariño.

Luego salía a la calle y paseaba feliz por la Gran Vía, mirando al cielo azul de Madrid y balanceando mi bolsa. Bajando la calle, cruzando hacia Callao, enfilando Preciados para entrar en la FNAC. Primera planta: películas y series. Segunda planta: música. Tercera planta: Libros. Cuarta planta: más libros. Y como era mi día, el día oficial de Silvia, yo me paseaba por la FNAC como una reina. Mirando series, ojeando revistas, abriendo libros, imaginándome cómo los iba leyendo todos, sentada en el autobús, sentada en el metro… y los miraba, y los cogía, y los iba juntando, apretándolos contra mi pecho. Y la VISA se frotaba con el datáfono de la FNAC, juguetona, promiscua, y yo volvía a estampar mi firma y a sonreír, y volvía a la calle, a seguir balanceando mis bolsas.

Muchas tardes de cine en solitario y en V.O, una tentativa (siempre acabada en fracaso) de entrar en algo de ZARA, alguna exposición (menos de las que he podido), algún concierto, alguna cita vespertina con amigos que se animaban a empezar la juerga los lunes, unos episodios de CSI, alguna actualización, alguna visita a la fisio para que me enderezara la espalda y muchas horas perdidas que se acaban hoy.

Porque si lo pienso bien, igual también odio los lunes, y si no, lo haré la semana que viene, que esta vez comenzará con un despertador, con prisas, nervios, y una laaaarga ruta de metro. Porque es mi última semana de martes a sábado, y la semana que viene volveré a ser una persona “normal” y la caja del “H&M” de Gran Vía notará el bajón y yo tendré que hacerme famosa para poder seguir firmando autógrafos y devolver el boli y un bloc con una sonrisa.

17.5.07

¡Hola guapa!

Se avecinan despedidas. Pero como aún me quedan unos días, casi prefiero empezar con las bienvenidas. Un ¡hola! Siempre es mejor que un adiós. Ya lo veis. El ¡hola! va entre signos de admiración, y significa que está todo por empezar: una charla, un paseo, unas copas, un viaje, un romance, una bronca, un desengaño…

Cuando dices adiós todo es distinto. Algo se ha acabado. Puede que tenga continuidad, claro. Al día siguiente en el trabajo, la semana siguiente en otra cita, al mes siguiente con otra cruz en el calendario… pero entonces lo que se escucha es un nuevo ¡hola! Un adiós siempre es un final. Triste o alegre, pero final. Y tras un adiós, toca recoger. Meter recuerdos, papeles, fotos. Amontonarlos y cargarlos a casa en una bolsa.

Por segunda vez en lo que va de año meteré en una bolsa de Carrefour, de H&M o del Juteco la varita mágica que me regalaron los del “Soy…”

Por segunda vez en lo que va de año desmontaré mi altarcito, y las fotos de Rufus Wainwright, del Doctor House, de Franz Ferdinand, de los Arctic Monkeys y una nueva de Mika se vendrán conmigo.

Por segunda vez echaré las lagrimitas y me lamentaré de llevar esta vida de nomadismo televisivo. De cadena en cadena, de plató en plató, de ordenador en ordenador. Alguno me dirá que esta vez es voluntario, y que sarna con gusto no pica. No pica, no, pero mortifica.

Por eso prefiero decir ¡hola! a una nueva propietaria. Aunque no tenga que pagar letra, aunque no tenga que hipotecarse, le va a tocar amueblar su nueva propiedad. Dice que cada día, yo apuesto a que será cuando pueda. Un poco como hacemos todos.

Ella, una madre trabajadora y estresada, me llama ex compañera. Vamos, que ya me está diciendo adiós. Pero hoy estoy emperrada con los ¡Hola!, así que me voy a acordar de los que he compartido con ella.

Del primero es probable que no me acuerde, pero sería en alguna fiesta de empresa. Contentillas, bien vestidas, bien peinadas, celebrando. Luego nos vimos en una despedida alegre, y el siguiente hola que recuerdo es el que nos ha unido estos meses. Un hola al que yo respondí con los ojos llorosos, contándole que acaba de quedarme sin trabajo. Prometió decírselo a su jefe, también el mío hasta unos meses antes, y al que conozco desde mis primeros pasos en televisión. La maquinaria estaba en marcha. En unos días había un nuevo hola, esta vez en forma de compañeras. Y al día siguiente otro adiós, porque se iba a dirigir un programa nueva. El adiós de una afortunada que dejó el trabajo para irse a vivir nos regaló un nuevo ¡hola!, que hemos ido renovando cada día, hasta ayer.

Aunque en nuestro caso parece que ha sido necesario un adiós para decirnos cosas que igual podríamos haber dicho antes, para echarnos flores y para hablar de frikadas como los blogs en vez de hablar de freaks como Richy Bastante (Little, le he hecho jurarme sobre el “¡Hola!” que no lo traerá jamás).

Pero bueno, ahora promete escribir mucho. De ella, de su estrés, de su hija (que es tan guapa que le da miedo), de su marido que es estupendo, de sus plantas, de lo mucho que le gusta el bricolaje casero, de cómo va a pintar su casa ella sola y de los relatos que escribía en su libreta de bolso y que ahora no se atreve a poner en el blog. Y del desengaño de la liberación femenina que ahora le golpea. Porque ella, como muchas mujeres, anda ahí a medias entre la educación que le dio su madre y la que ella le va a dar a su hija. Y por más que le pese, y por más que crea que nos han engañado, le enseñará a su hija (la más guapa) cómo ser una mujer “liberada”.

¡Hola guapa!