24.11.08

Volver a empezar

Hoy (bueno, hace un ratito), he decidido que quiero volver a empezar. No en muchos aspectos, que total estamos ya casi en Diciembre y luego para fin de año una no tiene nada que proponerse, pero sí en uno: Quiero volver a este blog. Sí, otra vez. Sí, sé que mis deseos duran menos que unas entradas de los killers en tick tack ticket, pero si una tira la toalla, así, sin intentarlo…

Además, ¡qué coño! Me he dicho que ya está bien de perder el tiempo, de dejar pasar mi hora y media o dos horas de vida real que tengo cada día después de las interminables jornadas de trabajo viendo la tele porque no puedo más, pero básicamente ya está bien de morirme de envidia viendo crecer el blog del Paseante.

Por eso vuelvo, porque llevo una semana leyéndole, y me da rabia su constancia, su disciplina, y sus posts, que cada día son mejores.

Además, me veo obligada. Primero porque es la única manera de seguir en contacto con él, porque aunque tiene mis emails no me escribe, aunque le he dado mis dos números de teléfono (y llamar desde el fijo le sale gratis) no me llama, aunque sabe dónde vivo no viene a verme, y aunque conoce mi domicilio no me manda cartas. Ni siquiera para felicitarme por mi trigésimo sexto (qué pasa, tengo estudios y no digo mi treinta y seis) cumpleaños, que fue el día 14.

Pero él se lo pierde, porque si me tratara le podría haber contado cosas para su último post sobre San Crispín, el patrón de los zapateros. Le podría haber hablado de mi tío Julián, que tiene 89 años y aún sigue en el oficio, y además no sólo es de los que pone suelas, sino de los que hace zapatos. Mi tío Julián tiene un taller muy pequeñito, al que entraba cada año cuando bajábamos a La Pola a comprar y a ver a la familia que vivía allí. Ya van quedando menos de los 13 hermanos de mi madre, pero ahí sigue el tío Julián, en su pequeño taller, dónde sólo había una mesa muy pequeña, y todo tenía una capa de polvo como de cuatro centímetros, compuesta de restos de goma de los filis o de las tapas. A los lados, decenas de zapatos mezclados, algunos con aspecto de haber sido olvidados por su dueño. Botas junto a zapatos de salón, madreñas con botines, alpargatas con stilettos… y nada más entrar, dos señoritas semidesnudas mirándote desde dos calendarios.

Y sin embargo el tío Julián nunca ha tenido el aspecto de un viejo verde que mire a las señoras. Es muy menudo, callado, de piel un poco aceitunada, de la rama de los “alcaldes” morenos, no de los de piel blanquita, con los ojos pequeñines, como los de mi madre, pero de un verde muy clarito.

Cuando entraba allí, olía a goma y a pegamento, y el tío Julián te miraba desde abajo, con las gafas pegadas a la punta de la nariz, las manos llenas de cola para el calzado y en la mano esa cuchilla tan fina y larga con la que cortaba la parte sobrante de los tacones a punto de repararse para trotar por esas calles adoquinadas del pueblo. Ahora hace mucho que no le veo en el taller, porque apenas va un ratillo cada día (para entretenerse), pero siempre me acuerdo de la frase de mi madre cada vez que entrábamos: “Julián, qué cerdo eres, si la Dolores entrara aquí le daría algo”. La Dolores era su mujer, una andaluza guapa que me imagino que debió descolocar a todas esas castellanas secas de la familia de mi madre (empezando con mi madre) y a la que me da que tenían ojeriza. La leyenda decía que si ibas a su casa te obligaba a caminar sobre gamuzas, para no manchar el suelo. Si esa leyenda es verdad, a la Dolores le hubiera dado algo, sin duda. Pero a mí me gustaba. Mi madre hablaba con él y yo, mientras tanto, con un dedo, trazaba una línea entre aquella capa de polvo y restos de goma de varios centímetros, como abriendo un camino. A veces me acercaba y soplaba con cuidado, y veía todo lo que había debajo de tanta mugre.

