
Me fui de Madrid triste. Justo el día antes de irme Salsa, mi gata, comenzó a comportarse de una manera extraña. Su apetito, siempre superlativo, parecía haberse esfumado, y vagaba por la casa sin echar sus habituales carreras suicidas, en las que derrapa por la tarima con ese culazo con el que no sabe dar las curvas. Creo que llevaba días sospechando que iba a irme, que sólo recibiría un par de visitas diarias que se limitarían a darle su ración de pienso, a cambiarle el agua, y a limpiarle la arena. Antes de irme la cogí en brazos, la abracé, dejé que me arañara las manos y me mordiera en uno de esos juegos salvajes que practica conmigo, y mientras volvía a cogerla para darle un beso de despedida, le dije al oído muy bajito (los gatos tienen un oído muy fino y los ruidos altos les molestan) que le prometía volver pronto, y que no volvería a dejarla sola por mucho tiempo. No sé si me entendió, y no sé cuánto tiempo pasaría antes de que limpiara con su lengua rasposa las lágrimas que dejé en su lomo a manchas negro y canela.
La casualidad hizo que los pronósticos pesimistas de algunos amigos se cumplieran, y efectivamente volar justo un mes antes del 11 de septiembre tuvo sus consecuencias. Justo el día antes, la policía inglesa desactivó una supuesta (y digo supuesta no por respetar el lenguaje judicial) célula terrorista que tenía previsto atentar con explosivos líquidos en los aviones con destino Estados Unidos. Afortunadamente, sólo fue un poco incómodo porque no se permitía llevar ni un miserable tarrito de crema hidratante para proteger la cara de la extrema sequedad de los aviones (los asientos cercanos al último control tenían frascos y botes de geles, champúes, pasta de dientes y acondicionadores como para montar un Juteco) y porque tuvimos que pasar por tres controles de seguridad, en uno de los cuales nos obligaron a descalzarnos y a pasar el calzado por el escáner. Por lo demás, y gracias a mi amiga Berta, volamos en bussiness, una de las experiencias más divertidas de mi vida. La verdad, ¡a veces me alegro tanto de no haber nacido en cuna rica! Nada como ser pobre para saborear bien el lujo, sabiendo lo que cuesta conseguirlo. Durante horas no hice más que reírme cada vez que movía mi asiento y lo convertía en cama, o cuando oprimía uno de los botones y unas vibraciones comenzaban a masajear mi espalda.
Llegamos a NY a media tarde. Recorrimos el camino que nos separaba de esa temible fila en la que los empleados de inmigración miran atentamente la foto de tu pasaporte y a la vez levantan la vista para comprobar que eres tú la que le mira desde ese documento que es tu puerta de entrada al país. Genao, el empleado, miró el mío, mientras me preguntaba para qué había ido a Estados Unidos y en qué trabajaba en España. Le dije que en televisión, la palabra mágica. Si quieres convertirte en el centro de cualquier fiesta, dí que trabajas en televisión. Eso sí, procura tener luego una buena historia que contar.
Genao volvió a la carga, quería saber qué hacía en tv. Como chapurreaba español, le dije “guionista”, pero su español no llegaba a tanto. “Writer”. Eso le convenció y, con una sonrisa, me devolvió el pasaporte. Seguro que le encanta la tv, como a casi todo el mundo.
¡Ya estaba oficialmente en NY! Allí empecé a notar que era un día complicado. Unidades móviles de tv, miembros del ejército con unas tremendas ametralladoras… acababa de llegar al decorado de película más grande del mundo. Lo primero que ví de NY fue Jamaica station. Desde el andén se veían las típicas calles de cualquier película, con montones de establecimientos de comida rápida y con esos carteles publicitarios gigantes. Yo sólo miraba esa calle, sucia y fea, y me reía. Cuando has alcanzado una meta tras años de intentarlo, da igual que te den una copa grande o pequeña, en este caso da igual que veas una calle de barrio o la antena del Empire state. Estaba en Nueva York, y eso era lo único que importaba.
Mi primer contacto con la ciudad fue en forma de paseo nocturno. A lo loco comenzamos a recorres calles, avenidas, a cegarnos con la luz de los neones y a alucinar con las columnas de humo que salían de las alcantarillas, a respirar los olores de la gran manzana, mezcla de putrefacción y servicio de comida 24 horas, y a sentirte como un niño pequeño cuando se agarra a los pies del padre y, mirando hacia arriba, sólo ve una torre enorme que se yergue ante él, cámbiese el papá por el Flatiron, a la sazón casi papá (o abuelo) de muchos otros rascacielos neoyorquinos. Al final, el jet lag empezó a hacer mella, y aunque mi cuerpo cayó sobre el colchón en mi primera medianoche neoyorquina, mi mente y mis ojos aún estaban en las calles de Manhattan.