9.9.06

Tormentas

Esta tarde ha estado tronando en Madrid. El cielo se encapotó desde última hora de la mañana, y al rato comenzaron a sonar extraños ruidos como de cascotes cayendo a un contenedor de esas obras que tienen un edificio totalmente andamiado al que van quitando la piel de la fachada como una serpiente muta la suya. Es lo que tiene estar acostumbrada a vivir en una ciudad permanentemente en obras, que acabas por el ver el lado poético de los cascotes.

Pero no, el ruido no correspondía a ninguna obra. Al poco los truenos han arrancado el silencio propio que tiene mi calle en las sobremesas de verano, especialmente de un sábado. Durante más de una hora han roto las nubes madrileñas, para al final dejar que una pesada lluvia empezara a mojar las calles.

Siempre que llueve en un día festivo pienso en las novias. ¡Tanto tiempo eligiendo traje, tantos días mirando el cielo, para al final no poder lucir el traje! No siento especial cariño por las bodas, ni tampoco he sentido nunca ganas de casarme, pero sé lo que es esperar algo con ilusión y que ese día se estropee. Un libro que pediste y no ha llegado, una cita que sale mal, una película que esperaste durante meses y que resulta ser mala, o un día lluvioso en el que no puedes ponerte el vestido que querías.

Las nubes me ponen triste, pero me gustan las tormentas. Son algo violento, que se desata rápidamente y que acaba dejando una especie de ambiente de serenidad, acompañado de uno de los olores más fascinantes del universo: el de la tierra mojada. A veces, como hoy, dan miedo, y parece que vaya a acabarse el mundo; pero al final, todo se calma, y sólo queda una sensación de paz y de limpieza, la del agua que se lo lleva todo.

Viendo llover he pensado en las muchas tormentas que se han desatado dentro de mí en los últimos tiempos. Es exactamente lo mismo. Durante unos minutos, unas horas, o a veces durante días, ves cómo se ciernen los nubarrones sobre ti, y empiezas a sentir que la tormenta está a punto de estallar. Y al fin llega. Los pensamientos chocan unos con otros, provocando horribles truenos y rayos en forma de punzadas en la boca del estómago o el mismísimo corazón, hasta que el ruido cesa y la lluvia empieza a caer, de las mejillas al cuello. A mucha gente le gusta el sonido de la lluvia cuando se estrella contra el suelo, contra las ventanas, o cuando golpea las hojas de los árboles. A mí me gusta el de las lágrimas, cuando un pequeño lamento sale de la garganta. Un sonido regular, siempre en el mismo tono, ahogado a veces por la almohada, e interrumpido por la necesidad de aire. Al final, la lluvia cesa, y al igual que tras una tormenta, todo queda en calma. Los truenos cesan, las nubes se van y asoma de nuevo un cielo claro en forma de consuelo, a la espera de que mañana vuelva a salir el sol.

Por cierto, copyright de la foto para mi amigo Ismael Alonso.

4 comentarios:

el paseante dijo...

Existen paraguas para guarecerse de las tormentas interiores? O ventanas tras las que refugiarse de esa lluvia íntima? Me temo que no.

Anónimo dijo...

Nos pasamos el año esperando el buen tiempo para cuando llega desear que llueva. Lo cierto es que somos incorformistas y necesitamos cambios para sentirnos vivos.
Las tormentas de verano duran poco, son entretenidas y ademas sabemos que cuando acaben algo sera diferente, al menos refrescara.

Ilse dijo...

Vaya, vaya, un comentario anónimo que de verdad me resulta anónimo... ¡Qué interesante!

Ismael dijo...

Este verano ha sido una ful en cuanto a tormentas. Lo que mola de la lluvia es la ozonizacion del aire, es lo que te pone cachondo de ver llover.

Por ciewrto, que bonita la foto de tu amigo, no? Seguro que la ha retocado con el fotochop...