Puede que el tío Julián no fuera muy pulcro en el cuidado de su taller, pero recuerdo que le veía entregar los zapatos perfectamente arreglados y además, limpios y brillantes como si fueran de charol. Y además, es un hombre generoso. No le importó enseñar a mi padre un poco del oficio y así, durante años, y como vivíamos a muchos kilómetros del tío Julián, nos ha arreglado a todos los zapatos (aunque haya aprovechado para machacar a mi madre y mi hermana por lo mal que pisan), además, cuando ahora te lo encuentras en La Pola, siempre quiere que te tomes con él un vino, y siempre quiere pagarlo, mientras me pregunta siempre “Y si trabajas en la tele, ¿Por qué no te veo?”

Y además el tío Julián tiene mucha historia encima, aunque yo no me acuerdo bien porque a la que se lo contó fue a mi hermana, pero sé que el tío Julián de muy jovencito repartía el correo (o algo de telégrafos) con una bicicleta, y que esa bicicleta casi le cuesta la vida durante la guerra. Que estuvo condenado a muerte pero que al final se lo conmutaron por cárcel.

Nunca le he preguntado si rezaba a San Crispín, pero me da que era más de las estampitas de las señoras desnudas que de las de los santos.

Eso y más podría haberle contado al paseante, con el que tantas veces he hablado de zapatos, de calles, de fútbol, de amores, de nuestros padres viejitos, de la vida… pero que ahora parece sólo hablar con las que tienen un blog “en ejercicio”. Pues aquí me tiene de nuevo, por lo menos para que me felicite por mi trigésimo sexto cumpleaños, incluso para que me chinche por los resultados del Madrid.



En esta foto, hecha en el Turò Parc en Mayo, sólo se me ve a mí, pero ese hombre que se adivina a mi lado es el Paseante, que no quiere salir en las fotos porque teme que le roben el alma. Igual no llama porque teme que el teléfono le robe la voz, quién sabe, es un hombre mayor, y los viejos empiezan a tener manías.

Así que aquí estoy, volviendo a empezar, y además de verdad, porque en un cambio de ubicación de los archivos, todos esos posts que he ido dejando a medias para acabarlos en otro momento, se han esfumado, como el polvo y los restos de goma cuando soplaba en el taller del tío Julián.

5 comentarios:

el paseante dijo...

Niña, ya te vale con quitarte años de encima, que con 44 todavía eres joven. Hace tiempo que cumples los treintaiséis, eh? Este engaño dura demasiado.

Varias cosas: que me sabe tremendamente mal no haberte felicitado este año. Mucha gente tira de agenda, se lo apunta en el móvil para que le pite... Yo soy de memoria, y soy desmemoriado hasta con el cumpleaños de mis padres :-(

Varias cosas: que apenas me habías mencionado en tu blog, y hoy me ha hecho muchísima ilusión que hablaras de mí. Ya tocaba, joder :-)

Varias cosas: que cuando he visto que habías publicado de nuevo, después de meses de silencio, se me ha escapado una sonrisa (y una lagrima, para qué negarlo).

Varias cosas: que sigues escribiendo como Dios divino.

Otra cosa: que te quiero mucho. Y ya sabes que no es sólo por este post. Que es de verdad.

Ismael Alonso dijo...

Silvia, guapa, eres brillante. No vuelvas a abandonarnos durante tanto tiempo.

Goio dijo...

Pues me ha parecido un ejercicio de mala hostia extremadamente bonito, desde luego. O sea, esa disculpa de la historia familiar para darle una patada en las pelotas a El Paseante... Magnifico, vamos! Es que no se le puede aplicar otro calificativo!

silvix17 dijo...

Te quiero, guapa. Y es tan bonito lo que has contado... no te vayas nunca.

Arwen dijo...

Me alegro que hayas vuelto, y te felicito el cumpleaños tardísimo, pero lo felicito, oye, que bien que te lo mereces.
Un beso y rebienvenida al mundo blog :)